El virus del Ébola

El virus del Ébola es el agente causante de una enfermedad infecciosa grave de pronóstico mortal que es designada a veces simplemente como Ébola o enfermedad del Ébola, aunque es más preciso llamarla fiebre hemorrágica viral del Ébola. Se trata de un virus perteneciente a una nueva familia, los filovirus, que mata a sus víctimas a una velocidad vertiginosa. Cuarenta años después de su identificación, se desconoce todavía el origen de este virus, y no existe ningún tratamiento eficaz para la enfermedad que provoca.


Mural de concienciación en Monrovia (Liberia)

Tras un breve periodo de incubación, el virus del Ébola desencadena una fiebre hemorrágica que se manifiesta en síntomas como dolores musculares, debilitamiento y fiebre súbita, a los que siguen vómitos, diarreas, problemas respiratorios y renales, shock, hemorragias internas y externas y, finalmente, la muerte. Es uno de los agentes patógenos más letales que se conocen: está clasificado como un patógeno del nivel 4. En comparación, el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), agente etiológico del sida (síndrome de la inmunodeficiencia adquirida), es un patógeno del nivel 2. Se ha descrito a esta nueva enfermedad, particularmente agresiva, como un "tiburón molecular" que puede convertir "casi todo el cuerpo en una baba digerida de partículas víricas". Ello se debe a que los órganos internos de las víctimas se descomponen, provocando hemorragias generalizadas.

Brotes y epidemias de Ébola

La primera vez que se supo de la existencia de un virus filiforme fue en 1967 en Alemania y Yugoslavia. En ambos países, los empleados de unos laboratorios científicos se vieron afectados por un cuadro de enfermedad violenta y aguda que provocó la muerte de siete de los treinta y untrabajadores. Todos ellos presentaban un rasgo en común: habían estado en contacto con los tejidos y la sangre de unos monos verdes africanos. Cuando se analizó la sangre de las víctimas se descubrió un virus de apariencia filamentosa que no se asemejaba a ningún otro conocido; fue bautizado con el nombre de virus de Marburgo, por la ciudad alemana en que fue aislado. Después de ese incidente se produjeron otros casos en varios países africanos, como Zimbabwe, Sudáfrica y Kenia.


Imagen del virus del Ébola obtenida con un microscopio electrónico de transmisión

En el verano de 1976 apareció una nueva forma de este filovirus en dos graves brotes que se produjeron casi simultáneamente. El primero fue en Sudán y el otro en la República Democrática del Congo, a unos 800 kilómetros de distancia. En ambos lugares parecía como si hubiera estallado una bomba biológica letal, que provocó que cientos de personas enfermaran y murieran a un ritmo vertiginoso. Estos brotes se saldaron con más de 550 casos y 340 muertes. Los análisis que se realizaron mostraron que el agente patógeno era muy parecido al virus de Marburgo, pero no idéntico. En realidad, era aún más letal que éste, y se lo denominó virus del Ébola por el nombre del río de la República Democrática del Congo donde fue identificado.

Desde el primer brote acaecido en 1976, se han descrito hasta cuatro subtipos o variedades del virus del Ébola. Se sabe que los tres primeros, llamados Ébola de Zaire, Ébola de Sudán y Ébola de Costa de Marfil, causan la enfermedad en el hombre, mientras que el cuarto, el Ébola de Reston (por el laboratorio de Reston, Virginia, un centro de primates donde fue descubierto en 1989), parece que sólo afecta a los monos, siendo además el único que puede propagarse a través de las partículas suspendidas en el aire.

Desde mediados de la década de 1990 y hasta nuestros días se han reproducido con cierta regularidad diversos brotes en diferentes partes de África. De hecho, no se tuvo noticia de nuevos casos hasta la primavera de 1995, fecha en que el fallecimiento en la ciudad de Kikwit, en la República Democrática del Congo, de un técnico de laboratorio a causa de fuertes hemorragias y de la enfermera y la religiosa que lo habían atendido alertaron a las autoridades sanitarias. Los análisis del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, Estados Unidos, confirmaron que el subtipo Ébola de Zaire era el responsable de éstas y otras muertes que se habían venido produciendo desde finales de 1994.


