Leyendas

Con el título genérico de Leyendas se publicó póstumamente, en 1871, una colección de narraciones legendarias breves del poeta español Gustavo Adolfo Bécquer. Con una de las mejores prosas del siglo XIX español, el sentimiento y la visión romántica logran en las Leyendas becquerianas un nuevo ritmo expresivo; los relatos se afinan, se vuelcan hacia lo subjetivo, situándose mucho más cerca del mundo legendario nórdico que de Zorrilla o el Duque de Rivas. Algunas veces el autor, al colocar la narración en boca de un personaje e imitar su habla familiar, consigue, mediante este recurso naturalista, sorprendentes efectos; tal es el caso del alud de palabras de la beata en Maese Pérez el organista.

De las dieciocho leyendas, una, Tres fechas, se desarrolla en época contemporánea al autor, y otra, El beso, narra el castigo a la profanación de una estatua durante la guerra de la Independencia; sin embargo, el marco de ambas, calles e iglesias de Toledo, es medieval.

Otras dos se desenvuelven en el lejano y exótico mundo hindú. En la primera, La Creación, la única en que predomina la sonrisa irónica, se presenta a Brahma, eternamente aburrido y fastidiado, buscando una distracción en la creación; entre los seres creados están los gandharvas, chiquillos traviesos e incorregibles, que un día logran entrar en el laboratorio del gran dios, donde mezclan y confunden todos los productos allí encerrados, dando así origen a un mundo raquítico, oscuro, ligeramente achatado por los polos; Brahma, indignado, está a punto de destruirlo, pero prefiere entregarlo a los gandharvas para que jueguen con él. En la segunda, El caudillo de las manos rojas, Bécquer narra, en una prosa que imita la manera oriental, el angustioso peregrinaje del príncipe Pulo-Dheli, que por el amor de Siannah mató a su hermano, esposo de ésta.


Bécquer en el Monasterio de Veruela
(dibujo de su hermano Valeriano)

Paisaje, misterio, superstición y amor por una mujer inalcanzable se unen en tres de las leyendas más logradas. En Los ojos verdes, un joven noble, desafiando los consejos de su montero, se hunde en las aguas de una laguna, arrastrado por el encanto de unos ojos de mujer que le ofrecen un amor eterno. En La corza blanca, Garcés, montero de Don Dionís, se ha enamorado de su hija Constanza, y se propone cazar una misteriosa corza blanca para regalársela. Mientras espera su presa, se duerme; despertado por una canción, Garcés ve a las ciervas en tropel capitaneadas por la corza blanca que se dirigen hacia el río. Allí, ante sus atónitos ojos, a la luz de la luna inmóvil, unas bellísimas mujeres desnudas juguetean en el agua y, al ser descubiertas, se transforman en ciervos. El joven arroja su saeta a la corza blanca, y aparece Constanza mortalmente herida, revolcándose en su propia sangre. En El rayo de luna, leyenda llena de contrastes de sombra y luz, el protagonista, enamorado de la soledad de tal forma "que algunas veces había deseado no tener sombra", descubre una mujer misteriosa; la persigue y corre tras ella en vano, sin lograr alcanzarla; al final descubre que se trataba de un rayo de luna.

La locura como castigo aparece en el relato La ajorca de oro: una muchacha caprichosa exige a su enamorado la joya que brilla en el brazo de la Virgen del Rosario, patrona de Toledo; al tratar de robarla, el sacrílego cae vencido a los pies del altar. Toledo es también marco de otras dos leyendas: El Cristo de la Calavera y La rosa de pasión. El Cristo de la Calavera es casi antirromántica; la intervención divina impide un duelo que va a desarrollarse ante un crucifijo; los dos combatientes acaban como amigos y olvidan a la dama motivo de la disputa. La rosa de pasión presenta un conflicto entre religiones: el amor conduce a una joven hebrea a ser sacrificada por su propio padre; una misteriosa flor con los atributos de la Pasión del Salvador crece en el lugar del martirio.

El mismo motivo del amor entre gentes de distinta religión, esta vez entre un guerrero cristiano y la hija de un alcaide moro, arrastra a los protagonistas de La cueva de la mora a un trágico desenlace; los cadáveres de los enamorados vagan aún por los alrededores de la cueva en que encontraron la muerte. La cruz del diablo narra las luchas entre un pueblo y su aborrecido señor, y a la muerte de éste con el demonio que anima su armadura, con la cual finalmente construyen una cruz maldita.

En Creed en Dios, el barón de Montagut, hombre incrédulo y de negros instintos, es llevado por un corcel hasta el trono del Señor. Devuelto a Montagut, el barón no encuentra su castillo, hallando en su lugar un convento; una leyenda cuenta que al último señor se lo llevó el diablo hace cien años. En La promesa, un conde ha de casarse con un cadáver para que cese un prodigio maravilloso: era imposible cubrir de tierra la mano de la muerta. El gnomo posee un sentido casi panteísta, con el diálogo entre el Viento y el Agua, y los diabólicos espíritus, dueños de las riquezas de la tierra.

Pero las más originales y conocidas leyendas son las referentes al mundo de los muertos. En Maese Pérez el organista, el ánima del ciego organista de Santa Inés vuelve a la tierra en la noche de Navidad para tocar el órgano del pequeño templo. En El Monte de las Ánimas, el joven que en la noche de Difuntos desafía la leyenda que rodea el antiguo convento de los Templarios es encontrado muerto el día siguiente.

El Miserere, por último, es quizá la leyenda de mayor fuerza, la más impresionante de la colección. El autor cuenta que encontró en un viejísimo cuaderno de música de una abadía la partitura inacabada de un Miserere; unas anotaciones en alemán al margen de las notas ponen una densa atmósfera de misterio: "Crujen, crujen los huesos y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos", "es la Humanidad que solloza y gime", "las notas son huesos cubiertos de carne". Un viejo le cuenta la historia de aquella música: es la transcripción musical del Miserere que cantaban pidiendo misericordia los cadáveres de unos monjes asesinados por unos bandoleros, muertos probablemente en pecado.

Bécquer se muestra en esta obra como consumado prosista; pero siempre, a través de las imágenes, de los encantos de la prosa, de los detalles que captan la atención del autor, del misterio que flota en el ambiente, de una mujer vaporosa que se confunde con un rayo de luna o se pierde en el fondo de una laguna perseguida por el héroe, se percibe al gran poeta de las Rimas.