Galileo Galilei

El mensajero sideral

Publicado en Venecia en 1610, El mensajero sideral es un breve tratado del célebre científico italiano Galileo Galilei cuyo título original, Sidereus Nuncius, ha sido traducido de diversas maneras: El mensajero de las estrellas, El mensajero de los astros, El mensaje sideral, El nuncio sidéreo o El nuncio sideral. La obra, dedicada a Cosme II de Médicis, gran duque de Toscana, describe los inesperados descubrimientos que efectuó Galileo al emplear por primera vez un telescopio (construido y perfeccionado por él mismo) para la observación del firmamento.


Galileo Galilei

Divulgado rápidamente en Toscana, el libro atrajo pronto la atención general, y Galileo hizo llegar uno de los primeros ejemplares (por medio de Juliano de Médicis, embajador toscano junto al emperador) a Kepler, manifestándole al propio tiempo su deseo de que lo estudiase. Kepler escribió pocos días después su Dissertatio cum Nuncio Sidereo, impresa en Praga en el mismo año que el tratado de Galileo.

Comienza Galileo contando que en Bélgica se había construido un anteojo con el que las cosas lejanas podían verse muy de cerca; en la invención del telescopio, en efecto, Galileo había sido precedido por otros, y no hizo más que contribuir al perfeccionamiento del instrumento. Pero el insigne astrónomo italiano tuvo la idea de emplearlo en las observaciones celestes, y sus descubrimientos cambiarían para siempre la imagen que se tenía del universo.

Gracias al telescopio, descubrió que la luna no es perfectamente lisa y esférica como se creía, sino que su superficie está cubierta de montañas, valles y cráteres. Galileo explica cómo sus montañas reciben la luz del sol, y calcula la altura de las más altas; interpreta que las grandes manchas oscuras son debidas a la presencia de agua, como en los mares de la Tierra, y advierte la falta de nubes.

También observó Galileo un gran número de estrellas demasiado débiles para verse a simple vista; en la constelación de las Pléyades registra treinta y seis estrellas, en tanto que a simple vista se ven solamente seis. Establece asimismo la posición y forma de las nebulosas de Orión y del Pesebre y descubre que las regiones nebulosas de la Vía Láctea se componen de innumerables estrellas.


Primera edición de El mensajero sideral (1610)

Pero el descubrimiento mayor y el más sensacional de que da noticia en El mensajero sideral es el de los satélites de Júpiter, a los que llamó planetas Mediceos, en honor y homenaje de sus protectores. El 7 de enero de 1610, observando a Júpiter con su anteojo, Galileo lo vio circundado de tres pequeñas estrellas; al día siguiente estas estrellas habían cambiado de posición en relación con Júpiter, pero no en el sentido en que se habría verificado el movimiento si aquellos astros hubiesen sido estrellas fijas. Extrañado por este hecho, Galileo continuó asiduamente las observaciones, y dos noches después confirmó que aquellos cuerpos se movían por su cuenta. Después del 13 de enero, en que descubrió una cuarta "estrella", pudo comprobar que los cuatro nuevos astros eran satélites animados de movimientos de revolución en torno de Júpiter, que debía de ocupar el centro del sistema.

En El mensajero sideral, Galileo da cuenta ordenadamente de todas las configuraciones de este sistema que observó noche tras noche hasta el 2 de marzo de aquel año y, mientras promete determinar en el futuro los tiempos de sus revoluciones, termina su escrito afirmando que los planetas Mediceos tienen las mismas características respecto a Júpiter que la Luna respecto a la Tierra.

El descubrimiento de los satélites de Júpiter fue particularmente importante porque era una prueba de la falsedad de la doctrina de que la Tierra era el centro de todos movimientos, y suministraba nuevos elementos para demostrar la validez del sistema de Copérnico. El mensajero sideral, que despertó la admiración de sabios como Kepler, suscitó por otra parte una oposición manifestada en numerosos escritos polémicos. Desde aquel momento, la lucha entre el modelo geocéntrico del universo y la moderna concepción heliocentrista entró en su fase más viva, llegando a su punto culminante en el proceso incoado a Galileo a raíz de la aparición del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632).

Al navegar por este sitio, aceptas el uso de cookies y los anuncios personalizados Entendido Más información