Chikky de la Torre

La obra del artista ecuatoriano Chikky de la Torre refleja los mitos y leyendas de las culturas indígenas del Ecuador y se enmarca en el periodo de lo real-maravilloso de las artes plásticas ecuatorianas. El autor ha definido su estilo como un Realismo Mítico, ‘ismo’ de su creación que representa a los seres de la cosmovisión de los pueblos y nacionalidades con técnicas del Expresionismo y Naturalismo.

Primeros años y juventud

Nacido en 1942 en Tulcán (provincia de Carchi) con el nombre de José Rafael de la Torre Santillán, Chikky de la Torre creció como hijo único en el hogar formado por José Rafael de la Torre y María Mercedes Santillán. Debido a que no podía quedarse solo en casa cuando pequeño, sus padres, que se dedicaban al cultivo y al comercio, lo llevaban a realizar sus actividades diarias. A los tres años realizó sus primeros dibujos bajo la mesa donde su madre expendía los productos en el mercado y sus garabatos llenaban los papeles de envoltura.


Chikky de la Torre

Estudió en la escuela de La Salle, en donde fue un alumno destacado en dibujo, y obtuvo las mejores calificaciones y medallas. En tercer grado ganó su primer premio en un concurso provincial. Sus méritos fueron el orgullo de su madre, quien siempre apoyó su carrera artística, a pesar de los deseos de su padre, que buscaba que siguiera sus pasos en el negocio familiar.

Aparte, participó en obras de teatro de comedia, con las que visitó varios centros educativos de su sector. A los diez años se inscribió en un curso de animación a distancia en Estados Unidos. Aplicó esos conocimientos en la creación de su primera revista gráfica, que se llamó La Leyenda del Imbabura. Para su reproducción utilizó un mimeógrafo que le prestó un profesor amigo. En sus hojas representó el cuento de La Ventana del Imbabura, que fue uno de los que escuchaba de su madre y sus abuelos.

Su familia es indígena, por lo que en cada reunión familiar o fecha importante escuchaba historias sobre el origen de los pueblos y de los personajes que aparecen en las montañas y bosques. «Mi madre me enseñó que todas las cosas en la naturaleza tienen vida. Yo le preguntaba: ¿y las piedras? Las piedras también tienen vida, me respondía. Entonces, me decía, tienes que ir con mucho cuidado, porque si arrancas una rama, golpeas una piedra, es como que te están golpeando a ti».

Su interés por la mitología creció cuando ingresó al colegio y estudió los mitos y leyendas de diferentes pueblos, mientras hacía carteles para sus profesores de historia. Es por eso que en la mayoría de sus obras se combinan elementos de la iconografía local con las narraciones universales.

La Escuela de Bellas Artes

Después de terminar el colegio, De la Torre viajó a Guayaquil con un amigo para seguir un curso de preparación para ingresar a la Armada del Ecuador, en la división de la Fuerza Naval. Sin embargo, no se convenció por ese camino y se decidió a ingresar a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Central del Ecuador. Para ingresar, tuvo que nivelar sus estudios y esperar seis meses para matricularse en la carrera de Pintura. En 1969 obtuvo su título en Pintura y Publicidad.

En las aulas conoció nuevas técnicas y aprendió a ser disciplinado dentro de su proceso artístico. El maestro se nutrió de diferentes corrientes artísticas, como el Clasicismo, el Renacimiento, el Realismo y las vanguardias del siglo XX. De la Torre recibió cátedra de grandes exponentes de la plástica local como Diógenes Paredes, Antonio Negrete, Osvaldo Viteri y José Enrique Guerrero, en ese entonces director del Museo de Arte Colonial, con quien formó una gran amistad. Gracias a Guerrero tuvo la oportunidad de restaurar una obra de Diógenes Paredes, reconocido pintor nacional, obra que se encuentra en el Museo de Arte Moderno de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, institución que, años más tarde, adquirió parte de su obra.

Su generación fue marcada por las transformaciones sociales, culturales y políticas de los años 60. Por un lado, compartieron las ideas revolucionarias de los movimientos estudiantiles de Europa y Estados Unidos y, en lo artístico, se inspiraron en las corrientes vanguardistas que estaban naciendo en América Latina. Particularmente, la obra del maestro apuesta por lo real-maravilloso, a través de la representación de los mitos de las culturas locales. Entre sus compañeros de clase estaban Washington Iza, José Unda, Patricio Palacios, Mario Ronquillo y Nelson Román, quienes también son reconocidos exponentes del arte ecuatoriano.

El surgimiento de Chikky

En 1968, el maestro fue invitado como representante del Ecuador en la III Bienal Internacional de Arte de Ibiza, junto con Voroshilov Bazante. Para presentar su obra, decidió reemplazar sus dos primeros nombres por el de Chikky. Esta es una expresión kichwa que significa duende o diablo (en un sentido pícaro), personaje que pertenece a la mitología de los pueblos y nacionalidades del país. La adopción de este pseudónimo representa una manera de reivindicar sus orígenes: «Yo soy indígena, entonces no estaba tan a gusto que me pongan esos nombres españoles, y decía: ‘pues, por lo menos tengo que ponerme un nombre que signifique que soy indígena’. Entonces me puse el de Chikky de la Torre».

