Galileo Galilei

Carta a la señora Cristina de Lorena

Escrita por Galileo en 1615, un año antes de ser llamado a Roma por la Inquisición, la célebre Carta a la señora Cristina de Lorena, gran duquesa de Toscana fue publicada impresa en Alemania en 1636 por Matías Bernegger, después de haber circulado manuscrita durante muchos años. En esta carta Galileo repite, ampliándolos, los argumentos con que defendió el sistema de Copérnico de las acusaciones teológicas que se le hacían, argumentos que había ya expuesto más brevemente en una carta a don Benedetto Castelli (1613) y en las dos cartas a Monseñor Piero Dini (1615).

El texto es una vibrante y enérgica afirmación de la independencia de las investigaciones científicas fundadas en el razonamiento y en el buen sentido respecto a cualquier autoridad teológica y revelación religiosa. Aferrados por inercia al sistema ptolemaico (geocéntrico) que no saben defender con razones científicas, ciertos hombres de ciencia ignorantes e ineptos, según Galileo, intentan hacer valer contra el sistema heliocéntrico de Copérnico el pretendido testimonio de pasajes de las Sagradas Escrituras (en particular, un pasaje del libro de Josué) que parecen contradecirlo, sin tomar en consideración las observaciones astronómicas y los cálculos matemáticos que han probado de forma evidente la validez y superioridad del sistema copernicano.


Cristina de Lorena (detalle de un retrato de Tiberio Titi, c. 1603)

Después de observar que el libro de Copérnico (Sobre las revoluciones de los orbes celestes, 1543) había sido dedicado a un Papa (Paulo III) y aprobado por teólogos católicos, y que la oposición teológica no surgió hasta el momento en que el progreso de la ciencia astronómica vino a confirmar su teoría, Galileo presenta su observación fundamental, la más importante y esencial desde el punto de vista filosófico.

Para Galileo, hay nociones que "superan todo discurso humano", o sea, que trascienden la posibilidad de conocimiento empírico y racional: para tales nociones es necesaria la revelación y la autoridad divina, y son principios "de fe"; pero es inadmisible que en las ideas relativas a la naturaleza, accesible a nuestros sentidos y a nuestros razonamientos, Dios nos dé, directamente, conocimientos que podemos alcanzar por nuestras propias fuerzas mediante "conclusiones naturales", las cuales "son expuestas ante nuestros ojos y nuestra inteligencia por las experiencias sensatas o por las necesarias demostraciones".

Galileo pasa luego a demostrar, con citas de los Santos Padres y particularmente de San Agustín, que éstos creían que no se podían interpretar los pasajes de la Escritura de una manera contraria a las doctrinas científicas comprobadas; por lo demás, los Santos Padres daban distintas interpretaciones al pasaje de Josué. De hecho, según explica y razona Galileo, el pasaje tomado al pie de la letra sería inconciliable incluso con el sistema de Ptolomeo, ya si en dicho sistema se detuviese el Sol, la duración del día no resultaría prolongada, sino acortada.

Esta carta, cuyos argumentos no evitarían a su autor la primera condena (pronunciada por el Santo Oficio en febrero de 1616), constituye un documento fundamental de una de las primeras grandes batallas libradas por conciliar el saber científico y filosófico con la Biblia, la teología y la autoridad eclesiástica; en su buena fe, Galileo no comprendió que, en la doctrina copernicana, el Santo Oficio no condenaba una determinada teoría científica, sino precisamente esta autonomía del saber filosófico y científico.

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