Al-Hakam II

(Córdoba, 915-976) Califa de Córdoba (961-976), hijo y sucesor de Abd al-Rahman III, conocido también por el nombre de Alhaquén o Alhakén II. Ejerció un claro predominio sobre los reinos cristianos, a los que derrotó junto al castillo de Gormaz en 975. Militarmente se apoyó en el general Gálib y en el intendente general del ejército, Almanzor. Su reinado marcó una época de esplendor cultural.


El califa Al-Hakam II rodeado de filósofos y literatos

El reinado de Al-Hakam II puede describirse brevemente como una sabia prolongación del de su padre, Abd al-Rahman III. Cuando el 15 de octubre de 961 sucedió a su progenitor, contaba ya con una amplia experiencia en los asuntos de gobierno que le serviría para, de forma relativamente pacífica, conservar la hegemonía del califato de Córdoba en la península.

Poco después de que Al-Hakam II ocupase el trono, el rey Sancho I de León el Craso se negó a entregar las fortalezas estipuladas en un tratado firmado con Abd al-Rahman III. El reino de Pamplona, aliado hasta entonces a Córdoba, rompió también la alianza y libertó a su prisionero, el conde de Castilla Fernán González. Los tres, Sancho I de León, García Sánchez I de Pamplona y Fernán González, se unieron contra el califa (962), pero varias victoriosas campañas musulmanas en todos los frentes los obligaron a pactar de nuevo.

Se abrió con ello un periodo de paz que habría de durar más de una década, mientras Córdoba se convertía en el árbitro de todos los reinos y condados cristianos. A ella acudieron para rendir homenaje al califa embajadas de los reyes de León y Pamplona, de los condes de Barcelona y Castilla y de los magnates gallegos y leoneses, casi independientes desde la ascensión del niño Ramiro III al trono leonés. Con otros fines, también enviaron embajadores el emperador bizantino Juan I Tzimisces (marzo del año 972) y el emperador Otón II de Alemania (julio del año 974).

En el año 974 la prolongada paz fue rota por el nuevo conde castellano García I Fernández (970-995), quien, aprovechando la marcha a África de las tropas fronterizas para combatir a los idrisíes, lanzó un imprevisto ataque contra Deza. Al año siguiente un ejército de castellanos, pamploneses y leoneses sitió la plaza de Gormaz, bastión omeya contra Castilla. El general Gálib, vuelto de África, acudió a levantar el cerco; los cristianos dividieron sus fuerzas y los sitiados hicieron una salida y los derrotaron (28 de julio de 975). La guerra continuó con suerte diversa hasta los tiempos de Almanzor.

En Marruecos, Al-Hakam II poseía solamente la ciudad de Ceuta; el resto estaba sometido a la influencia de los fatimíes de Ifriqiya. El establecimiento del califa fatimí Al-Mu'izz en Egipto (972) permitió a Al-Hakam incorporar de nuevo Marruecos en la órbita política omeya. El príncipe idrisí Al-Hasan ibn Gannún, que gobernaba Tánger y Tetuán, se opuso y venció al ejército cordobés enviado a someterlo (22 de diciembre de 972). El califa mandó entonces al general Gálib con las mejores tropas de al-Ándalus. El idrisí fue derrotado (marzo del 974) y se inició una segunda etapa de protectorado omeya sobre Marruecos.

Al final del reinado de Al-Hakam, y por consejo del visir Ya'far al-Mushafí, se abandonó todo Marruecos, salvo Ceuta, con el fin de aligerar los gastos del erario público. A fines del 974 Al-Hakam sufrió un ataque de hemiplejía, del que se repuso. Hasta entonces no había designado heredero porque su único hijo (Hisam) era menor de edad. Meses antes de fallecer (1 de octubre de 976) se decidió a nombrarlo, dejando planteado un grave problema sucesorio.

En la historia de al-Ándalus, la personalidad de Al-Hakam II destaca más como sabio amante de las letras y de las artes que como estadista. Su padre le había asignado maestros cordobeses de gran fama, gracias a los cuales adquirió una amplia cultura islámica que aunaba los conocimientos científicos con los derivados de las ciencias jurídico-religiosas, la gramática, la lexicografía, la retórica y la poesía; sus biógrafos llegaron a calificarlo de “hombre de enciclopédico saber”.

Al-Hakam II acogió en su corte a cuantos intelectuales venidos de Oriente quisieron asentarse en al-Ándalus (llegaron sobre todo de Irak, Siria y Egipto), y en algunas ocasiones presidió las reuniones de alfaquíes y literatos que habían sido invitados al alcázar de Córdoba o a Medina Azahara. Reunió una biblioteca de alrededor de 400.000 volúmenes, instalada en el alcázar cordobés y con un catálogo metódico, integrado, según el historiador Ibn Hayyan, por 44 cuadernos con 50 folios cada uno. De las sucesivas ampliaciones de que fue objeto la mezquita de Córdoba, la de Al-Hakam es la más apreciada.

Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [fecha de acceso: ].

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