Max Von Sydow

(Lund, 1929) Actor sueco. Había estudiado en la prestigiosa Escuela Real de Teatro Dramático de Estocolmo, en la que tuvo como condiscípulos a algunos de los magníficos intérpretes que luego alcanzarían igual popularidad que él en las películas bergmanianas que iban llegando poco a poco. Su carrera cinematográfica se inició a los veinte años, con una película melodramática titulada Bara en mor (1949), que podría traducirse como "Sólo una madre" y que no traspasó las fronteras de su país, pese a estar dirigida por el gran maestro sueco Alf Sjöberg. Su siguiente película la rodó también a las órdenes de este director y fue ya un título de prestigio, Fröken Julie (1951), una de las varias versiones (y, posiblemente, la mejor) que se han realizado de la pieza clásica de August Strindberg.

La aparición de su figura espigada, espiritual; los ademanes medidos, serenos; aquella deslumbrante composición, en su aparente quietud, del caballero Antonius Blok en El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman, reveló al mundo el talento inconmensurable de este actor sueco que se convirtió casi en una especie de contrafigura de las inquietudes espirituales o metafísicas del realizador nórdico y, desde luego, en uno de los primeros actores procedentes de esos lejanos países que alcanzaba una popularidad considerable.

Durante varios años la asociación entre Max von Sydow y el director compatriota fue constante y se resolvió en unas cuantas películas que se encuentran entre las más sobresalientes de la primera época de Ingmar Bergman: en Fresas salvajes (1957) interpretaba un ingenuo y cálido carácter, el encargado de una gasolinera, que consideraba a Isak Bork (Victor Sjöstrom, verdadero protagonista de la película) el mejor médico del mundo; otro personaje de suaves contornos era el que interpretaba en En el umbral de la vida (1958), el marido de Eva Dahlbeck, a la espera de un hijo como culminación de su unión que nace muerto.

Su personificación de Albert Emmanuel Vogler, el enigmático y ambiguo hipnotizador de El rostro (1958), permanece como otra de sus interpretaciones más memorables. El manantial de la doncella (1960), Como en un espejo (1961) y Los comulgantes (1963) fueron las tres películas que rodó sucesivamente a las órdenes de Bergman antes de recibir la llamada de Hollywood: y la propuesta no dejó de ser sorprendente.

George Stevens le propuso el papel de Jesucristo en La historia más grande jamás contada (1965). Este trabajo tuvo dos consecuencias: una de orden práctico, que significó la adopción de Von Sydow por parte del cine estadounidense de gran espectáculo; otra de carácter personal, y fue que el actor se empeñó con obstinación en huir de esos personajes "espirituales" a los que parecía predestinado y trató de exhibir los rasgos más perversos de su registro interpretativo, con objeto de no encasillarse.

Gracias a ello hemos podido admirar en su larga trayectoria por el cine estadounidense el talento de Max von Sydow en las más diversas películas y en los más variados tipos, desde las grandes superproducciones tipo Hawai (1966), de George Roy Hill; Huracán (1979), de su compatriota Jan Troel; o el tributo bondiano Nunca digas nunca jamás (1983), de Irving Kershner; hasta el sinuoso tipo de Los tres días del cóndor (1975), de Sydney Pollack; o el satánico de La tienda (1993), de Frasser C. Heston.

Pese a su paulatina y progresiva incorporación y adaptación a la maquinaria de Hollywood, Max von Sydow permaneció fiel a su compromiso artístico con Bergman y volvió a trabajar con él cuantas veces fue convocado: sin abandonar su estatus de actor "americanizado" retornó al solar patrio para intervenir en La hora del lobo (1968), La vergüenza (1968), Pasión (1969) y La carcoma (1971), demostrando en todos los casos que se encontraba en plena forma y que era perfectamente capaz de seguir trabajando en ese registro riguroso e íntimo.

Para demostrar que no sólo era un actor de estirpe intelectual y "artística" no dudó en aceptar papeles que estaban muy por debajo de sus merecimientos, prestándose a aparecer con la ridícula caracterización del malvado Ming en el Flash Gordon (1980) de Mike Hodges, o sometiéndose a aquellos diálogos imposibles con la poseída Linda Blair en El exorcista (1973), de William Friedkin.

Sólo algunos realizadores verdaderamente lúcidos supieron distinguir la auténtica dimensión de un actor de categoría y le ofrecieron papeles a la medida de su talento. Señalemos, en primer lugar, a Woody Allen que, aunque le brindó una pequeña colaboración en Hannah y sus hermanas (1986), supo extraer de él con mucho talento esa vena neurótica, paródicamente "bergmaniana", en el personaje del pintor autocomplaciente y orgulloso.

Otros directores europeos fueron capaces también de indagar en las posibilidades excepcionales del actor, solicitando su concurso en películas que alcanzaron justamente una densidad mayor por contar con Max von Sydow en el reparto: Francesco Rosi (Excelentísimos cadáveres, 1976), Valerio Zurlini (Il deserto dei tartari, 1976) o Bertrand Tavernier (La muerte en directo, 1980).

Pero tendría que ser un director sueco, Bille August, el que nos devolviera la imagen consagrada del actor en una película que se amparaba en la tradición narrativa del país y que permitía a Sydow desplegar su infinita gama de registros, aunque dentro de su tendencia más propia y veraz: una búsqueda interiorizada del personaje, con una extremada sencillez pero de resultados deslumbrantes. Pelle el conquistador (1989) fue el título que propició su primera nominación al Oscar.

Como otros actores que alcanzaron la definitiva madurez como tales, Max von Sydow se sintió tentado por la dirección y debutó como realizador en el año 1987, con la película Katinka, versión de una novela de Herman Bang, rodada en Noruega, y en la que contó con la complicidad de un inestimable colaborador de las experiencias con Bergman: el magnífico director de fotografía Sven Nykvist.