Claudio Rodríguez

(Zamora, 1934 - Madrid, 1999) Poeta español. Perteneciente a la Generación del 50, su poesía, caracterizada por su originalidad expresiva y su intenso lirismo, tiene en común con la de otros poetas de su momento el uso de un lenguaje coloquial y cierta tendencia al realismo; según palabras de su compañero de generación, José Hierro, es "la realidad misma con magia, ya que transforma los objetos cotidianos en símbolos trascendentes". Su lírica intimista, marcada por la meditación en torno a la naturaleza y el paisaje castellanos, permaneció ajena a las modas y a los movimientos literarios. Publicó su primer libro, Don de la ebriedad (1953), cuando tenía 19 años; vinieron luego Conjuros (1958), Alianza y condena (1965), El vuelo de la celebración (1976) y Casi una leyenda (1991). Esta corta producción (un total de cinco libros escritos con largos intervalos entre uno y otro) resulta de una significativa trascendencia, ya que han sido constantemente reeditados y le valieron a su autor un sillón en la Real Academia Española, y numerosos premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras.


Claudio Rodríguez

Claudio Rodríguez realizó sus estudios primarios en la escuela de Los Bolos y el bachillerato en el instituto Claudio Moyano de su ciudad natal. Vivió una vocación poética temprana y sólida, pero fue muy poco propicio a mostrar sus primeros ensayos y tentativas. En 1947 falleció su padre y tuvo que encargarse parcialmente de los negocios familiares. En 1951 se trasladó a Madrid para cursar la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Central. Cinco años más tarde consiguió la licenciatura de Filología Románica. Tras finalizar sus estudios, fue detenido por su participación en diversas actividades estudiantiles contra el régimen de Francisco Franco. En la capital gustó de frecuentar mercados, bares, tabernas y lugares populares más que cenáculos literarios o reuniones intelectuales.

En 1953, año en que conoció a Clara Miranda, su futura esposa, apareció su primer libro poético, Don de la ebriedad, galardonado con el Premio Adonais. Fue Vicente Aleixandre uno de los poetas consagrados que con más empeño llamó la atención sobre la fuerza creativa del jovencísimo Claudio Rodríguez, quien, a partir de ese momento, inició amistad con otros poetas de su generación, como Ángel González, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral y José Ángel Valente, todos ellos integrantes de un grupo que, años después, iba a ser conocido como Generación del 50. En 1958 publicó Conjuros, segundo libro de poemas, que mantuvo la excelencia creativa del primero. Gracias a la intercesión de Aleixandre (convertido por entonces casi en una figura paterna) y Dámaso Alonso, entre 1958 y 1960 obtuvo una plaza de lector de español en la Universidad de Nottingham (Reino Unido). Inmediatamente después, y hasta 1964, desempeñó la misma tarea en la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Durante su residencia extranjera ahondó en el conocimiento de la poesía inglesa y americana contemporánea, con especial interés por la obra de William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge, John Keats, T. S. Eliot, Ted Hughes y Dylan Thomas. Fundamental fue, además, la profunda amistad establecida con Francisco Brines, entonces lector en Oxford (Reino Unido). Instalado de nuevo en Madrid, su tercera obra poética, Alianza y condena, escrita durante los años ingleses, vio la luz en 1965. Ya parecía claro que su ritmo de escritura era lento, meditativo y muy consciente de su propio grado de maduración y de su sentido de exigencia poética. En 1971 se publicó Poesía (1953-1966), primera antología de su obra, y cinco años después El vuelo de la celebración, el cuarto título de su producción original. Poco antes, el 31 de julio 1974, el episodio más trágico de su experiencia enturbió su vida definitivamente: el asesinato de María del Carmen, su hermana más querida.

En 1981 se editó una nueva recopilación general de sus poesías, Antología poética, y, dos años después, Desde mis poemas, libro galardonado con el Premio Nacional de Poesía, que acogía toda la obra publicada anteriormente y que, además, incorporaba una pequeña introducción del propio poeta. La incursión crítica sobre la propia obra apareció en 1986 con Reflexiones sobre mi poesía, texto que, sin duda, abundó de forma muy fructífera en el ámbito crítico que sobre su creación habían conformado desde la década 1960 autores como José Luis Cano, Carlos Bousoño, Andrew Debicki, Pere Gimferrer, Jaime Siles, Dionisio Cañas, José Olivio Jiménez o Arturo del Villar.

