El cuervo y otros poemas

Publicado en 1845, El cuervo y otros poemas es el último de los poemarios del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. El libro se inicia con la pieza que da título al volumen y que tal vez es la más famosa de sus composiciones: "El cuervo". En una lúgubre noche de diciembre, mientras consulta libros de antigua sabiduría, intentando aliviar un poco su dolor por la muerte de Lenore, el poeta oye de repente una ligera llamada a la puerta. Venciendo su terror, abre de par en par, pero tras la puerta no hay más que las tinieblas, en las que él se queda escrutando y "soñando sueños que nunca mortales se atrevieron antes a soñar". Vuelve a su habitación, pero pronto oye de nuevo la llamada; abre entonces la ventana y he aquí que entra el majestuoso cuervo, que va a encaramarse sobre el busto de Minerva colocado sobre la puerta.

El poeta le pregunta cuál es su nombre, y grande es su estupor al oírle contestar con acento humano: "¡Nunca más!" Y "nunca más" continúa contestando el cuervo inmóvil y solemne, con lúgubre insistencia, a las preguntas del poeta, que se hacen cada vez más angustiosas: "nunca más" ángeles enviados por Dios entre los perfumes de un invisible incensario traerán alivio y olvido a su dolor; "nunca más" podrá volver a abrazar en el misterioso mundo del más allá a su amada; "nunca más" el diabólico pájaro regresará a su nocturno reino de horror; permanecerá inmóvil sobre el pálido busto de Minerva, con sus ojos de demonio soñador, y "nunca más" el alma del poeta volverá a levantarse, librándose de su sombra fatal.


Ilustración de Gustave Doré de El cuervo

En uno de sus escritos sobre teoría literaria, La filosofía de la composición (1846), Edgar Allan Poe describió minuciosamente de qué manera compuso este poema, insistiendo sobre el hecho de que "ningún punto de su trabajo tiene que ser referido a la casualidad o a la intuición". Todo lo contrario: "la obra avanzó lentamente hacia su cumplimiento con la precisión y la rígida coherencia de un problema de matemáticas". La búsqueda de efectos de puro virtuosismo es evidente en el lúgubre resonar del "nunca más" ("never more") y en el rebuscado contraste entre el negro de las plumas del cuervo y el marmóreo candor del busto de Minerva, así como en la original combinación en la estrofa de versos trocaicos de siete y ocho sílabas. Toda la poesía está animada por una corriente subterránea de significaciones que, indefinidas en un principio, se aclaran en los últimos versos, donde vemos en el cuervo el símbolo de un "lúgubre e inmortal recuerdo".

"El cuervo" fascina por el poder sugestivo de su atmósfera y de su ritmo; pero, por su mismo virtuosismo a veces ligeramente escenográfico, puede parecer incluso inferior a otros cantos de más sencilla y pura inspiración que contiene el libro, como, por ejemplo, "A una en el Paraíso" ("To one in Paradise"), invocación llena de sencilla ternura que el poeta dirige a su amada, que la muerte le había arrebatado. Ella lo era todo para él, una isla verde en medio del mar, una fuente, un santuario engalanado de flores y de frutas, y todas aquellas flores eran suyas. Pero era un sueño demasiado luminoso para que pudiera durar, era una esperanza divina que surgió sólo para ser oscurecida fatalmente. Ahora en vano una voz le dice que mire al futuro, delante de sí; su espíritu sigue deteniéndose en el profundo abismo del pasado.

Según el parecer de algunos, Poe quiso expresar en este poema el contraste entre la felicidad de los difuntos y la miserable vida humana; mucho más probablemente se trata tan sólo de un sencillo canto de amor y de dolor, inspirado (como "Annabel Lee", otro de sus más célebres poemas) en una humana y personal experiencia, en la que todo elemento simbólico, si es que existe, se disuelve por completo en lo concreto de la poesía.


Edgar Allan Poe

La intención alegórica es evidente, en cambio, en "El palacio encantado" ("The haunted Palace"): en un verde valle, habitado por ángeles buenos, se levantaba un día un radiante palacio en el dominio del monarca Pensamiento. Alegres banderas ondeaban en el techo, suaves perfumes flotaban en el aire, y los peregrinos que pasaban por aquel valle veían, a través de dos luminosas ventanas, espíritus que danzaban con aires musicales, al son de un laúd, alrededor del trono del glorioso rey. De perlas y rubíes eran las puertas del palacio, de las que se derramaban continuamente ecos armoniosos cantando la sabiduría del rey.

Pero seres malvados, con trajes de dolor, asaltaron un día el palacio y destruyeron toda la gloria y la alegría; y ahora los viandantes ven, a través de las ventanas iluminadas de luz rojiza, grandes figuras que danzan con ritmos fantásticos al compás de una música discorde, mientras que, a través de la pálida puerta, sale una horda horrorosa que ya no sabe sonreír. Es imposible no vislumbrar aquí la historia del alma humana, provista de maravillosas facultades espirituales que una enfermedad misteriosa oscurece y echa a perder; pero los términos de la alegoría están traducidos en imágenes musicalmente perfectas. Además de publicarlo en este libro y por separado, Poe puso este poema en boca del protagonista de uno de sus mejores relatos, La caída de la casa Usher, como ilustración de que el aristócrata era consciente de que "su encumbrada razón vacilaba sobre su trono", a punto de despeñarse en la locura.

También se halla dominado por el tono simbólico "El gusano victorioso" ("The conqueror Worm"), descripción de un espectáculo en que los ángeles, envueltos en velos y sumergidos en el llanto, asisten a una representación en la que actúan miedos y esperanzas, mientras la orquesta toca de vez en cuando la música de las esferas. En la escena, actores hechos a semejanza de Dios murmuran, balbucean, se mueven inciertos, desaparecen a las órdenes de grandes seres deformes (símbolos del amor, del odio, del terror) que cambian las escenas y hacen llover de sus alas un invisible dolor. Es un espectáculo de locura, de pecado, y el horror es el alma del drama.

De repente se introduce arrastrándose por entre los actores una forma, roja de sangre, que se come a éstos, devorándolos con lentitud, haciéndolos sufrir largamente. Se apagan las luces, cae el fúnebre telón, y los ángeles se levantan y proclaman, abriendo sus velos, que aquélla es la tragedia del hombre, y su héroe, el gusano victorioso. El sentido de la muerte no se aplaca aquí, como en otras composiciones, en la contemplación de la hermosura, sino que se exaspera en una visión de macabro horror. "El gusano victorioso" pertenece, en la obra de Poe, al período en que su morboso paroxismo encuentra expresión en algunas de sus más obsesionantes narraciones.

Al navegar por este sitio, aceptas el uso de cookies y los anuncios personalizados Entendido Más información