Henri Lacordaire

(Henri Dominique o Enrique Lacordaire; Recey-sur-Ource, 1802 - Sorèze, 1861) Dominico francés. Abogado en París, la lectura de Chateaubriand le llevó de nuevo a la fe (1823). Sacerdote en 1827, entró en contacto con Lamennais y formó parte de la redacción de L'Avenir, donde propugnó la libertad y la renovación de la Iglesia. Puesta en duda la ortodoxia de la revista y condenada por el papa su orientación, se sometió a la decisión pontificia y se apartó de Lamennais. A partir de 1834 se dio a conocer como orador en las conferencias cuaresmales de Nuestra Señora de París. En 1839 recibió en Roma el hábito de Santo Domingo y regresó a su patria, donde dedicó los últimos años de su vida a la consolidación de la orden, a la que rigió en dos ocasiones. Como orador, consiguió para la Iglesia el respeto de su generación e inició, además, el camino de un ahondamiento religioso.


Henri Lacordaire

La trayectoria espiritual de Henri Lacordaire es comparable a la de muchos jóvenes; en realidad, nada más corriente que este muchacho burgués, hijo de un médico de Dijon, que, en los años de la segunda enseñanza y de la carrera en la École de Droit, abandonó la fe de su infancia. Una crisis espiritual, acerca de la cual no dio muchas explicaciones, le llevó a París; abandonado el derecho, en el que estaba haciendo sus primeras pruebas, ingresó en el seminario de Saint Sulpice.

Ordenado de sacerdote (1827) y nombrado capellán del liceo Henry IV, encontró entonces a Lamennais, y, en contacto con esta alma de fuego, vio desaparecer las prevenciones que contra él había alentado. Estuvo en "La Chênaie", y sus escritos fueron leídos en L'Avenir; sin embargo, cuando la autoridad eclesiástica condenó el joven movimiento que pretendía reconciliar la Iglesia con el mundo moderno, Lacordaire, a diferencia de Lamennais, se sometió plenamente y llegó a publicar una refutación de las tesis de su amigo de antaño.

Reanudada y ampliada su labor de apostolado intelectual, consiguió una celebridad tan grande que el arzobispo de París le ofreció el púlpito de su catedral. Nacieron así las Conferencias de Notre-Dame, que todavía hoy honran al famoso templo parisiense. Durante dos años seguidos expuso Lacordaire ante las enfervorizadas multitudes la posibilidad de una reconquista de la sociedad surgida de la Revolución por el cristianismo.

Sin embargo, y como prosecución de su propio itinerario interno, el orador trataba de encontrar un marco espiritual firme, estable, anclado en la tradición y abierto, al mismo tiempo, a las innovaciones; lo halló en Roma en 1838, en la orden de los Dominicos, de la que tomó el hábito, y en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Vuelto a su patria en marzo de 1839, restableció en ella la citada orden, publicó (1840) una sensacional Vie de S. Dominique, y, reanudada la predicación en Notre-Dame, fascinó al auditorio con el recuerdo de la "vocación religiosa de Francia". A lo largo de trece años muchas ciudades del país oyeron su palabra, ardiente, conmovida y entusiasta.

Una tercera etapa espiritual, sin embargo, se presentó ante esta alma exigente, que, a partir de 1854, y con residencia fija en Sorèze, se consagró exclusivamente a la formación de la juventud, esperanza de la renovación cristiana. El colegio provenzal de novicios de Saint-Maximin fue objeto de todas sus atenciones. Recién terminada la composición de una conmovedora Vie de Marie-Madeleine y de un Testament espiritual, le sorprendió la muerte, aun joven. Mucho deben a Lacordaire la historia de la elocuencia en Francia y la orden de los Dominicos.