En 1987 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, donde ingresó con el discurso Poesía como participación: hacia Miguel Hernández y ocupó el sillón que dejó vacante Gerardo Diego. Dos años después, la ciudad de Zamora lo nombró hijo predilecto. Su última obra, Casi una leyenda, saludada por sus colegas y gran parte de la crítica literaria especializada con el entusiasmo que merecieron sus anteriores títulos, apareció en 1991. En 1993 recibió los premios Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y Príncipe de Asturias de las Letras. En 1999, el Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo instauró el Premio Claudio Rodríguez de poesía.

La obra de Claudio Rodríguez supuso para la poesía española una segregación completa de la poesía más o menos social realizada a mediados del siglo XX. Su primera obra, Don de la ebriedad (entendida como un solo poema dividido en tres libros), inauguró una poética cuya potencia radicaba en un perpetuo impulso intuitivo de emociones en el que paisaje, sentimientos, conceptos y sensaciones se fundían como un todo simbólico, aunque no desligado de “lo real”, llamado posteriormente por Carlos Bousoño “realismo metafórico”.

La intensidad de su contenido se apoya en los endecasílabos asonantados en que están escritos casi todos los poemas que componen esta obra, recurso técnico que, según el autor, fue prácticamente fundado por el discurso del lenguaje oral del que quiso partir para encontrar una mayor intimidad vital con la palabra. No fueron ajenos a la composición del ritmo su gusto y conocimiento de la poesía francesa contemporánea y, especialmente, la obra de Rimbaud, autor a quien dedicó algunos estudios. La honda vivencia del paisaje de su tierra y su transfiguración por el “don” de la poesía y el entusiasmo de la “ebriedad” del joven que sale en busca del mundo emparentan su escritura con la mística de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León, pero también, en un ámbito más cercano, con el dolor unamuniano.

En Conjuros (título que anuncia las fórmulas conjuratorias imperativas, exclamativas e interrogativas del libro) hay un regreso del poeta a su lugar de origen (se dan más referencias geográficas y humanas), que queda transfigurado por un intento de nueva contemplación transmutado en alegorías que confunden premeditadamente los planos expresivos y significativos, el símbolo y la verdad. Esta característica, que atraviesa el resto de su obra, es una de las causas de la dificultad de comprensión e interpretación de sus versos, calificados en ocasiones de “órficos”.

Es importante señalar que durante la escritura de Conjuros adquirió una conciencia crítica estimulada en la gran ciudad, que le hizo acceder a un “sentido moral del arte”, evocado en todos sus escritos sobre creación poética. Con el tercer título, Alianza y condena, apareció una sensibilidad más pausada y se atenuaron las fórmulas metafóricas y los dualismos temáticos en el camino del conocimiento de una realidad íntima. Estas peculiaridades, no obstante, no pretendían modificar, según sus palabras, “el timbre de exaltación de mi poesía anterior”, pero sí reflejar una desolación, la “condena” aludida en el título, la caída necesaria, como dictan sus versos, para conocer la dicha por medio de la verdad.

A partir de El vuelo de la celebración, el poeta remite a sus raíces más que nunca, a la vez que concreta y avanza el aquietamiento de anteriores expansiones físicas y espirituales e introduce la nostalgia reflexiva de un erotismo a veces imposible. Su ritmo expresivo se quiebra en la combinación de versos de cinco, siete, once y catorce silabas, como ya ocurría en Alianza y condena y como iba a ocurrir, así mismo, en su quinto y último libro, Casi una leyenda, donde cerró, sin abandonar la interrogación permanente que recorre casi toda su poética, la unidad total de su mundo literario a base de perfiles rememorativos en los que aparece más claro que nunca el tema de la muerte, siempre con una tan sutil como vital cristalización metafórica, que, al final, busca conocer para aceptar la experiencia y el destino último.

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