Alejandro Sawa

(Sevilla, 1862 - Madrid, 1909) Escritor español, destacada figura de la bohemia literaria finisecular. Más que por su obra literaria (es autor de diversas novelas naturalistas y del dietario Iluminaciones en la sombra, publicado póstumamente) es recordado por el homenaje que le rindió Ramón del Valle-Inclán, quien se inspiró en su excéntrica personalidad para crear el personaje de Max Estrella, protagonista de Luces de Bohemia.


Alejandro Sawa

Su madre era sevillana y su padre, un comerciante de vinos natural de Carmona (Sevilla), le legó un apellido que revela el origen griego de su abuelo. Alejandro fue el mayor de cinco hermanos, dos de los cuales (Miguel y Enrique) se dedicaron también a las letras y estuvieron igualmente inmersos en la bohemia madrileña. De su juventud se sabe tan sólo que estudió en el seminario de Málaga (lo que explicaría su sólida cultura clásica), a cuyo obispo dedicó un folleto juvenil titulado El pontificado y Pío IX: apuntes históricos (1878). De su paso por la universidad no se tienen más datos que una matrícula gratuita conseguida en la Facultad de Derecho de Granada durante el curso 1877-1878.

Tampoco se conoce la fecha exacta de su llegada a Madrid, que algunos remontan al menos a 1881. Sin embargo, no es segura la presencia de Sawa en la capital hasta 1885, año de la publicación de su primera novela: La mujer de todo el mundo. Pese a su simplismo, su naturalismo ingenuo y sus evidentes resabios tardorrománticos (Byron, Musset y sobre todo Victor Hugo fueron sus primeros ídolos literarios), dicha obra gozó de una excelente acogida en los círculos anarquistas madrileños por su feroz ataque a la aristocracia.

Ése fue el ambiente intelectual del que se rodeó Sawa en la capital de España, integrado en la redacción del periódico El Motín (1888) y arropado por toda una generación de jóvenes bohemios y disconformes con la sociedad de su tiempo: Joaquín Dicenta, Luis Bonafoux, Ernesto Bark, Camilo Bargiela y otros componentes del grupo regeneracionista Gente Nueva, al lado de agresivos “discípulos” de Émile Zola, como Eduardo López Bago, Remigio Vega Armentero o José Zahonero.

Al igual que estos últimos, Alejandro Sawa comenzó practicando una literatura antiburguesa y de signo anticlerical, muy próxima a las doctrinas utópicas de finales del siglo XIX. Así lo demuestran sus siguientes novelas, Crimen legal (1886), Declaración de un vencido (1887) y Noche (1888), en las que, adentrándose cada vez más en el naturalismo radical, se dedicó a mostrar lo más abyecto de la sociedad contemporánea. Les siguieron la anticlerical Criadero de curas (1888) y la truculenta La sima de Igúzquiza (1889), sobre las atrocidades de la tercera guerra carlista.

No están claras las razones por las que decidió marcharse a París, donde ya se encontraba en el verano de 1890, aunque es muy posible que hubiera sido desterrado por un delito de imprenta. Sea como fuere, su vida en la capital francesa constituyó una prolongación de la bohemia madrileña hasta que, como otros muchos españoles, entró a trabajar en la redacción de voces para un diccionario enciclopédico que por entonces editaba la célebre casa Garnier. En París contactó Sawa con decadentes, parnasianos y simbolistas, empapándose de todo el espíritu del Barrio Latino; le fue dado conocer personalmente a su admirado Victor Hugo y trabó estrecha amistad con Verlaine, a cuya muerte pudo todavía asistir en enero de 1896.

Entre esta fecha y diciembre del mismo año, cuando presenció en Madrid el estreno de El señor feudal de Joaquín Dicenta, debió de regresar a España en medio de una mítica aureola que subyugaría a muchos de sus contemporáneos; lo hizo acompañado de su mujer y su hija, de su íntimo amigo Henri Cornuty (una figura menor de la bohemia parisina) y de un montón de anécdotas, como aquella de no haberse lavado la frente desde que el gran Hugo se la besara. Así lo recordarían sus amigos Manuel Machado y Rubén Darío, histriónico, altivo y entregado a un irrenunciable culto a la belleza y al arte; o Azorín, quien sintió cierta simpatía por su persona. Pío Baroja, con mucho menos afecto, resaltó su actitud orgullosa y despótica, mientras que Ramón del Valle-Inclán lo retrataba esperpénticamente, andaluz y ciego, encarnándolo en el hiperbólico poeta Max Estrella, protagonista de Luces de bohemia (1920).

Lo cierto es que, durante su segunda etapa madrileña, Alejandro Sawa terminó cayendo otra vez en la miseria, pese a haber reanudado la actividad literaria en forma de libro (una adaptación a la escena española de Los Reyes en el destierro, de Alphonse Daudet, en 1899) y haber iniciado una intensa colaboración con la prensa: El Globo (1902), Madrid Cómico, ABC, La Correspondencia de España (1903), Alma Española (1903) y España (1904). De ideas anarquistas, su originalísima figura (alta, elegante, con perfil helénico y melena y barba románticas) podía contemplarse aún en el Madrid de comienzos de siglo presidiendo tertulias y haciéndose escuchar por una corte de jóvenes ansiosos de “aire fresco” en el rancio panorama literario de entonces.

Poco a poco, sin embargo, aquel que había sido llamado «El Magnífico» y «El Excelso» fue siendo abandonado por sus amigos mientras se sumergía en la más angustiosa pobreza. Los años más dolorosos y difíciles de Sawa llegaron con la muerte de su padre (1905) y, poco después, con la ceguera (hacia 1906) y la locura definitiva.

Encerrado en su casa madrileña, acosado por las deudas y visitado tan sólo por unos pocos devotos (entre ellos, el joven escritor Rafael Cansinos Assens), terminó falleciendo en penosísimas circunstancias, obsesionado por que viera la luz su testamento literario: un dietario de sensaciones titulado Iluminaciones en la sombra, publicado póstumamente en 1910 con prólogo de Rubén Darío. Inspirado en modelos franceses como las Iluminaciones de Rimbaud o los Diarios íntimos de Baudelaire, esta biblia de la literatura bohemia se compone de impresiones, divagaciones, recuerdos y nostalgias del autor.