Alida Valli

(Alida Maria Altenburger; Pula, 1921) Actriz de cine italiana de origen croata. Nació en el seno de una familia de origen austríaco afincada en la antigua Yugoslavia. Desde muy joven mostró su interés por el mundo de la interpretación. Estudió en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, del que salió para convertirse en uno de los rostros más populares del cine italiano de preguerra. La comedia y el drama dominaron su carrera en los años treinta y primeros años cuarenta del siglo XX.

No obstante, a lo largo de los años cuarenta ofreció algunos de sus más interesante trabajos en películas como Tiempos pasados (1940), de Mario Soldati, quien dirigió de nuevo a Alida en Eugenia Grandet (1946) y La mano del extranjero (1952). También fue bien aprovechada en historias románticas como A las nueve, lección de química (1941), Cadenas invisibles (1942), Esta noche no hay nada nuevo (1942) o La vida vuelve a empezar (1945), todas ellas del veterano Mario Mattoli.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el cine neorrealista no ofreció alternativas a Alida, quien trabajó con Carmine Gallone en varias películas y se implicó en otros tantos proyectos internacionales de gran importancia y proyección personal. Fue lanzada en el mercado estadounidense por el productor David O. Selznick como uno de los descubrimientos más importantes -comparable al de Greta Garbo-, momento en el que Alfred Hitchcock le dio el papel de Magdalena Anna Paradine en la película El proceso Paradine (1947), con Gregory Peck como protagonista. Su siguiente paso fue El tercer hombre (1949), una producción británica de Carol Reed, en el memorable papel de la actriz Anna Smith, al lado de Joseph Cotten. Estos dos trabajos consagraron a la actriz cuyo nombre figuró simplemente como Valli en los carteles que se imprimieron.

Aunque no abandonó Hollywood, en Europa su trabajo fue constante a lo largo de los años cincuenta. En este sentido destacó especialmente el papel de la condesa Livia Serpieri en Senso (1954), de Luchino Visconti, un excepcional trabajo en el marco de un entorno decadente y manteniendo un pulso interpretativo con Farley Granger (como el Teniente Franz Mahler).

Volvió a demostrar su buen hacer en El grito (1957), de Michelangelo Antonioni, en una historia muy diferente -tanto en su fondo como en su forma- a lo que había interpretado hasta la fecha. Fue un buen momento que le permitió conectar más fácilmente años después con el nuevo cine italiano de Pier Paolo Pasolini (Edipo, el hijo de la fortuna, de 1967) o de Bernardo Bertolucci (La estrategia de la araña, de 1970; y 1900, de 1975, entre otras).

A lo largo de su trayectoria no evitó intervenir en todo tipo de coproducciones. Por eso desde los años cincuenta aprovechó papeles de desigual fortuna en El tirano de Toledo (1952), de Henri Decoin y Fernando Palacios; Prisionero del mar (1957), de Gillo Pontecorvo; o El puente de Cassandra (1976), de George Pan Cosmatos, entre otras, para dejarse ver en las pantallas europeas. Fueron años en los que desarrolló una intensa carrera teatral de gran nivel.