Fulcanelli

Seudónimo de un autor de alquimia del siglo XX que fundó escuela y cuya identidad es discutida; podría tratarse del francés Eugène Canseliet (1899-1982), pero tal atribución es cuando menos problemática. La figura del misterioso Fulcanelli suscita todavía hoy las más asombrosas especulaciones y mueve a las más diversas conjeturas, tanto sobre su verdadera identidad como sobre los conocimientos que reveló en sus dos obras: El misterio de las catedrales (1926) y Las moradas filosofales (1931).

Las décadas de 1920 y 1930 representaron en Francia el paradigma de los llamados "años locos". La sociedad europea vivía entonces, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, el acceso de la mujer al mundo del trabajo, la liberalización de las costumbres y cierta despreocupada y casi compulsiva euforia con la que se pretendía alejar los fantasmas del horror y la destrucción bélicos. Eran momentos en que se gestaban profundos cambios traídos por los vientos de la Revolución rusa y surgían los grandes movimientos ideológicos, cuyo choque no tardaría en producirse y en dar lugar al mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad, que fue precedido, además, por un desastroso crack económico.


Primera edición de El misterio de las
catedrales
(1926), de Fulcanelli

En estas circunstancias históricas, en que se buscaban nuevos caminos y respuestas para los problemas que habían angustiado y angustiaban al hombre moderno, se publicaron en 1926 trescientos ejemplares, lujosamente editados, de un libro que causó una conmoción que trascendía los círculos de gentes aficionadas a las ciencias ocultas. El título del libro era El misterio de las catedrales y lo había escrito un tal Fulcanelli. Tres años más tarde, otra vez este autor volvió a sorprender al público, en esta ocasión con un nuevo e inquietante libro titulado Las moradas filosofales.

Fulcanelli sostenía que las catedrales góticas (como las de Notre Dame de París y Chartres) y los grandes castillos medievales habían sido construidos, desde la organización del plano y la configuración de los volúmenes y espacios hasta la elección de los materiales, siguiendo el orden secreto instituido por los grandes maestros alquimistas. Ambos libros revelaban que su autor se basaba en un gran conocimiento de la historia del arte, y, con un evidente rigor formal en la exposición, sentaban la teoría de que los monumentales templos cristianos contenían los símbolos correspondientes al código alquímico secreto, que sólo los iniciados podían descifrar.

Estos dos sorprendentes e intelectualmente sólidos libros superaron enseguida el ámbito esotérico y llamaron la atención de muchos artistas, científicos, eruditos y personas libres de prejuicios. Pero, además de las cuestiones que planteaban, las obras incluían otra no menos trivial: la identidad de su autor.

Hacia 1920, en la despreocupada sociedad parisina de la época proliferaban los grupúsculos esotéricos, en los cuales no estaba ausente la charlatanería y las más disparatadas conjeturas para explicar la razón y la sinrazón del hombre en el cosmos. En uno de estos grupos tuvo su origen la fama de Fulcanelli. Por entonces, Eugène Canseliet, un joven bohemio veinteañero, y Jean-Julien Champagne, un maduro y juerguista pintor, compartían la pasión del ocultismo. Fueron ellos los portavoces de las enseñanzas de un viejo maestro alquimista que vivía oculto en París sin querer ver ni recibir a nadie. Ellos eran el único contacto que mantenía con el mundo, aunque nadie supo dónde ni cuándo se reunían con el maestro.

La originalidad de las enseñanzas de Fulcanelli extendió pronto su fama en otros círculos esotéricos, para los que su anonimato parecía un elemento más de aval de sus enseñanzas. Sin embargo, Fulcanelli no pareció estar de acuerdo con esta postura, y en 1926 decidió saltar la frontera endogámica del esoterismo. Ese año entregó a sus discípulos Canseliet y Champagne el original de la obra El misterio de las catedrales. Canseliet escribió un prólogo de presentación y Champagne incluyó treinta y seis ilustraciones.

La limitadísima aunque lujosa edición causó un gran impacto en el público, que, como es lógico suponer, quiso conocer quién era su autor. Surgió entonces el misterio sobre su persona y se extendió con notable velocidad para fraguar una de las leyendas del siglo XX. Al principio se especuló con la posibilidad de una farsa de sus presuntos discípulos. Pero Canseliet no estaba dotado intelectualmente para elaborar un texto del rigor de El misterio de las catedrales ni del siguiente, Las moradas filosofales, cuyo autor hace gala de una extraordinaria erudición. Tampoco lo estaba el pintor Champagne, cuyo carácter lo inclinaba más hacia los goces cotidianos que hacia la reflexión, aunque en su juventud podría haber viajado y conocido las catedrales y los castillos objeto de estudio del misterioso maestro Fulcanelli.

Tras descartarse que Canseliet y Champagne se ocultaran tras el seudónimo de Fulcanelli, la atención se centró en algunos ocultistas que gozaban de cierto prestigio en los ambientes de prácticas esotéricas. Entre los nombres detrás de los cuales se creyó en algún momento que estaba Fulcanelli figuraban los del Doctor Jaubert, Jolivet Castelot y Pierre Dujols, así como los de Auriger y Faugerons. Sin embargo, casi enseguida fueron descartados, porque ni las cualidades personales de ninguno de ellos ni sus conocimientos respondían al contenido y a la visión de las obras de Fulcanelli. Canseliet y Champagne no contribuyeron a despejar las dudas sobre la identidad de Fulcanelli cuando lo describieron como un aristócrata de mediana edad, culto, refinado y dueño de una gran fortuna, cuyos conocimientos y experiencias lo habían situado a las puertas de la gran meta de los alquimistas: la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud.

Al navegar por este sitio, aceptas el uso de cookies y los anuncios personalizados Entendido Más información