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Don Álvaro o la fuerza del sino

Esta obra dramática en cinco actos, parte en verso y parte en prosa, de Ángel de Saavedra, duque de Rivas, fue representada por primera vez en 1835; su estreno constituyó el primer y más rotundo triunfo del teatro romántico en los escenarios españoles.

Misterioso personaje de quien se sospecha un humilde origen, el protagonista de la obra, don Álvaro, es el prototipo de héroe romántico perseguido por una fatalidad contra la que nada pueden las acciones humanas, por muy puros que sean los principios que las inspiren. En don Álvaro, sin embargo, desempeña un papel importante el elemento religioso: hasta el último momento (y en ello demuestra su catolicismo opuesto al fatalismo calvinista) se resiste a reconocer la espantosa fuerza de la predestinación y sólo sucumbe cuando todo su mundo parece haberse derrumbado ante él.

En Sevilla, adonde ha llegado de regreso de las Indias, don Álvaro se enamora de Leonor, que también ama sinceramente a don Álvaro. La hostilidad del padre de Leonor, el soberbio marqués de Calatrava, induce a los enamorados a intentar la fuga. Descubierta su tentativa, don Álvaro entrega su pistola al marqués, pero la pistola cae, se dispara y mata accidentalmente al marqués. Don Álvaro, herido por los servidores del marqués, huye. También Leonor huye tras el funesto incidente, vestida de hombre, y se refugia en una ermita, cerca de un convento de frailes.


Escena de una adaptación de Don Álvaro

En los campos de batalla de Italia don Álvaro busca la muerte, pero la muerte parece no querer nada con él. Después de haber salvado a don Carlos, hijo del marqués de Calatrava, don Álvaro, al ser reconocido, se ve obligado a darle muerte en desafío. De vuelta a España busca la paz en un monasterio cerca de Córdoba, pero incluso en aquel yermo le persigue la venganza de los Calatrava: un segundo hijo del marqués, don Alfonso, encuentra a don Álvaro, lo provoca y muere también en duelo. Pero, poco antes de morir, don Alfonso apuñala a su hermana Leonor, que disfrazada de ermitaño hacía penitencia en una cueva de aquel monte y a quien don Álvaro había llamado, creyéndolo un hombre, para que asistiera en sus últimos momentos al moribundo. Don Álvaro entonces se da muerte precipitándose desde una roca, para sustraerse con la muerte a la implacable fuerza del destino.

En esa vida llena de terribles acontecimientos y de una concatenación de aventuras más terrible aún, don Álvaro es una criatura viva que pasa de uno a otro estado de ánimo y que reacciona, lucha y combate para sobrevivir. Pero cuando se arroja desde lo alto del peñasco, su gesto tiene el significado de una desesperada renuncia: la renuncia a la fe en la bondad humana y la renuncia a luchar contra las fuerzas invisibles que rigen el mundo. E, implícitamente, la renuncia también a su eterna salvación.

Los años pasados pesan mucho sobre el drama, en el que, más que la pericia del artista, se manifiesta el entusiasmo inexperto del neófito. Para romper decididamente con la tradición literaria del drama clasicista, el duque de Rivas anuló las unidades de tiempo y lugar, sosteniendo sólo la acción con la fuerza de la ciega fatalidad, que pesa demasiado sobre los personajes, y que determina acontecimientos imprevistos, dentro de una atmósfera misteriosa de cálido sentimentalismo y de inesperadas revelaciones. Pero las pasiones y los caracteres, las costumbres y las ideas, los tipos y las escenas, nacen de una observación atenta del alma española, en lo que tiene de más tradicional, vivo y vital, y se dibuja a través de violentos colores con un lirismo harto exuberante y excesivamente tenso.

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