Bárbara de Braganza

(Lisboa, 1711-Madrid, 1758) Reina de España (1746-1758). Hija de Juan V y María Ana, reyes de Portugal, recibió una sólida formación cultural en la corte portuguesa. Como resultado de un acuerdo entre España y Portugal destinado a fortalecer las relaciones entre la corona española y portuguesa, en 1729 contrajo matrimonio con el entonces príncipe Fernando, destinado a reinar como Fernando VI.


Bárbara de Braganza

El primer encuentro entre los futuros reyes de España tuvo lugar en la frontera hispano-portuguesa y no parece que la impresión inicial de la joven pareja (él tenía 16 años y ella 18) fuese muy entusiasta. Como muestran sus retratos menos idealizados, Bárbara de Braganza era poco agraciada. Una cruel sátira la calificaba de "fea, gorda y con viruela". La salvaba el porte gentil y majestuoso, que todos coincidían en alabar. Sin embargo, era una joven bondadosa, piadosa, inteligente, de fina sensibilidad y muy culta. Hablaba varios idiomas y era muy aficionada a la lectura y sobre todo a la música, siendo una excelente intérprete de clavicémbalo y una compositora discretamente hábil, digna alumna, por su buen gusto musical, de su maestro Domenico Scarlatti. Doña Bárbara era un significativo exponente del alto nivel artístico y cultural que había alcanzado la corte portuguesa de Juan V.

Tampoco el futuro Fernando VI sobresalía en galanura y prestancia. Cuarto y último hijo de Felipe V y de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya, se había quedado huérfano de madre a los cinco meses y había crecido retraído y solitario. De estatura mediana, tirando a bajo, más bien robusto, tenía una personalidad poco brillante, era exageradamente tímido, y había recibido la melancolía de su padre como una pesada herencia que le llevaría hasta la locura. Pero era un hombre responsable con sus deberes, de carácter recto, lleno de buenas intenciones y sinceramente preocupado por el bienestar de sus súbditos. Nada belicoso ni militarista, su temperamento pacífico lo inclinaría a mantener a su reino lejos de guerras y conflictos. Con un gran sentido de la dignidad real, aunque sin demasiadas dotes ni gran voluntad, sabría ser un buen monarca y elegir con acierto a sus ministros.

Pese a los desfavorables pronósticos iniciales, la joven pareja llegó muy pronto a una compenetración plena, primero en lo personal y más tarde, durante su reinado, en lo político. Marginados totalmente por Isabel de Farnesio durante el reinado de Felipe V, a pesar de ser los herederos, al acceder al trono supieron mostrar firmeza, apartando del gobierno toda influencia de la reina viuda, retirada en La Granja. Bárbara de Braganza supo ganarse el amor y la confianza de su marido, alcanzando un gran ascendiente sobre su ánimo, y don Fernando le correspondió con gran afecto y fidelidad durante los 29 años de vida conyugal. Ambos cónyuges vivieron siempre en la mayor armonía y la nueva reina logró que su esposo compartiera con ella tanto las responsabilidades del gobierno como el amor por la música.

Si en tiempos de Felipe V la música había ocupado un puesto importante en la corte, con la nueva pareja real se inicia, a partir de 1746, "el reinado de los melómanos". Siguiendo la tradición de patronazgo regio de la propia monarquía española y el destacado ejemplo de Juan V de Portugal, la corte de Fernando VI y Bárbara de Braganza se preocupó por el desarrollo cultural. Las preferencias de la reina, secundada por el rey, iban claramente dirigidas hacia la música, hacia su querido y admirado maestro Scarlatti, que componía sin cesar una serie de bellísimas sonatas con destino a su regia discípula, y también hacia el cantante de ópera Farinelli, que alcanzó una encumbrada posición en la corte, actuando como un verdadero maestro de ceremonias, mostrándose siempre muy fiel a los reyes y siendo recompensado con el hábito de la Orden de Calatrava.

Farinelli acrecentó todavía más su fama y su influencia encargándose de organizar, para entretenimiento de los reyes y de los cortesanos, fiestas memorables, temporadas de ópera italiana en el palacio del Buen Retiro y paseos en barca, amenizados con música, por el río Tajo en los jardines del Real Sitio de Aranjuez. La ópera se convirtió en la distracción por excelencia de la corte. También la música religiosa alcanzó una elevada consideración. Bárbara de Braganza, tan religiosa como melómana, se preocupó mucho de la capilla real y por el coro de niños cantores, componiendo ella misma una Salve y cuidándose personalmente del esplendor de las celebraciones religiosas. El fallecimiento en 1758 de Bárbara de Braganza afectó profundamente a Fernando VI, que dejó de lado por completo sus obligaciones de gobierno y se retiró al castillo de Villaviciosa de Odón, donde murió una año más tarde.