James Wolfensohn

(Sydney, 1933) Financiero australiano nacionalizado estadounidense. James Wolfensohn nació en Sydney (Australia) el 1 de diciembre de 1933, en el seno de una familia de clase media de origen judío.

Aunque siempre estuvo vinculado a su país natal, en el que se desarrolló su infancia, cursó el bachillerato y se licenció en derecho por la Universidad de Sydney, pronto decidió trasladarse a Estados Unidos para ampliar una formación que desde ese momento discurriría por una vertiente marcadamente económica.


James Wolfensohn

Antes de dar el salto, Wolfensohn se enroló en el ejército, en el que llegó a ser oficial de la Royal Australian Air Force (Fuerza Aérea de Australia). En esta época llegó a ser miembro del equipo olímpico australiano de esgrima (1956), aunque no consiguió cosechar éxito alguno en este campo.

Trayectoria en el mundo financiero

Nacionalizado estadounidense, Wolfensohn amplió su formación, tras graduarse en la Escuela de Negocios de Harvard, con un máster en administración de empresas. Ése sería uno de los pilares en los que se sustentaría su carrera profesional, en la que también prestó sus servicios como abogado en varios despachos profesionales.

Su dilatada carrera en el mundo de la banca y las finanzas comenzó de la mano de la Corporación Financiera Henry Schroeders, cuyas oficinas en Nueva York presidiría, lo que se convirtió en su pasaporte para las oficinas de Londres, donde llegó a ser director gerente de Schroeder Ltd. Tras unos años en la capital británica, quiso volver a Nueva York y lo consiguió, pero como consejero delegado de otra importante financiera, Salomon Brothers. Fue un período en el que también formó parte de los consejos de administración de CBS y de Continental Grain, además de asesorar a otras muchas empresas del panorama socioeconómico estadounidense y a algunas de su Sydney natal.

Tras reunir todos esos mimbres, optó por crear su propio cesto, y con esa intención constituyó el fondo de inversión James D. Wolfensohn Inc., que inauguró en 1981. Aunque nunca llegó a despuntar ni a convertirse en un referente del difícil sector en el que Wolfensohn decidió desembarcar, lo cierto es que le acercó a los exclusivos círculos de poder político y económico, entre los que terminó por convertirse en una destacada personalidad. Fueron catorce intensos años los que transcurrieron hasta que el entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, se fijó en él para que presidiera el Banco Mundial.

La presidencia del Banco Mundial

El 11 de marzo de 1995 Clinton anunció el nombramiento de James Wolfensohn como presidente del Banco Mundial en sustitución de Lewis Preston, enfermo de cáncer. En junio de ese mismo año, Wolfensohn tomó posesión del cargo con el compromiso de flexibilizar y hacer más dinámica una institución internacional a la que pertenecían más de 180 países.

Desde ese mismo momento, comenzó a marcar su impronta en un organismo que, según la definición que recogen sus estatutos, se encarga de «combatir la pobreza para obtener resultados duraderos y ayudar a la gente a ayudarse a sí misma y al medio ambiente que la rodea, suministrando recursos, entregando conocimientos, creando capacidad y forjando asociaciones en los sectores público y privado».

De la peculiaridad de su talante dan idea sus declaraciones en las que no tuvo ningún reparo en reconocer el daño medioambiental causado por uno de los proyectos del banco en la selva amazónica, una confesión insólita por proceder del máximo responsable del Banco Mundial realizada cuando apenas llevaba cuatro meses en el cargo.

Los nuevos aires con los que llegó a la institución, con sede en Washington, se tradujeron en un amplio programa de reformas. Además de reducir la plantilla y descentralizar la gestión del banco, comenzó a seleccionar mejor los proyectos a financiar mediante un consejo de inspección externo con el que vigilaba las inversiones, y consiguió que el capital privado se dirigiera a los países pobres que no tenían acceso a los mercados financieros.

Su contribución a la mejora y renovación del funcionamiento del Banco Mundial se puso de manifiesto a través de decisiones como la que adoptó en 1996 al proponer una reducción de la deuda externa de los países más pobres. A iniciativa de Wolfensohn, esta institución renunció aproximadamente a un 7% de los fondos que había prestado, que representaban unos 2.000 millones de dólares.

Por el contrario, no dudó en criticar con dureza la situación económica que atravesaba Latinoamérica. También se mostró muy crítico con el proyecto de oficializar el dólar estadounidense en las economías de la región, al entender que «no se ganaría mucho con un cambio en las monedas nacionales sin un cambio de las reglas que rigen la economía de cada país».

Una férrea gestión

Atemperar la pobreza de los países en vías de desarrollo ha sido una de sus principales preocupaciones en el ejercicio de su cargo y más cuando, según un estudio que el propio Wolfensohn encargó a un equipo del Banco Mundial, si se toma la pobreza en términos de cuánta gente tiene ingresos de un dólar o menos por día, en el mundo hay cerca de 1.700 millones de personas pobres, el doble que en 1974. Sin embargo, siempre ha sido consciente de que es imposible que esta situación se pueda «curar con dinero». «Antes hay que atacar la corrupción; es el tema número uno de nuestra agenda», sostiene.

Su férrea gestión ha cosechado importantes éxitos y en alguna ocasión no ha dudado en enfrentarse, incluso, con el gobierno de Estados Unidos. En concreto, con el secretario del Tesoro estadounidense, John Snow, quien intentó presionar al Banco Mundial para que enviara a un grupo de expertos a Iraq con el objetivo de realizar una valoración técnica de la infraestructura económica y social que quedaba en el país tras la invasión anglo-estadounidense de 2003. Wolfensohn se opuso al no contar con el beneplácito de la ONU.

«He dejado una vida muy cómoda y de éxito por un trabajo duro y agotador que, sin embargo, creo que me da la oportunidad de cambiar algo el mundo», reconoció pocos meses después de tomar posesión de la presidencia del Banco Mundial. Y es que Wolfensohn ha dedicado buena parte de su tiempo y empeño a tratar de mejorar las condiciones de vida de los habitantes de los países más pobres.

Así, ha visitado más de un centenar de países para conocer in situ los problemas que atraviesan sus poblaciones. En estos viajes, aprovecha para entrar en contacto con organizaciones no gubernamentales, medios de comunicación, grupos religiosos, de feministas, de estudiantes y de docentes, para tener una visión completa de la realidad social y tener más elementos de juicio a la hora de proponer las medidas para relanzar la situación económica.

Por su trabajo voluntario, se hizo acreedor del primer Premio David Rockefeller, entregado por el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Nombrado caballero honorario por la reina Isabel II de Inglaterra, ha recibido reconocimientos oficiales en numerosos países. Su compromiso social le llevó, además, a convertirse en presidente de la Federación Internacional de Esclerosis Múltiple.

Casado y padre de tres hijos, Wolfensohn es un apasionado del violonchelo; es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y miembro emérito del Carnegie Hall, al que se unió como socio en 1970 y en el que once años más tarde -tras una restauración a la que el propio Wolfensohn contribuyó económicamente- dio un recital de ese instrumento. También es miembro de la Sociedad Filosófica de Estados Unidos, además de máximo exponente del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton y miembro de su Consejo de Relaciones Exteriores.