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Propercio

(Sexto Propercio; Umbría, c. 47-?, c. 15 a.J.C.) Poeta latino. Sus versos le granjearon la ayuda de Augusto y de Mecenas y la amistad de poetas como Ovidio y Virgilio. Imitó a los alejandrinos, especialmente a Calímaco, de quien tomó el afán por la erudición y el estilo preciosista. Dio a la mitología un valor artístico, de tal manera que los temas cobran nueva forma y sentido a través de su pasión de poeta, de su concepto trágico del amor y de su imaginación llena de patetismo. Su obra se compone de cuatro libros de Elegías, que contienen sus poemas amorosos (dedicados a Cintia), anacreónticos y de circunstancias, así como cartas.


Propercio y Cintia en Tívoli (óleo de Auguste Vinchon)

Considerado por muchos especialistas el más fascinante de los líricos romanos, el lenguaje atrevido y original del poeta elegíaco latino Sexto Propercio marcó un nuevo rumbo en la literatura latina. En el primer poema del libro IV de las Elegías nos proporciona el mismo Propercio las pocas noticias seguras que poseemos sobre su vida. De niño hubo de ser temeroso testigo de la sangrienta guerra de Perugia, desatada en el año 40 a. de C. entre Octavio y Lucio Antonio. Su padre, de noble estirpe, murió por aquel entonces, y muy pronto la familia quedó afectada por el reparto de tierras a los veteranos de Octavio; en el 34 dejó Umbría con su madre para establecerse en Roma.

Tomada la toga viril, Propercio se abstuvo de participar en la vida política y renunció a una carrera pública para dedicarse a los estudios literarios y a la poesía. Amó a diversas mujeres, entre otras a una esclava, Licina. En 29 a. de C. encontró a la única mujer que le inspiró un amor total: Hostia. Ella era quizá casada y ciertamente mayor que el poeta, el cual se complugo en llamarla Cintia por su cultura no común y por su refinado gusto.

Los graffiti hallados en las paredes de Pompeya atestiguan la popularidad de que gozó Sexto Propercio ya en su tiempo. Su primera colección de elegías tuvo inmediato éxito, por lo que el influyente patrocinador Mecenas lo invitó a participar de su círculo, al que pertenecían prominentes figuras literarias como Virgilio y Horacio, quienes ejercieron gran influencia en el autor. Propercio se inspiró sobre todo en poetas alejandrinos como Calímaco y Filetas y trató los temas latinos a la manera alejandrina. Los artificios propios de Calímaco no consiguieron, sin embargo, ocultar su robusto temperamento ni ahogar su ardor amoroso.

Sobre todo dos virtudes del poeta impresionaron a sus contemporáneos: la blanditia (término con que aludieron a la suavidad y colorida calidez de sus trazos, a su elegante y casi voluptuoso sentido de la belleza y a su melancólica ternura) y su dominio de un extenso vocabulario que empleó de forma audaz y original. Propercio alternó abruptamente latinismos poéticos y coloquiales, y en su búsqueda de una expresión original frecuentemente forzó el idioma al borde de la ruptura. Es, sin duda, uno de los poetas latinos más difíciles porque abunda en pasajes oscuros; pero en esta misma dificultad radica parte de su fascinación poética, fruto muchas veces de la expresión concisa, epigramática.

De los cuatro libros de Elegías, compuestas en el metro tradicional del dístico (hexámetro seguido de pentámetro), el primero fue publicado en el año 28; el segundo entre el 28 y el 25; el tercero entre el 25 y el 22; el cuarto en los años siguientes, hasta el 15 o el 14. En los dos primeros predomina Cintia, la mujer amada; en el tercero el amor cede el sitio a la glorificación de personalidades romanas. En el cuarto la tendencia encomiástica y política se precisa e intensifica al tratar las antiguas leyendas de Roma y la victoria de Augusto.

El amor por Cintia, bella, culta y de distinguida familia, duró cinco años sin interrupción, con sus altercados y reconciliaciones, sus infidelidades y embriagueces. Tales pasiones forman, a través de los cuatro libros, una especie de novela en escenas episódicas descritas por el poeta sin ninguna unidad preconcebida. Como el amor de Catulo, así también el de Propercio conoce la ansiedad, el enojo, los celos, pero también la alegría del retorno y de la reconciliación. La figura de la amada domina en los dos primeros libros de las Elegías, ya porque el poeta la proclame manantial único de su inspiración, ya porque describa en éxtasis su belleza, ya porque reafirme su amor apasionado y exclusivo, aunque ella le sea infiel. Pero gradualmente se produce un enfriamiento en el corazón de Propercio, debido probablemente a los repetidos devaneos de la amada; el relato poético pierde viveza dramática, al paso que los análisis psicológicos y las reflexiones se hacen más profundos.

Afloran entonces nuevos motivos a su fantasía, documentados por los poemas del libro III, cuyos dos últimos, el XXIV y el XXV, constituyen un himno a la liberación; la navecilla del poeta llega finalmente a un puerto de paz después de los episodios, a menudo tempestuosos, de un amor que ha durado cinco años. Se dedica entonces a los antiguos mitos del Lacio, siguiendo los deseos de su amigo Mecenas, e inspirándose en los alejandrinos Calímaco y Fileta y en el contemporáneo Virgilio, cuya gloria futura anuncia en términos entusiastas, canta las transformaciones del dios Vertumno, el mito de Tarpeya, el de Hércules y Caco, y el de Júpiter Feretrio.

Después de la muerte de Cintia, enterrada en su villa de Tívoli, la piedad reaviva en el poeta la antigua llama. Cintia se le aparece en sueños como había sido amada y deseada en vida, con parte del vestido y el anillo consumidos por el fuego y los labios rozados por el agua del Leteo. Ella se lamenta del olvido en que la tiene el poeta; le confía, con exquisita feminidad, encargos para las esclavas fieles, y le ruega que quite del sepulcro la hierba que envuelve sus huesos. "Ahora te poseen también otras mujeres; después te tendré yo sola; estarás conmigo y nuestros huesos se reunirán para siempre".

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