Betty Friedan

(Betty Naomi Goldstein; Peoria, Illinois, 1921 - Washington, 2006) Escritora estadounidense, autora de La mística de la feminidad (1963), obra de referencia del movimiento feminista, por la que fue galardonada con el premio Pulitzer. Mujer adelantada a su tiempo, nunca bajó la guardia en los problemas que siempre la preocuparon: la reestructuración de lo doméstico y familiar y la paridad económica y laboral entre hombres y mujeres, dos frentes en los que abrió brecha y que la convirtieron en la figura más emblemática del feminismo en una época, en la década de 1960, en la que todo estaba por hacer. En este sentido, esta pionera de los derechos de las mujeres será recordada como una de las activistas que más han contribuido a trazar un camino hacia la igualdad real de géneros.

Nacida en el seno de una familia de origen judío, su padre, Harry, era joyero, y su madre, Miriam, abandonó su empleo como editora de un periódico para ejercer de ama de casa. Tras graduarse summa cum laude en el Smith College, en 1942, Betty realizó estudios de psicología en la Universidad de Berkeley y empezó a trabajar como redactora, escribiendo primero para Federated Press (1943-1946), servicio de noticias del que se nutrían la mayoría de los periódicos sindicales, y más tarde para UE News (1946-1952), publicación oficial de United Electrical, Radio and Machine Workers of America, sindicato radical en la lucha por la justicia social para los afroamericanos y para las mujeres trabajadoras.


Betty Friedan

En Nueva York conocería a Carl Friedan, productor y ejecutivo de una agencia de publicidad con el que se casaría en 1947 y que le daría tres hijos, antes de que la pareja se divorciara tras veintidós años de matrimonio, en 1969. En 1952, cuando se encontraba embarazada de su segundo hijo, Betty fue despedida de su trabajo. Dedicada a partir de este momento al cuidado de la familia y a las tareas domésticas (y limitada laboralmente a algunos trabajos free lance), un encuentro que tuvo unos años después con antiguas compañeras de estudios resultaría determinante para su futuro. A raíz de un encargo del Smith College sometió a sus colegas a un minucioso cuestionario y descubrió que su insatisfacción con la vida que llevaba no era algo personal sino colectivo.

Las conclusiones de este primer estudio, presentadas en el artículo “I say: Women are People Too” (cuyo borrador fue rechazado por varias revistas para mujeres, más interesadas en publicar artículos sobre decoración y cocina), reflejaban la pérdida colectiva de identidad de las mujeres de su generación y la llevaron a iniciar un análisis de campo sobre el papel que, en la sociedad estadounidense de la posguerra y la guerra fría, se asignaba a las mujeres.

Se entrevistó en profundidad con más de ochenta mujeres de diferente condición: estudiantes de enseñanza secundaria o superior, amas de casa y madres jóvenes, mujeres que rondaban los cuarenta años… Paralelamente, recurrió a psicoanalistas, sociólogos, antropólogos y expertos en psicología femenina y en educación familiar para conocer sus puntos de vista.

El resultado de este estudio fue La mística de la feminidad (1963), un exhaustivo análisis del rol de las mujeres de clase media “convertidas por la sociedad en amas de casa sin recursos propios”, y referente indispensable (al igual que El segundo sexo de Simone de Beauvoir) para la configuración del movimiento feminista de la década de 1970.

En opinión de Friedan, “existía una extraña discrepancia entre la realidad de nuestras vidas como mujeres y la imagen a la que intentábamos ajustarnos, la imagen que denominé la “mística de la feminidad” […]. La mística femenina no es más que una forma de la sociedad de embaucar a las mujeres, vendiéndoles una serie de bienes que las dejan vacías, padeciendo “del problema que no tiene nombre” y buscando una solución en los tranquilizantes y el psicoanálisis. Una mujer debe poder decir, y no sentirse culpable al hacerlo, “¿Quién soy? y ¿Qué quiero hacer en mi vida?” No se debe sentir como una persona egoísta y neurótica si quiere alcanzar metas propias, que no estén relacionadas con su esposo e hijos”.

En los años inmediatos a su publicación, La mística de la feminidad, que obtuvo el premio Pulitzer en 1964, se convirtió en un auténtico best-seller (las ventas superaron los tres millones de ejemplares) y puede decirse que marcó un antes y un después en la historia del siglo XX, pues dio forma al movimiento feminista urbano de clase media. Cada vez más implicada en acciones en pro de la equiparación de los derechos de las mujeres, en 1966 Friedan, con otros 27 hombres y mujeres, sentó las bases de la National Organization for Women (NOW, Organización Nacional para las Mujeres), organismo que presidió hasta 1970.

Como fundadora y dirigente de la NOW, Friedan tomó posiciones extremas en asuntos como la igualdad de salarios, las oportunidades de promoción y otros derechos que hoy lo son por ley, pero que entonces ni siquiera llegaban a borrador. Destacaron sus presiones al Gobierno estadounidense para que prohibiese la discriminación en el trabajo, y a las aerolíneas para que suprimieran la política de emplear tan sólo a mujeres solteras menores de treinta y dos años como azafatas de vuelo.

Uno de sus primeros actos públicos tuvo lugar en Nueva York el 26 de agosto de 1970, coincidiendo con el 50º aniversario del sufragio femenino, cuando encabezó la Huelga por la Igualdad de las Mujeres (Women’s Strike for Equality), una jornada reivindicativa que incluía la exigencia del “aborto gratis e inmediato” y que congregó a más de 50.000 personas.


Encabezando una marcha en 1971

En 1971 Betty dio otra vuelta de tuerca en su particular cruzada en favor de la paridad de géneros con la fundación del National Women’s Political Caucus (NWPC, Comité Político Nacional de Mujeres) y la National Association for the Repeal of Abortion Laws (NARAL, Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes contra el Aborto), empresa en la que la acompañaron Bernard Nathanson y Larry Lader y que después se convertiría en Naral Pro Choice.

Su trabajo, no obstante, no estuvo exento de críticas y controversias, sobre todo por su renuencia a la hora de apoyar las reivindicaciones de las minorías raciales y las lesbianas e incluirlas en el movimiento feminista, algo que finalmente hizo en el año 1978. Fue incluso llamada “retrógrada” por defender que las mujeres podían y debían vivir en asociación con los hombres.

Colaboradora habitual de McCall’s, Harper’s, The New York Times, The New Republic y The New Yorker, escribió numerosos trabajos sobre los derechos de las mujeres. Entre sus obras posteriores a La mística de la feminidad destacan La segunda fase (1981), La fuente de la edad: vivir la vejez como una etapa de plenitud (1993) y el libro de memorias Mi vida hasta ahora (2000).