El calentamiento global

Con la expresión «calentamiento global» se designa un fenómeno climático relativamente reciente: el aumento de la temperatura media de la atmósfera y de la superficie de la Tierra, como consecuencia de la intensificación del efecto invernadero. Aunque es innegable que el calentamiento progresivo del planeta obedece, en gran medida, a una tendencia iniciada a mediados del siglo XIX que puso fin a la «Pequeña Edad de Hielo» (siglos XIV-XIX), no puede olvidarse que la actividad humana ha introducido un elemento perturbador en el clima del mundo. Desde que, hacia 1750, se iniciara la revolución industrial, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha aumentado en más del 25 % debido al uso masivo del carbón y del petróleo. Durante este mismo período, la concentración de metano ha aumentado en más del 100 %, y más recientemente han aparecido otras sustancias, como los organohalogenados, que también contribuyen a incrementar el efecto invernadero.


Desviaciones térmicas del año 2015, según la NASA

El resultado de todo ello es que los gases que causan dicho efecto se encuentran actualmente a un nivel que no había sido alcanzado nunca durante los últimos 150.000 años. Aunque la incidencia de este aumento sobre las modificaciones del clima es difícil de predecir (entre muchos otros imponderables, nadie sabe a ciencia cierta cuál es la capacidad real de absorción del dióxido de carbono que tienen los océanos), la inmensa mayoría de los científicos opinan que el calentamiento global es un gravísimo problema. Si no se logra combatir a tiempo, sobre todo reduciendo los niveles de emisión de dióxido de carbono mediante el desmantelamiento de la industria del carbón y la introducción masiva de prácticas de eficiencia energética, es muy probable que en un futuro próximo el aumento de la temperatura media produzca modificaciones irreversibles en el clima y en los ecosistemas de muchas regiones del mundo.

El efecto invernadero

La atmósfera terrestre actúa de manera análoga a los materiales transparentes o traslúcidos (plástico, vidrio) con que se construyen las paredes y el techo de un invernadero: dejan pasar buena parte de la radiación solar, pero luego retienen el calor en su interior. Un ejemplo equivalente y todavía más cotidiano es un coche aparcado al sol; tras varias horas de exposición a un sol intenso, notamos que el volante y los asientos «queman» y que el interior es «un horno»; es preciso ventilarlo antes de subirse a él.

Los rayos solares que atraviesan la atmósfera calientan la superficie de la tierra y los océanos. Si al anochecer de un día cálido ponemos la mano sobre una roca, notamos como desprende calor: toda la energía no absorbida por la tierra y los océanos, en efecto, es reemitida a la atmósfera, y una parte la atraviesa y vuelve al espacio exterior. Pero otra parte de ese calor es retenido y reemitido por el vapor de agua, el dióxido de carbono y otros gases contenidos en la atmósfera; como su acción es análoga a la de la cubierta de un invernadero, estos gases son llamados «gases de efecto invernadero» (GEF).

El efecto invernadero es, pues, un fenómeno natural, y tan antiguo como la composición actual de la atmósfera, que al parecer no ha experimentado variaciones esenciales en los últimos mil millones de años. No solamente en la Tierra, sino en todos los planetas con atmósfera puede darse un fenómeno similar. Marte, por ejemplo, es demasiado frío por la falta de cantidades suficientes de gases de efecto invernadero, y la superficie de Venus, por el contrario, es abrasadora por la presencia excesiva de este tipo de gases; en ambos casos, su temperatura es superior a la que correspondería por la distancia al sol. De hecho, al efecto invernadero debemos agradecer que la temperatura de nuestro planeta se mantenga en una franja idónea para la vida; se estima que, sin él, las temperaturas serían unos treinta grados más bajas.


