Historias de cronopios y de famas

Pese a tratarse de una de las menos ambiciosas, esta obra del escritor argentino Julio Cortázar ha quedado entre las más logradas del autor. Publicada en 1962, precede en un solo año a la aparición de Rayuela, la novela maestra cortazariana.

En realidad, los cronopios, los famas y las luego casi olvidadas esperanzas únicamente hacen acto de presencia en la parte final de un volumen, que por muy poco excede las ciento cincuenta páginas. Julio Cortázar organizó los textos que componen este libro, en su mayoría muy breves, en cuatro secciones: Manual de instrucciones, Ocupaciones raras, Material plástico y la que da título a la obra: Historias de cronopios y de famas.

Más que una recopilación de relatos, el libro es, en conjunto, un originalísimo retablo de emblemas, apuntes, estampas y viñetas, bajo el signo del más lúdico surrealismo y de un lenguaje antiliterario y cuidadosamente desenfadado. Aquí el sentimiento trágico de Kafka cede al absurdo grotesco de Ionesco. La forma expresiva, con su habitual "staccato" de breves metáforas, no es ajena a las greguerías de Gómez de la Serna.


Julio Cortázar

El Manual de instrucciones subvierte cualquier expectativa al no dar indicación práctica alguna; las primeras, por ejemplo, son unas "Instrucciones para llorar". En las "Instrucciones-ejemplares sobre la forma de tener miedo" se asegura que en un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco. Si el lector acierta a abrirla a las tres en punto de la tarde, muere. En "Instrucciones para entender tres pinturas famosas" se aconseja ir a Roma y apoyar la diestra en el corazón de Enrique VIII, pintado por Holbein. En seguida, sentiremos en la palma la génesis y el latido del mar.

La misma extrañeza y alegórica expresividad se halla en los textos de Ocupaciones raras y Material plástico. Por ejemplo, en "Pérdida y recuperación del pelo" (perteneciente a Ocupaciones raras), se ofrece toda una didáctica para la pérdida y rescate de un cabello: lo mejor es arrancarlo de la coronilla, hacerle un nudo en medio y soltarlo por el desagüe del lavabo. Puestos a recobrarlo, hay que desmontar el sifón, el tramo que lo lleva al desagüe mayor y las diversas conducciones del alcantarillado. Si es preciso se alcanzará aquella "reunión tormentosa de los detritus en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda".

Pero el mayor logro del libro se contiene en Historias de cronopios y de famas, su cuarta parte, con la invención de los personajes que designa el título. Los cronopios y los famas son arquetipos irónicos que de inmediato popularizó el habla porteña. Los famas atesoran la prudencia de la burguesía, el temor al ridículo y el racionalismo cartesiano. Los cronopios salieron paradójicos, irresponsables, irónicos e inclinados a tomarse la vida como un juego insensato. Entre los famas y los cronopios vegetan las esperanzas, consumidas por sus sueños.

Casi huelga añadir que la esencia de todos ellos viene sartrianamente determinada por su conducta. Así, por ejemplo, los famas embalsaman sus recuerdos, los arropan con una sábana negra y los apoyan contra el muro de la sala de estar. De cada una de aquellas momias pende un cartelito correspondiente que reza: "Excursión a Quilmes" o "Frank Sinatra". En cambio, los cronopios sueltan las memorias por la casa. Libres, los recuerdos de los cronopios corren a placer y arman tanta algazara y tanto estrépito de portazos que todos los vecinos protestan. Como lo hizo Ramón Gómez de la Serna con las greguerías, Julio Cortázar pudo haber prolongado interminablemente sus Historias de cronopios y de famas. Su acierto fue reducirlas a un escueto y jocoso muestrario, sin tiempo ni espacio para reiterarse.