Sergi López

(Vilanova i la Geltrú, 1965) Actor español que ha desarrollado su labor cinematográfica a caballo entre España y Francia. Sergi López nació el 22 de diciembre de 1965 en Vilanova i la Geltrú, localidad costera cercana a Barcelona a la que se siente fuertemente ligado. Allí reside todavía con su familia -sus padres, su mujer y una hija pequeña- y comparte con parientes y amigos el tiempo libre que le dejan los rodajes.

Resulta curioso constatar que al comienzo de la trayectoria que lo llevó a la fama no le interesaba el cine. Con dieciséis años, lo único que tenía claro era que le gustaba el teatro. Después de suspender el bachillerato y tomar la decisión de abandonar los estudios, optó por sincerarse con su padre y plantearle sus intenciones. Con el consentimiento paterno, formó parte de compañías circenses alternativas y participó en espectáculos callejeros y actuaciones en fiestas municipales. Más tarde se vinculó a grupos de teatro aficionado y, durante 1986 y 1987, asistió a cursos de arte dramático con los profesores Jorge Vera y Manuel Trillo en el Teatro del Trel de Barcelona y de acrobacia en la escuela El Timbal, a la que regresó en 1989 para dar clases de payaso con Fierre Byland.


Sergi López

Ya con suficientes tablas a sus espaldas (además de sus trabajos como actor, había sido ayudante de dirección en el espectáculo Còsmic (1989), del Llamp Teatre, y se había estrenado como director en Velcru prupuisu (1990), de la compañía Escarlata Circus) y con contadas y brevísimas apariciones en la pantalla, se marchó a París, aconsejado por su amigo Toni Albà, para estudiar interpretación en la École Internationale de Théâtre et Mouvement que dirige Jacques Le Cock.

Una vez allí se presentó a un casting para una película y resultó seleccionado. Se trataba de La petite amie d’Antonio (1992), opera prima del director y guionista de origen peruano Manuel Poirier, quien le propuso el papel principal. No importaba que el artista hablase francés con acento catalán, pues le convenía al personaje. Así, de buenas a primeras y casi como un juego, Sergi López se vio a sí mismo como el protagonista de una película francesa: no se lo podía creer. Además, su interpretación fue reconocida con el Premio Michel Simon. Tenía la suerte de cara.

El profesional polifacético

Su vida era por entonces un anónimo ir y venir entre París, Vilanova y Barcelona, donde su actividad teatral continuaba con creciente vigor. Junto a Toni Albà integró la compañía Debòlit, y con dirección de aquél obtuvo el premio especial de la crítica de Barcelona a la mejor interpretación de la temporada teatral 1993-1994 por el espectáculo Hasta el fondo.

En 1994 y 1995 dirigió, respectivamente, Vagabundos y Mafaska, para la compañía extremeña Teatrapo. Otra vez en Barcelona, participó como actor en la Compañía Catalana de Gags y abordó por primera vez el teatro clásico en Lisystrata, de Aristófanes, bajo la dirección de Ángel Alonso. Le faltaba probarse en otra faceta, la de cómico, y ésta llegó de la mano de Albà con Brams o la kumèdia dels herrors, todo un éxito de crítica y público.

Sin embargo, nadie conocía a Sergi López fuera de los círculos barceloneses afines al teatro. El pistoletazo de salida se lo brindó el cine francés, y gracias a su amigo Poirier, con quien había rodado ya cuatro películas. El éxito de Western (1997), una road movie que se alzó con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cine de Cannes y varios galardones al mejor actor -entre otros, el Gran Angular del Festival Internacional de Sitges-, significó su verdadero despegue. La película obtuvo gran éxito, tanto dentro como fuera de Francia.

Actor de carácter, a partir de entonces intervino en una destacada serie de producciones francesas y españolas en las que se movió como pez en el agua, con personajes un tanto escabrosos, psicópatas entrañables o perversos seductores, cuya ambigüedad logró provocar la inquietud de la platea. Sin embargo, también demostró su dominio en otros registros, como ocurrió con Harry, el olvidado amigo que llega desde el pasado para poner las cosas en su sitio y lograr que su compañero de la infancia consiga ser feliz.

La magnífica acogida de que gozó Harry, un amigo que os quiere (2000), de Dominik Moll, y la precisa composición del papel de Sergi López impulsaron al intérprete a una gloria inesperada, ni siquiera soñada, algo así como la coronación de una trayectoria tan breve como eficaz. La obtención, en febrero de 2001, del premio César del cine francés (al que había precedido el galardón al mejor actor cinematográfico europeo de 2000) por su trabajo en dicha película significaba el espaldarazo definitivo a su carrera.

El repentino triunfo de Sergi López en la cinematografía francesa poco tuvo que ver con la experiencia de otros intérpretes. En general, los pocos casos de cierta resonancia en el país vecino se dieron una vez afianzada su carrera en España. Sergi López siguió el camino inverso: logró ser conocido en su propio país cuando ya había adquirido prestigio fuera de él. Sin embargo, él no es un actor corriente. No lo es ante las cámaras, en las que suele mostrar facetas inquietantes, ni fuera de ellas, cuando se presenta tal cual es, con una naturalidad que impide cualquier asociación con la vanidad.

¿Existe algún actor de su categoría que manifieste sin reparos que no tiene cultura cinéfila, que de hecho ha visto muy poco cine, que no le dicen nada los nombres de los directores y sólo se guía por su intuición al leer los guiones, y que, con excepción de estos últimos, que le ofrecen de uno y otro lado de los Pirineos, no lee ni siquiera la prensa? En un mundo en el que la imagen manda, esta franqueza parece ser su mejor arma de conquista.

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