La intensificación del efecto invernadero provoca el calentamiento global

Visto la anterior, es fácil comprender que el calentamiento global no deriva del efecto invernadero (que siempre ha existido y ha resultado, además, beneficioso), sino de su intensificación. Siguiendo la analogía, si aumentan sensiblemente los niveles de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, esa especie de cubierta traslúcida que forman se hace más tupida o gruesa, con lo cual se retiene más calor y se incrementa la temperatura global del planeta.

Es en este punto donde se localiza la responsabilidad humana en el proceso de calentamiento global: desde la revolución industrial y particularmente desde mediados del siglo XX, las necesidades energéticas domésticas e industriales han llevado a un notable incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero. Es bien sabida la importancia de los combustibles de origen fósil en nuestra sociedad; los empleamos para calentar casas y oficinas; para impulsar coches, camiones, buques, aviones y otras formas de transporte; y también en los procesos industriales. Ahora bien, todo proceso de combustión del carbón, de los derivados del petróleo (gasoil, gasolina) y de gases como el butano o el llamado «gas natural» conlleva inevitablemente la emisión a la atmósfera de vapor de agua y dióxido de carbono.

Se calcula que desde principios del siglo XIX hasta nuestros días se han vertido a la atmósfera unos 200.000 millones de toneladas de dióxido de carbono provenientes de la combustión de carburantes de origen fósil. Como resultado de ello, la actual acumulación de dióxido de carbono en nuestra atmósfera se halla lejos de los valores anteriores; en los últimos doscientos años la concentración ha aumentado aproximadamente el 25 %. A este incremento debe añadirse como factor agravante un fenómeno desarrollado paralelamente: la deforestación, que a principios del siglo XXI avanzaba a un ritmo neto de 7,3 millones de hectáreas anuales. Puesto que las masas forestales consumen grandes cantidades de dióxido de carbono en la fotosíntesis, la pérdida de superficies boscosas, que son dedicadas a la agricultura u otros usos, no ha hecho sino reducir la capacidad del planeta de absorber los excedentes.

Consecuencias del calentamiento global

En 2007, a partir de mediciones contrastadas, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU dio como probado que entre 1995 y 2006 se habían producido once de los registros térmicos medios anuales más cálidos constatados en la superficie terrestre desde 1850; además, los expertos indicaron que el ritmo de calentamiento alcanzaba los 0,13 grados por década. Ante semejante progresión, la comunidad científica internacional coincidía en afirmar que el calentamiento global representa un serio peligro para la conservación del medio ambiente y de la especie humana, aunque resulte prácticamente imposible pronosticar al detalle todas las consecuencias efectivas del mismo, puesto que los procesos físicos que origina a menudo interaccionan, modificándose entre sí y adoptando formas impredecibles.

El calentamiento global tiene especial repercusión sobre el hemisferio norte, y de modo sobresaliente en las regiones árticas, donde la temperatura media se ha incrementado el doble que en el resto del planeta. Consecuencia directa de ello es el creciente deshielo de los casquetes polares, que entre 1978 (primer año en que se efectuaron mediciones por satélite de la masa polar ártica) y 2006 vieron reducida su superficie estival en más de un 20 %, según datos del Instituto Nacional de Investigación del Hielo de Estados Unidos.


El deshielo ártico

La prosecución del deshielo a lo largo del siglo XXI provocará la subida del nivel de los mares, que a su vez devendrá en la inundación de vastos territorios litorales, muchos de los cuales son zonas de gran actividad económica y densamente pobladas. Los peores pronósticos indican un crecimiento del rasero marino de entre 18 y 59 centímetros a lo largo de la centuria en curso. Algunas naciones de Oceanía (Vanuatu, Nauru) ya han perdido parte de su territorio bajo las aguas, y cabe temer que lo mismo pueda ocurrir, en un futuro a medio plazo, en muchas áreas costeras de América, Europa y Asia.

