Mario del Monaco

(Florencia, 1915 - Mestre, 1982) Tenor italiano. Destinado a convertirse en uno de los divos de la ópera del siglo XX, comenzó su formación de una manera autodidacta, lo que no le resultó muy difícil teniendo en cuenta que poseía una hermosa voz impostada naturalmente. Antes de debutar sobre los escenarios pasó un tiempo recibiendo lecciones en el Conservatorio de Pesaro, para pasar casi de inmediato a la prestigiosa Escuela de Ópera de Roma.


Mario del Monaco

En el año 1939, cuando contaba con veinticuatro años, comenzó su carrera operística representando el personaje de Turiddu, el protagonista masculino de la ópera que lleva por título Cavalleria Rusticana, del compositor Pietro Mascagni, un papel muy apropiado a sus características vocales e interpretativas que representaría muchas más veces a lo largo de su larga carrera como cantante, y que le proporcionaría una buena parte de su celebridad.

Mario del Monaco fue, de hecho, el tenor italiano más importante a lo largo de las décadas de los cuarenta, los cincuenta y una buena parte de los sesenta, y esto no sólo sobre los escenarios operísticos italianos, sino también sobre los de los teatros de ópera más importantes del mundo. De hecho, a lo largo de los años cincuenta, tuvo la oportunidad de cantar en más de un centenar de ocasiones en el Metropolitan Theatre de Nueva York, uno de los grandes santuarios de la ópera. El cantante fue también un visitante habitual de las temporadas de ópera celebradas en el Covent Garden londinense o en teatro de La Scala de Milán.

El color vocal de Mario del Monaco correspondía a lo que, dentro de la terminología italiana, se conoce como un tenor dramático. La celebridad que llegó a alcanzar y que supo mantener a lo largo de toda su carrera no bastó para que ciertos círculos de aficionados al canto criticaran su estilo por no ser lo suficientemente sutil en sus interpretaciones. En efecto, Mario del Monaco, lo mismo que muchos cantantes italianos de su época e, incluso, de hoy en día, llevaba a cabo interpretaciones basadas en la exhibición de una potencia vocal que, en su caso, resultaba ser realmente extraordinaria.

En todo caso, los mismos alardes de potencia que a menudo consiguen enfervorizar a ciertos tipos de público suelen ser considerados por los verdaderos entendidos en el arte de la interpretación vocal como carentes de matices. Sin embargo, Mario del Monaco consiguió hallar una especie de término medio entre la exhibición de su voz y la correcta interpretación de los personajes operísticos, gracias en buena parte a su temprano hallazgo de un tipo de repertorio que convenía más que ningún otro a su tesitura vocal, a su tipo de emisión y a su particular sensibilidad musical.

Las cualidades de la apasionada voz de Mario del Monaco brillaban particularmente en los papeles de las óperas veristas italianas, que requieren, generalmente, un tipo de expresión más desgarrada que otros repertorios. Otro de los aspectos positivos del estilo de Mario del Monaco, también muy característico de la escuela vocal italiana, era su clara concepción del legato, de la línea que transforma lo que en principio no sería más que una sucesión de notas en un texto poético con melodía.

Como actor, lo que menos puede decirse de él es que fuera frío: si bien no poseyó una técnica interpretativa convencional, configurada a la manera de la que se imparte hoy en día en los conservatorios, el mismo estilo apasionado que se manifestaba en su voz quedaba patente en sus interpretaciones sobre el escenario. De hecho la intensidad con la que sintió el hecho de encontrarse frente al público interpretando un papel queda patente en las grabaciones de su voz realizadas sobre óperas "en vivo", que resultan mucho más convincentes que las que tuvieron lugar en un estudio, aunque escuchando estas últimas los amantes de la contención vocal pueden disfrutar de la oportunidad de comprobar que, si bien la voz de Mario del Monaco destacaba, sobre todo, por su naturalidad, el cantante procuraba, al menos en ocasiones, hacer uso de los recursos técnicos necesarios para llevar a cabo diminuendos o cantar notas en piano.

Además del papel de Turiddu, con el que debutó en Roma, los papeles con los que alcanzó un éxito mayor a lo largo de su carrera fueron los de Canio, en la ópera I Pagliacci, del compositor Ruggero Leoncavallo; Pinkerton, el oficial estadounidense que traiciona a la protagonista japonesa de la ópera Madame Butterfly, y Dick Johnson, de la ópera La fanciulla del West, ambas del compositor italiano Giacomo Puccini; Maurizio, en la ópera Adriana Lecouvreur, de Francesco Cilea; Pollione, en la ópera Norma de Vincenzo Bellini, y otros personajes pertenecientes a las óperas veristas italianas.

Mario del Monaco también destacó en varios de los papeles de las óperas de Giuseppe Verdi, entre los que pueden mencionarse Don Álvaro, protagonista masculino de la ópera La forza del destino; Radames, de la ópera Aida; Manrico, de la ópera Il trovatore, etc. Pero el tenor no solamente se enfrentó con éxito al repertorio italiano, sino que también realizó incursiones en el repertorio francés, representando papeles como el de Don José, el militar que protagoniza la ópera Carmen, de Georges Bizet, o el de Aeneas, de la ópera titulada Les Troyens, compuesta por Hector Berlioz.

Gracias a la potencia y a la riqueza tímbrica de la voz de Mario del Monaco, así como a su presencia escénica, el tenor obtuvo también un cierto éxito dentro de un campo en el que son pocos los cantantes italianos que se desenvuelven cómodamente, y menos aún en los tiempos en los que del Monaco lo hizo: el del exigente repertorio wagneriano. Así, el tenor llevó a cabo interpretaciones brillantes en papeles como los de Lohengrin y Siegfried. El último de ellos lo cantó en la lengua alemana original del libreto. Hacia 1970 su salud comenzó a quebrantarse seriamente, y se retiró poco después.

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