La piel del tambor

Arturo Pérez-Reverte plantea la línea argumental de La piel del tambor (1995) sobre una intriga que capta rápidamente el interés del lector; sin embargo, este esquema sólo sirve para sustentar un rico bagaje de pensamientos y reflexiones que constituyen su valor más apreciable.

Al principio del libro se advierte: "Todo aquí es ficticio, excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla". Resulta difícil, en efecto, imaginar otro lugar donde el presidente de un banco despache cada día con su director general en la terraza de una cafetería. Pero en Sevilla, donde se suma a todo el potencial de la cultura mediterránea el haber sido, además, la puerta de entrada a Europa del Nuevo Mundo, ese episodio es creíble. Tal vez por ello el autor escoge este escenario para presentar una serie de mundos que discurren paralelos y que, al entrecruzarse, ponen al descubierto sus propias contradicciones.

Ante todo, y a pesar de la apariencia de una novela de misterio, la obra es una interesante reflexión sobre la fe y las distintas formas en que cada uno de los personajes la entiende y la necesita. Se trata de un análisis valiente y realista, que goza del privilegio de haber sido escrito en una época en la que el Santo Oficio no sólo ha cambiado su nombre, sino también sus métodos.

Un "hacker" o pirata informático logra introducirse en la compleja red del Vaticano y dejar un mensaje en el ordenador personal del Santo Padre. En él pide su apoyo para una iglesia de Sevilla, "amenazada por los mercaderes, que, abandonada a su suerte, mata para defenderse". Esta intromisión y su alarmante denuncia pone en alerta a los Servicios de Información del Vaticano, un Estado de tan sólo 40 hectáreas, aunque uno de los más poderosos de la Tierra, con una sutil y refinada diplomacia, capaz de salir victoriosa de los trances más comprometedores. Así podemos entrever la otra cara de la plaza de San Pedro, la realidad de la necesaria servidumbre de un Estado: la pléyade de funcionarios, la corte de los influyentes, las luchas de poder y los servicios secretos.

Lorenzo Quart, un jesuita de mediana edad, es destacado a Sevilla para informar de lo que está sucediendo y descubrir al pirata informático. Es una misión fácil para un hombre de su experiencia, para un hombre que ha hecho de la fidelidad una bandera, libremente elegida, y de la fortaleza su razón de ser. Como un buen soldado, la disciplina y el reglamento, en los que se ampara, suplen sus posibles dudas ante cada nueva batalla. Pero al ir contactando con los diversos actores del drama (que ya ha causado dos muertes) y sus distintas motivaciones, se va sintiendo, muy a su pesar, cada vez más implicado.


Roberto Enríquez interpretó a Lorenzo Quart en la serie
televisiva Quart (2007), basada en La piel del tambor

Nuestra Señora de las Lágrimas es una iglesia barroca, vieja, pequeña y ruinosa, que el Ayuntamiento quiere expropiar en beneficio de una operación inmobiliaria que promueve un banco y también, indirectamente, el arzobispado. Pero una familia de la aristocracia andaluza desempolva derechos seculares y antiguos privilegios que dificultan la operación. Existe una Sanción Papal que mantiene sus fueros mientras se diga misa cada jueves por el alma de Gaspar Bruner de Lebrija, que en el siglo XVII cedió los terrenos y patrocinó su construcción.

El párroco de la iglesia, don Príamo Ferro, resiste como en una barricada contra cualquier maniobra y cuenta con el apoyo de la duquesa del Nuevo Extremo y de su hija Macarena Bruner. En las filas del párroco figuran también una monja norteamericana, Gris Marsala, el arquitecto que se encarga, sin presupuesto, de la conservación y rehabilitación del edificio, y el vicario, un cura joven enviado por el arzobispo para minar la oposición del párroco y que ha acabado por pasarse al "enemigo".

En el bando opuesto maniobran el director general del Banco, marido de Macarena, de la que, aunque no oficialmente, vive separado; su asistente, un jugador perseguido por sus deudas; el alcalde y el propio arzobispo. El presidente del banco, debido a una especial amistad con la duquesa y su hija, asiste, sin tomar partido, al desarrollo de los acontecimientos. Y por fin están los pícaros, unos "malvados" entrañables, tres seres derrotados por el destino cuyas soledades el propio tiempo unió, "como corchos a la deriva", en una amistad sin fisuras, capaz de sobreponerse a todas las desgracias que les han sobrevenido y a las que les quedan por delante.

Lorenzo Quart no sólo no avanza en sus investigaciones, sino que su propia fortaleza se va resintiendo a medida que comprende la implicación que la vieja iglesia, por distintos motivos, tiene en la vida de las personas relacionadas con ella. Y cuando decide aceptar su derrota y marcharse, una nueva muerte, la de un periodista que encarna todos los vicios de su profesión, y que a diferencia de las anteriores no parece fortuita, le obliga a quedarse para encontrar y defender al párroco, desaparecido sospechosamente, y para decir misa el jueves por el alma de Gaspar Bruner y conservar así el fuero de la iglesia.

El padre Ferro, cerril, intransigente y contradictorio, pero capaz al mismo tiempo de dejar el pellejo por el último de sus feligreses, "vieja y parcheada piel del tambor sobre la que aún redobla la gloria de Dios", se confiesa culpable de la muerte, y aunque su confesión arroje dudas, sirve al menos para cerrar el caso. La iglesia se salva, pero sus defensores han quedado todos heridos. Unos van a la diáspora o al destierro y otros vuelven al vacío de sus vidas anteriores.

La identidad del pirata informático será finalmente desvelada. Lorenzo Quart recordará siempre las lágrimas de la Virgen, perlas de una historia de amor imposible entre Carlota Bruner y el capitán Manuel Xaloc, dos vidas que el destino quiso que se cruzaran un solo instante para hacerlos desgraciados el resto de sus días. Y desde la distancia recordará a Macarena, que un día se cruzó también en su camino y quebró la fortaleza del templario que creía ser.

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