Hashemi Rafsanjani

(Ali Akbar Hashemi Rafsanjani; Rajsanjan, 1934) Político y religioso iraní que empezó a adquirir protagonismo político durante los años de la revolución islámica que derrocó al Sha en 1979 y que elevó al poder al máximo líder del movimiento fundamentalista islámico, el Ayatolá Jomeini. A partir de ese momento, lideró el Partido de la República islámica desde 1980, hasta que en 1989 se convirtió en el máximo dirigente político iraní al suceder en el cargo de Presidente de la República a Jomeini, tras su fallecimiento.

Nacido en el seno de una próspera familia de granjeros que vivían en Rajsanjan, en la región de Kermän, Rafsanjani se trasladó poco después a la ciudad sagrada de Qum, donde se dedicaría a completar sus estudios religiosos desde 1948. Durante estos años en el seminario teológico de Qum, Rafsanjani fue alumno de Ruhola Jomeini, posteriormente máximo dirigente de Irán, que desde el primer momento ejerció una gran influencia sobre él. Ambos compartían un total rechazo de la política desarrollada por el régimen del Sha Mohamed Reza Pahlevi.

Sobre esta base se fermentó una estable comunión política que convirtió a Rafsanjani en el representante absoluto de Jomeini a lo largo de los años en los cuales éste permaneció en el exilio, tras ser expulsado en 1962 del país precisamente por su pública y activa oposición al régimen. Rafsanjani, que había conseguido alcanzar el grado de hojatolislam, dignidad religiosa islámica que ocupa el segundo grado dentro de la jerarquía, por debajo tan sólo del ayatolá, fue arrestado en numerosas ocasiones y permaneció desde 1975 hasta 1977 en prisión por sus actividades políticas.

Ambos líderes, Rafsanjani y Jomeini, trataban de evitar que las tradiciones y creencias religiosas que durante siglos de historia habían dirigido los designios de su pueblo finalizaran con la política de modernización que Mohamed Reza estaba llevando a la práctica y que, lo que era más grave, provocaban la incursión de los intereses de las potencias extranjeras, principalmente los Estados Unidos de América, en Irán. Esto colocaba al país en una situación de mero satélite dentro de la sociedad internacional y provocaba en el interior una acelerada occidentalización que incumplía los principales designios de la fe islámica, rectora en cualquier ámbito de la vida.

La Revolución islámica fue la culminación de una tensión creciente a lo largo de los últimos años. Se desencadenó finalmente en 1979 y constituyó uno de los episodios más sangrientos en la historia de Irán. Jomeini ascendió hasta la presidencia de la República islámica de Irán, mientras que Rafsanjani se convertía en miembro del Consejo revolucionario. Tan sólo un año después, la astucia política de Rafsanjani y su fidelidad hacia el Ayatolá Jomeini le facilitaron el ascenso hasta el liderazgo del Partido de la República Islámica y la presidencia del parlamento iraní (Majilis).

El éxito de la revolución permitió la involución de la sociedad iraní, que volvió a impregnar su vida y sus acciones de absoluta religiosidad. El nuevo régimen estableció un nuevo sistema en el cual la política y religión permanecían totalmente enlazadas. Su concepción fundamentalista llevó hasta su extremo máximo la comunión entre el Islam y el Estado, que no permitió de ningún modo la más mínima desviación ideológica.

La represión fue el arma que se utilizó para convencer a todos aquellos que no entendían como incompatibles la modernización y el sentimiento religioso. La política exterior sufrió un cambio radical. El régimen no ocultó los sentimientos anti-norteamericanos que se habían cultivado durante largo tiempo, debido a las incursiones económicas de este país que le permitían influir en la política interior.

Rafsanjani se convirtió en la segunda figura más importante del país durante todos estos años. Su papel durante la Guerra irano-iraquí desde 1980 hasta 1989 adquirió más significación, pues era la única persona capaz de influir en la suprema autoridad política representada por Jomeini. Él fue quien persuadió a Jomeini para que aceptara el alto el fuego de agosto de 1989 que dio fin al conflicto que durante los últimos años se había mantenido como una guerra de guerrillas o guerra de desgaste, en la cual los iraquíes estaban firmemente apoyados para su mantenimiento por los Estados Unidos.

En ese mismo año murió el Ayatolá Jomeini. Mientras Alí Jamenei asumía el cargo supremo del Estado como guía de la Revolución, Rafsanjani asumía, tras haber efectuado él mismo un aumento del poder ejecutivo, el cargo de presidente de la República. Las expectativas abiertas sobre la nueva dirección política del país no dejaron indiferentes a ninguno de los sectores políticos.

Para los sectores más conservadores, seguidores de las líneas duras islámicas, la nueva política con respecto a las relaciones internacionales, tras haber llegado a un acuerdo con los Estados Unidos de Ronald Reagan para la liberalización de rehenes a cambio de armamento y el progresivo acercamiento a occidente, en general, y a Europa en particular, dejando atrás el férreo aislamiento de los años de Jomeini, significaba una traición. Rafsanjani ordenó la ejecución de los más importantes opositores políticos con el fin de poder continuar con su política pragmática.

En realidad, Rafsanjani mantuvo una política de clara ambigüedad internacional con el objetivo de servirse de las alianzas y enemistades entre países en beneficio propio. Si en algunos momentos pareció establecer cierta normalización en sus relaciones con occidente, al mismo tiempo colaboraba con la República Popular China para el desarrollo de armamento nuclear.

La tímida liberalización del país durante los años de Rafsanjani como máximo dirigente era parte de su programa político, pero además se planteaba como algo inevitable, puesto que Irán sufría una notable anemia consecuencia del largo periodo aislacionista y de la larga guerra mantenida con Irak, que había minado su fortaleza económica y política. En 1991, durante el conflicto de la Guerra del Golfo Pérsico entre los Estados Unidos e Irak, la ambigüedad siguió siendo su mejor arma en su deseo de mantener independencia exterior, y se dedicó a criticar duramente tanto a los Estados Unidos como a Irak.

Realmente no existía una preferencia significativa entre ambos contrincantes, aunque el sometimiento de Irak eliminaría a un posible rival como potencia de la zona. En 1993, las elecciones presidenciales celebradas en el mes de junio volvieron a entregar a Rafsanjani la posibilidad de iniciar un nuevo mandato. Esto impidió que Rafsanjani pudiera presentarse a las elecciones generales de 1997, en las que Mohamed Jatami, mucho más pragmático y liberal que Rafsanjani, obtuvo la victoria.