El aumento de la temperatura media atmosférica también afecta a las masas de hielo continentales. Los glaciares de montaña sufren con especial crudeza este incremento, y en las zonas templadas del planeta tienden claramente a la desaparición (por ejemplo, en las cordilleras de España). Al disminuir o erradicarse las superficies de hielos perennes, merman las reservas de agua de los acuíferos, un bien indispensable para la supervivencia humana. Por otra parte, durante el deshielo del permafrost (suelo congelado de la tundra boreal) se liberan a la atmósfera grandes cantidades de uno de los gases de efecto invernadero, el metano, lo cual obviamente retroalimenta el fenómeno.

Por otra parte, el calentamiento atmosférico se traduce en una mayor cantidad de evaporación de las masas de agua. Este hecho puede provocar efectos contradictorios: lluvias torrenciales en algunas zonas del planeta, con el subsiguiente riesgo de inundaciones, e intensa sequía en otras, lo cual redundará en la aridez de los suelos. Las sequías se convertirán en problemas crónicos del área mediterránea y África; en su avance ya contrastado, la ampliación del Sahara reducirá las dimensiones del Sahel y menguará la superficie de las selvas tropicales y ecuatoriales subsaharianas.

Los científicos también han comprobado que el incremento térmico en las aguas oceánicas redunda en cambios de la velocidad del viento en las capas inferiores y superiores de la atmósfera, fenómeno que genera la intensificación y mayor frecuencia de los huracanes y tifones, con el riesgo que ello conlleva para los habitantes de las regiones tropicales. El aumento de la temperatura de los mares podría causar asimismo la extinción de algunas de las especies de fitoplancton que oxigenan el agua y sirven de alimento los peces, con incalculables repercusiones sobre la fauna marina.


El calentamiento global acelera la desertización de las regiones centroafricanas

Otro de los procesos meteorológicos a gran escala que sufrirán una alteración más evidente y perjudicial es el fenómeno conocido como El Niño, denominación que procede del momento del año en que suele presentarse, las fiestas de Navidad (del Niño Jesús). Debido a una corriente de agua cálida originada en el golfo de Guayaquil (Ecuador), que en su decurso hacia el sur desplaza las aguas frías de la corriente de Humboldt, la interacción entre las altas temperaturas marítimas y atmosféricas genera lluvias torrenciales en la costa este de Sudamérica y un importante descenso de la pesca, puesto que los bancos de peces se desplazan hacia latitudes más meridionales, en busca de aguas más frías.

El Niño también repercute en Oceanía, donde provoca un efecto inverso (sequía) al de América del Sur. Los registros históricos indican que El Niño tiene un carácter cíclico errático, no regular, y que en la segunda mitad del siglo XX apareció con mayor frecuencia (cada seis-siete años) y con una virulencia mayor. Las observaciones científicas de principios del siglo XXI advierten que este ciclo tiende a acortarse.

Combinados todos estos factores (subida de las temperaturas y del nivel de los mares, alteraciones del régimen de lluvias), cientos de ecosistemas de todo el planeta (los manglares, las lagunas litorales, los atolones coralinos, las marismas, los deltas fluviales y las selvas tropicales) estarán en grave riesgo de desaparición. No menos graves serían las consecuencias a nivel humano: la inundación de las zonas costeras, las lluvias torrenciales, las sequías, la falta de agua, la desertización y en general la destrucción de los medios de vida conduciría inevitablemente a sucesivas catástrofes humanitarias, migraciones masivas y conflictos sociopolíticos derivados de las mismas migraciones y de la escasez de recursos.

Medidas contra el calentamiento global

No fue hasta finales de la década de 1950, a los doscientos años del inicio de la revolución industrial, que algunos investigadores comenzaron a apuntar la posibilidad de un calentamiento global como consecuencia de las emisiones humanas de gases de efecto invernadero; y se necesitaron otros veinte años para que la comunidad científica en general y los organismos supranacionales tomasen conciencia de la necesidad de estudiar a fondo el fenómeno y aportar posibles soluciones.