La identificación con el duende surgió desde la niñez. Cuando caminaba por los parajes del terreno de sus padres, sintió el llamado de estos pequeños personajes, a través de una flor. El maestro la tomó y la guardó en una pequeña caja, en donde la conservó por muchos años. Desde ese instante sintió su presencia cada vez que recorría los bosques. A diferencia del imaginario local, el pintor los mira como seres juguetones y protectores, con grandes ojos azules o verdes, cabellos dorados y castaños y piel blanca. Debido a la fuerte conexión que tejió con ellos, les ha dedicado algunas obras y exposiciones.

Realismo Mítico

A partir de la década de los 70, De la Torre ha desarrollado un estilo propio al que ha bautizado como Realismo Mítico. Este término, inspirado en el movimiento estético y cultural del Realismo Mágico, se define como la combinación de personajes, escenarios de las leyendas ancestrales y la filosofía andina con elementos de la cotidianidad. Para ello, el maestro utiliza técnicas del arte Clásico (especialmente en la representación de la figura humana), junto con las del Naturalismo y Expresionismo. Igualmente, emplea una gama de colores cálidos para enfatizar la expresión de los componentes míticos. En palabras del artista, estas mezclas son resultado de «una realidad intelectual identificable en el tiempo, en el hombre y la memoria en una expresión cotidiana transformada en mito».

Según el crítico e intelectual ecuatoriano Hernán Rodríguez Castelo, el maestro «Tiende, en composición y tratamiento de las figuras, a lo muralístico y escenográfico, con figuras de gran definición volumétrica, que organiza en escenas de contenido vagamente histórico y mítico». Es por eso que sus pinturas han marcado trascendencia en la plástica ecuatoriana.

Premio Mariano Aguilera

En 1981, De la Torre obtuvo el Premio Mariano Aguilera, uno de los reconocimientos más importantes en el arte ecuatoriano. El proceso para ganar este reconocimiento comenzó dos años atrás, cuando el maestro postuló su trabajo, por primera vez, en la convocatoria. Pese a sus esfuerzos, no fue seleccionado, pero, por motivación de una alumna, se animó a participar nuevamente y acudió el último día para inscribir su candidatura. Se presentó con un cuadro denominado El Cacique (Premio Mariano Aguilera, 2014). El retrato de la figura de autoridad del mundo andino fue creado dentro de la corriente neofigurativa y representa una exaltación a la identidad de los pueblos. En la víspera del anuncio de ganadores, el pintor recibió una llamada telefónica en la madrugada, en la que Nelson Román, su compañero de la Escuela Bellas Artes, le comunicó entre risas y bromas que había ganado el galardón. En ese momento comenzó a prepararse para la ceremonia de premiación.


El Cacique (1981), de Chikky de la Torre

Además de este reconocimiento, su obra ha sido laureada en bienales y salones nacionales de pintura y artes plásticas con menciones de honor. En el ámbito internacional, su trabajo ha recibido premios en concursos como la VII Bienal Internacional de Arte en Paris (1971), la I Bienal Latinoamericana de Sao Paulo (1978) y la I Bienal de Pintura de Miami (1989).

Desde los años 70, el maestro se ha dedicado a compartir sus conocimientos con clases de pintura y modelado de escultura, inicialmente en el Club Amigos del Arte dentro del Instituto Nacional Mejía, y posteriormente en el Centro de Promoción Artística de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. En los 80 fue director de este espacio, y actualmente ofrece talleres de arte para niños, jóvenes y adultos.

A la par, el pintor se dedica a producir sus cuadros. El proceso creativo puede tomar entre uno a cinco o más años, debido a que estudia meticulosamente cada elemento que va a ocupar para transmitir sus ideas. Es por eso que dejó de hacer exposiciones por un tiempo, ya que necesitaba concentrarse en cada una de sus obras. Esto da a cada una de sus piezas un valor único, que, más allá de la calidad estética, se orienta hacia la proyección del mundo mítico que habita en su ser.

Chikky de la Torre se define como una persona aventurera. Desde niño le gustaba recorrer los bosques y capturar nuevos escenarios para sus pinturas. En una de sus caminatas se perdió en el páramo andino, junto a uno de los trabajadores de sus padres. Como no encontraron la ruta de regreso, tuvieron que pasar la noche en la intemperie y sin comida; no obstante, pudieron retornar a casa al día siguiente. En cada travesía se encontraba con el mundo mítico que le contaban sus abuelos, principalmente, con los duendes, las ninfas, los curiquingues, los diablos humas o cucos, que son los que han inspirado toda su obra.

El maestro se casó con Emma María Ortega, quien falleció en 2011. Se conocieron desde pequeños, porque vivían en el mismo barrio. Aunque los padres de Ortega se opusieron, se casaron cuando ambos tenían 24 años en Quito. La pareja formó un hogar con cuatro hijos y se mantuvieron bajo un estilo de vida modesto, en un pequeño departamento que fue ampliándose junto a la fama del maestro. Después de seis años de enviudar, el maestro volvió a contraer matrimonio con una de sus alumnas, a quien cariñosamente se refiere como su hada.

Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [fecha de acceso: ].

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