Idilios

Estas treinta composiciones del poeta griego Teócrito, en su mayor parte en hexámetros, son uno de los productos más típicos y más conocidos de la poesía alejandrina. El título colectivo de Idilios, que aquí significa pequeñas composiciones poéticas, indica ya en la brevedad y la ligereza uno de los elementos característicos de esta inspiración. Al mundo heroico y trágico de la poesía clásica le sucede un pequeño mundo burgués o campesino, visto en su realidad cotidiana con minucioso realismo y al mismo tiempo con gran refinamiento literario.

Cuando hoy se habla de Teócrito se piensa ante todo en el campo, en los bosques, en los amores y canciones pastoriles. A crear esta imagen convencional ha contribuido notablemente la imitación de Teócrito que hizo Virgilio en las Églogas, que es predominantemente bucólica; pero la observación de Teócrito no termina en los cuadros agrestes, sino que encuentra en la pintura de la vida de la ciudad algunos de sus momentos más felices.


Teócrito

En el Idilio XV ("Las siracusanas"), por ejemplo, se escenifica la visita a Alejandría de dos burguesitas, con la reproducción fiel de los chismorreos femeninos, primero en casa y luego por las calles llenas de gente de la metrópoli, a través de las cuales las mujeres se dirigen al palacio real con objeto de asistir a las fiestas de Adonis. Mimos urbanos son asimismo el Idilio II ("Las hechiceras") y el XIV ("El amor de Cinisca"). El primero describe los encantos puestos en obra por Simeta para inducir al joven Delfides a volver a su amor, y fue imitado por Virgilio en la octava égloga; el segundo es una disputa, llena de eficaz realismo, entre un enamorado sentimental y un amigo burlón.

Son bucólicos los idilios I, en el que un cabrero canta el epicedio del numen de los pastores, Dafnis; el III, serenata de un pastor a su bella; el IV, escenita entre dos pastores que hablan de todo un poco; el V, concurso poético entre dos pastores. En el VI, Dafnis y Dametas, mientras guardan sus ovejas, cantan a porfía los amores de Polifemo y Galatea. El VIII es un concurso poético entre dos pastores, que cantan escenas pastoriles y amores presentidos más que realmente vividos; el IX es otro concurso de poesía entre pastores. En el X, graciosa justa entre segadores, están vivamente caracterizados por un lado un enamorado sentimental y por otro un tipo burlón e irónico. En el XX, un joven labrador se lamenta de la negativa de que ha sido objeto por parte de una muchacha de la ciudad. El XXI es un diálogo entre dos pescadores; y el XXVII, un coloquio de amor entre un pastor y una pastora.

En la poesía de Teócrito, la ciudad y el campo son dos aspectos complementarios. La época alejandrina conoció el fenómeno del urbanismo; la ciudad fue sentida por primera vez como un mundo en sí, y fue sufrida en sus aspectos mezquinos y sofocantes. De modo que puede decirse que es entonces cuando nace el sentimiento de la naturaleza como nostalgia y sueño de una vida más sencilla, más pura y más feliz. Aquí reside también la sinceridad de la inspiración del poeta dentro del amaneramiento de ciertas descripciones: el amor al campo, y especialmente al campo siciliano ligado a sus recuerdos juveniles, es sincero y corresponde a un dato evidente del carácter de Teócrito, inclinado a la vida sencilla y quieta y más aficionado a buscar sus placeres en las cosas pequeñas que en las grandes. La frescura de muchas escenas agrestes ricas en notaciones visuales, sonoras y olfativas, el gusto por los detalles realistas y la vivacidad de algunas figuritas humanas constituyen las dotes positivas de Teócrito como artista.

Pero junto a este lado bueno hay que dejar un lugar considerable al Teócrito literato, experto en la técnica poética alejandrina, con sus exquisiteces formales y su erudición mitológica y arqueológica. Ya en algunos de los idilios citados el barniz literario vela la espontaneidad de la inspiración, y a menudo sus pastores nos parecen demasiado refinados. En un grupo de idilios estas tendencias literarias se manifiestan más claramente: son los llamados epilios, o sea poemas épicos en miniatura: el XIII ("Hilas", adolescente amado por Heracles), el XVIII ("Epitalamio de Elena"), el XXII ("Los Dioscuros"), el XXIV ("Hércules niño", que ahoga a las serpientes) y el XXV ("Hércules dando muerte al león de Nemea"). Aparte puede considerarse el XXVI, evocación del mito de Penteo, de incierta interpretación en cuanto al objeto para que fue compuesto.

Un último grupo de poemas puede formarse con los juegos literarios o los recuerdos personales, como el VII ("Las Talisias"), que evoca un día de campo entre amigos, con alusión a sus respectivos amores; el XI ("El cíclope"), en el cual, para consolar a su amigo Nicias, médico enfermo de amor, se recuerda la virtud del canto, con el ejemplo de Polifemo convertido en poeta por amor de Galatea, y el XXVIII ("La rueca"), que acompaña con versos el regalo de una rueca a la esposa del mismo Nicias.

Hay también algunos poemas amorosos, como el XII, el XIX, el XXIII, el XXIX, el XXX (los dos últimos, como el XXVIII, en dialecto eólico y en metros líricos), inspirados particularmente en la "musa puerilis" y no muy distintos del resto de la poesía erótica helenística. Finalmente, los idilios XVI y XVII son poemas encomiásticos, el uno en honor de Hierón de Siracusa, y el otro en honor de Tolomeo II Filadelfo, escritos para solicitar el apoyo de estos dos príncipes según la costumbre cortesana de los poetas de la época, a la cual ni siquiera Teócrito se sustrae.

Conviene por último notar que la paternidad de Teócrito no es segura para todas las composiciones, en realidad bastante distintas en carácter y valor, que constituyen la recopilación transmitida hasta nosotros bajo el nombre del poeta siracusano; pero la cuestión de la autenticidad es demasiado incierta y complicada para poder ser afrontada sin entrar en minuciosas discusiones filológicas.

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