Una madre y su hija en una escuela utilizada como centro de aislamiento (Liberia, 2014)

Aunque se tomaron medidas estrictas que evitaron la propagación de la epidemia fuera de la ciudad, el número de muertos superó los doscientos. Se notificaron otros brotes de fiebre hemorrágica en Gabón, uno en 1994, que inicialmente se confundió con fiebre amarilla, y dos en 1996, pero ninguno de ellos alcanzó la virulencia de la epidemia de Kikwit, que cinco años después seguía siendo objeto de publicaciones científicas.

El virus volvió a ser noticia de actualidad en marzo de 2014, cuando se registró otro brote de la variedad Ébola de Zaire, la de mayor tasa de mortalidad, detectado esta vez en territorios de Guinea-Conakry, Liberia y Sierra Leona; a mediados de abril, la enfermedad había ocasionado casi un centenar de víctimas mortales, la mayoría de ellas (87) en Guinea-Conakry.

Contagio y desarrollo de la enfermedad del Ébola

Un individuo puede contagiarse con los tres primeros tipos de Ébola a través del contacto directo con una persona enferma. Esto suele ocurrir en el caso de empleados sanitarios o de familiares que han estado al cuidado del enfermo y que se infectan a causa del contacto con la sangre u otros líquidos corporales del paciente. En los países muy pobres, otra vía de propagación la constituyen las agujas hipodérmicas, que son reutilizadas en lugar de desechadas.


Hospital de campaña de Médicos Sin Fronteras en Paynesville, Liberia

Por lo general, al cabo de unos pocos días del contagio (el periodo de incubación, pese a su variabilidad, tiende a ser breve), el paciente experimenta fiebre elevada, dolores de cabeza, musculares y gástricos, cansancio y diarrea. A la semana de la infección, la mayoría de los pacientes tienen dolor torácico, shock y hemorragias generalizadas que se liberan a través de todos los orificios corporales, incluidos los poros de la piel, y afectan a los órganos internos provocando el llamado «vómito negro». La mortalidad es de alrededor del 70 %. Los investigadores no se explican cómo algunas personas consiguen recuperarse de esta devastadora enfermedad; según estudios publicados en abril de 1999, la supervivencia del paciente puede depender de la rapidez con que su sistema inmunitario sea capaz de responder a la infección.

Tratamiento del Ébola

Hasta el día de hoy no se dispone de tratamiento para la fiebre del Ébola, y es poco lo que puede hacerse fuera de proporcionar al enfermo las mejores condiciones para su bienestar. Las únicas medidas terapéuticas posibles consisten en asegurar un aporte suficiente de líquidos al paciente, así como mantener la presión arterial y proporcionar un buen suministro de oxígeno. En los hospitales, los pacientes que padecen la fiebre hemorrágica del Ébola reciben la denominada protección de barrera, es decir, están aislados de los demás pacientes, y los empleados encargados de su cuidado están provistos de ropas, mascarillas, guantes, batas y gafas de protección. Asimismo, deben seguirse estrictamente los procedimientos de esterilización rigurosa.

Aunque la primera noticia de la existencia de los filovirus data de 1967, los científicos todavía desconocen el medio natural de estos virus, pues hasta ahora todos los casos han sido secundarios, es decir, han sido causados a partir de la transmisión de otra persona. Tampoco se sabe el mecanismo exacto que emplea el virus para introducirse en la célula huésped, ni existe medicamento eficaz contra el mismo, ni técnica de inmunización para protegerse del contacto; aunque se ha obtenido cierto éxito en vacunas para monos, todavía no ha podido desarrollarse una eficaz en los seres humanos.

A pesar de las dificultades para obtener nuevos datos sobre esta terrible enfermedad, se sabe que los diferentes tipos del virus del Ébola se encuentran sólo en África Central, y aunque se desconoce su origen natural, parece que los monos son vulnerables a la infección. La enfermedad es tan mortífera que precisamente esta característica ha evitado que se produzcan desastres en masa: el Ébola mata tan rápidamente que las personas infectadas ni siquiera tienen tiempo de contagiar a otros. En otras palabras, el virus desaparece por sí solo por su misma letalidad, extinguiéndose junto con sus víctimas antes de poder propagarse a un núcleo de población más grande.