En 1979 se celebró la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, convocada por la Organización Meteorológica Mundial. Por primera vez se exponía en un foro internacional el concepto de calentamiento global, así como las consecuencias del mismo sobre el medioambiente y la humanidad. La reunión concluyó con un llamamiento a todos los gobiernos del mundo para que se adoptasen medidas preventivas frente al cambio climático. En 1988 se fundó el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo dependiente de las Naciones Unidas que evalúa la información técnica, económica, científica y social relacionada con el calentamiento global.


La segunda «Cumbre de la Tierra» (Río de Janeiro, 1992)

Finalmente, en la Conferencia de Río de Janeiro (1992), también llamada segunda «Cumbre de la Tierra», el calentamiento global adquirió oficialmente el rango de problema mundial. La cita se cerró con la firma de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que fijaba las actuaciones, de carácter no vinculante, a seguir por todos los países para combatir el calentamiento global mediante la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. No por ello ha de suponerse que, en los años 90, existía un consenso generalizado acerca del fenómeno y sus causas. Los gobiernos eran y siguen siendo más sensibles a las presiones de los lobbies petroleros y energéticos que a las preocupaciones ecológicas, y estaban poco dispuestos a aceptar compromisos que pudieran perjudicar el crecimiento económico; tampoco en el seno de la comunidad científica existía la relativa unanimidad que caracteriza los tiempos recientes.

En 1997 se reunieron en Kyoto los representantes de más de ciento setenta países para intentar acordar acciones decisivas que redujeran sus emisiones de gases de invernadero. En la reunión se redactó un tratado, conocido como Protocolo de Kyoto, que proponía que, para el año 2012, treinta y ocho naciones industrializadas disminuyeran en un 5,2 % sus emisiones con respecto a los niveles de 1990 (Estados Unidos es el mayor productor de gases de efecto invernadero, con un 25 % del total de gases asociados al calentamiento global, seguido de Japón y Rusia). Firmaron el tratado más de ciento cincuenta naciones, pero éste no podía entrar en vigor mientras no fuera ratificado por una cantidad sustancial de países industrializados.

En noviembre de 2000, en La Haya, funcionarios de todo el mundo se encontraron para redactar reglas detalladas con el fin de poner en práctica el Protocolo de Kyoto. Desafortunadamente, tras casi dos semanas, las conversaciones naufragaron sin haber alcanzado acuerdo alguno para frenar el calentamiento global. La razón principal del fracaso fueron las discrepancias entre Estados Unidos y los países europeos. Los funcionarios asistentes al encuentro acordaron volver a reunirse para abordar el problema.

Como suele suceder con muchas cuestiones medioambientales, no todas las partes implicadas compartían plenamente las previsiones sobre el cambio de clima. Algunas autoridades no estaban convencidas de que el aumento de dióxido de carbono de la atmósfera tuviese a largo plazo efectos significativos en la temperatura media anual de la Tierra. Otras reconocían que la temperatura podría ascender, pero sostenían que no era probable que ocurriesen los cambios predichos; señalaban que otros factores podrían contrarrestar la presencia de dióxido de carbono adicional en la atmósfera y advertían que las naciones no deberían precipitarse a limitar el uso de combustibles fósiles, pues ello ocasionaría graves problemas económicos en muchas regiones del mundo; en lugar de ello, sugerían esperar a ver si la previsión realmente se cumplía.


Emisiones de CO2 (en millones de toneladas) desde 1900

Tal postura, por supuesto, resultaba inasumible, toda vez que hubiera sido preciso esperar demasiado tiempo para observar los cambios. Se necesitaría medio siglo o más para poder confirmar empíricamente que la quema de combustibles fósiles es la causa del calentamiento y de significativos cambios en el clima, y para ese momento sería demasiado tarde para remediar fácilmente el daño: el dióxido de carbono se habría vertido ya en la atmósfera y los cambios en el clima ya habrían comenzado a producirse.

