Alejandro Pidal y Mon

(Madrid, 1846-1913) Político español. Era hijo del político moderado y erudito asturiano Pedro José Pidal, al que acompañó a Roma cuando fue designado embajador ante la Santa Sede. Se educó en un clima de ferviente catolicismo, que habría de influir decisivamente en su trayectoria vital. Realizó sus estudios en Madrid, en cuya Universidad Central se licenció en Derecho. Se casó a los 22 años con la aristócrata Ignacia Bernaldo de Quirós, con la que tuvo quince hijos.

En 1872 obtuvo el acta de diputado por Villaviciosa (Asturias), en el grupo conservador. Así se inició una carrera parlamentaria que habría de durar hasta su muerte. En 1876 se opuso con vehemencia a la aprobación del artículo segundo de la Constitución, que permitía una cierta libertad religiosa. En 1884 aceptó la cartera de Fomento en el gabinete conservador presidido por Cánovas del Castillo.

Sus principales actuaciones al frente de este ministerio fueron los decretos respecto a las oposiciones a cátedra, la libertad de enseñanza y la reforma de la Facultad de Derecho y del Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, además de la dura represión de los motines estudiantiles que estallaron en la Universidad Central. Entre 1891 y 1893 fue presidente del Congreso durante el gobierno conservador, cargo que volvería a ocupar entre 1896 y 1899, igualmente bajo un gabinete conservador. En 1900 ejerció como embajador ante la Santa Sede.

Desde sus años en la Universidad se interesó vivamente por la filosofía tomista, sobre la que escribió con frecuencia en la revista católica La Cruzada. Esta dedicación intelectual le llevó a componer un minucioso estudio sobre la vida y la obra de Santo Tomás de Aquino. El tomismo fue el timón que rigió la vida de Pidal y Mon. Desde sus puestos oficiales y desde los rotativos en los que colaboró, se manifestó, ante todo, como un incombustible defensor del catolicismo más tradicionalista, que enfocaba, huelga decirlo, desde el punto de vista escolástico (el cual, no por antiguo dejaba de tener vigencia en el pensamiento católico de la época, como demuestra el hecho de que el papa León XIII dedicara a Pidal y Mon un Breve laudatorio tras la publicación de su obra sobre el santo escolástico).

Santo Tomás fue la principal -y, quizás, la única- autoridad moral e intelectual sobre la que Pidal y Mon fundamentó su carrera pública. Afirmaba que poseía "una inveterada costumbre de hallar el fundamento de toda verdad científica en aquel alcázar del saber" (la Suma Teológica tomista). Así pues, Pidal y Mon se distinguió, ante todo, por hacer de su escaño un púlpito y de su cátedra una misión. Su carrera política fue un apéndice de su celo religioso y de su delirio tomista. "Nuestro programa -afirmaba en 1874- es el catolicismo: pero el catolicismo no sólo como religión, sino como ciencia, como política, como literatura, y como arte".

Junto al catolicismo, el ideal monárquico fue otra de los pilares inconmovibles de su actitud política. En las Cortes de 1872 y 1873 fue uno de los únicos cinco diputados monárquicos, y se opuso con vehemencia a los avances de la revolución republicana. En 1876 atacó duramente a Cánovas del Castillo por sus concesiones a los republicanos, acusándole de haber impedido la pronta restauración de la monarquía borbónica. Aunque durante toda su carrera en el Parlamento colaboró con el Partido Conservador, nunca se consideró miembro del mismo y mantuvo a menudo una actitud crítica hacia la política de los gabinetes conservadores, pese a lo cual llegó a ser una de sus figuras más influyentes.

En 1887 fundó la Unión Católica, que pretendía constituirse en bloque católico-tradicionalista, a semejanza del Partido de Centro alemán, a fin de frenar los progresos del liberalismo y como respuesta al llamamiento a la movilización católica del papa León XIII. La Unión se integró en el grupo parlamentario conservador, pero el proyecto fracasó, debido a la desunión reinante en las filas católicas.

Tras la muerte de Cánovas del Castillo en 1896, gran parte de los diputados conservadores apoyaron a Pidal y Mon para sustituir a aquél al frente del partido. Pero eludió su designación, apoyando la candidatura de Silvela. Según sus escritos, ello se debió a que no se consideraba un hombre de Estado, sino un filósofo que no hubiera soportado los obstáculos prácticos que le impedirían poner en práctica sus convicciones. También a la muerte de Silvela rehusó ocupar el liderazgo del partido y apoyó a Maura, del que desde entonces se convirtió en uno de los principales apoyos.

Era miembro de la Academia de Jurisprudencia, de la de Ciencias Morales y Políticas y de la Española, que llegó a presidir, así como de la de Historia -aunque murió antes de tomar posesión de su sillón en ésta-. También pertenecía a diversas instituciones científicas extranjeras. En 1891 recibió la gran cruz de la orden de San Gregorio Magno de manos de León XIII, por sus servicios a la causa del catolicismo.

Durante sus años en el Congreso promovió el desarrollo de Asturias, a la que consideraba su verdadero terruño, pese a haber nacido en Madrid. Su finca asturiana de Somió se convirtió en un cenáculo de obispos, políticos tradicionalistas y escritores católicos. Pidal y Mon colaboró asiduamente en diversas publicaciones católicas, como La España Católica, La España, El Español, La Unión, entre otras. Entre sus numerosos escritos sobre temas de historia y filosofía tomista, cabe señalar: El triunfo de los jesuitas en Francia (1873), Santo Tomás de Aquino (1875), Balmes y Donoso Cortés (Discurso de ingreso en la Real Academia Española, 1883), Discursos y artículos literarios (1888), o La metafísica contra el naturalismo (discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, 1893). Fue enterrado en la basílica de Covadonga, junto a su padre.

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