El fracaso de las conversaciones sobre el clima y el complicado proceso de ratificación del Protocolo de Kyoto puso de manifiesto la falta de consenso entre los científicos, los políticos, los hombres de negocios y el público en general, pero también situó en la primera línea la batalla entre la industria y los ecologistas. A nivel gubernamental, el problema del calentamiento global dividió a las naciones entre los defensores de una posición más mercantilista y los que anteponen la defensa del planeta a la rentabilidad económica.

En marzo de 2001, el presidente George W. Bush cerró prácticamente la posibilidad de que Estados Unidos siguiera adelante con el Protocolo de Kyoto cuando, desdiciéndose flagrantemente de lo que había mantenido durante la campaña presidencial de 2000, declaró que su administración no trataría de disminuir las emisiones de dióxido de carbono de las plantas energéticas. Desdeñando informes científicos de reciente publicación, Bush afirmó que tomaba su decisión "dada la precaria situación del conocimiento científico acerca de las causas del cambio climático global y de las soluciones a éste".

Afortunadamente, tras dos años de debates, en 2004 Rusia ratificó el protocolo; esto posibilitó que el 16 de febrero de 2005 el acuerdo entrara en vigor con el apoyo de 141 naciones del mundo. En 2007 eran ya 191 los estados firmantes. Aunque entre ellos no figuraba Estados Unidos, que tampoco se incorporó al segundo periodo de vigencia del Protocolo de Kyoto (2013-2020), la primera potencia y principal emisor de gases acabó finalmente reconociendo la necesidad de poner coto a las emisiones, ni que fuera al margen del tratado: en 2015, el presidente Barack Obama estableció como objetivo una reducción del 30 % para el año 2030; la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense es la encargada de velar por su cumplimiento.

Pese al valor de estos avances, no puede en modo alguno concebirse la problemática del calentamiento global como un asunto definitivamente encarrilado. La reducción sustancial de emisiones implica fuertes inversiones de los gobiernos, tanto en actuaciones paliativas como para el desarrollo de energías renovables. No todos los países disponen de fondos para este desembolso; por ello, los acuerdos internacionales contra el cambio climático suscritos han sido generosos en los plazos y proporciones de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero fijados para los países pobres. Pero otros estados más capacitados a efectos económicos y tecnológicos tampoco se han mostrado muy proclives a la reducción de sus emisiones. Los multimillonarios negocios de la industria petrolera, tan influyente ante no pocos gobiernos occidentales, o los países que tienen los hidrocarburos como espina dorsal de su economía, figuran entre los actores más reacios.

Sólo en el marco de esta urdimbre de intereses se comprende la compra de emisiones. Los países ricos pueden elevar su volumen de emisión de gases mediante el pago de una cantidad de dinero estipulada a un país pobre, el cual se compromete a no emitir la cantidad vendida. Se trata de una parva indemnización que los países industrializados ofrecen gustosos para mantener su primacía; una pauta mercantil que a la postre ni reduce en su debida proporción las emisiones de gases de efecto invernadero ni contribuye al progreso económico de los estados vendedores.

Con mucho mejor sentido, otros gobiernos han asumido iniciativas de reducción de sus emisiones, como la promoción del consumo de biocombustibles (que aportan a la atmósfera una menor cuantía de gases de efecto invernadero), la creación de industrias de reciclaje o el fomento de la instalación de energías alternativas (por ejemplo, el suministro eléctrico de origen solar) en la reglamentación de sus planes urbanísticos. Buena parte de los fondos públicos destinados a este fin han sido empleados en campañas de concienciación ciudadana que muestran pequeñas estrategias domésticas contra el calentamiento global, tan sencillas como el ahorro de energía con la instalación de bombillas y electrodomésticos de bajo consumo eléctrico, el control estricto del uso de la calefacción y el aire acondicionado o el uso generalizado de los transportes públicos, en detrimento del vehículo particular.