Jennifer Capriati

(Nueva York, 1976) Tenista estadounidense, una de las grandes figuras del circuito profesional desde su precoz debut en 1990 hasta su definitiva retirada en 2004. Jennifer Marie Capriati nació el 29 de marzo de 1976 en Nueva York, aunque después residiría en la población de Wesley Chapel, en el estado de Florida. Creció en el seno de una acomodada familia, formada por Stefano Capriati, multimillonario de ascendencia italiana, su esposa Denise, de la que se divorciaría en 1995, y por el único hermano de Jennifer, Steve, el primogénito. Fue entrenada desde pequeña por su padre y por el técnico Karen Burnett, quien desde 2000 compartiría las funciones con el hermano de Jennifer, que se convirtió en el principal apoyo para ella en los momentos de crisis y ostracismo.


Jennifer Capriati

Una profesional de trece años

A los trece años ya no tenía rival en las categorías inferiores, por lo que, el 5 de marzo de 1990, con trece años y once meses, hizo su debut como profesional en Boca Raton, donde derrotó a la número diez del mundo, Helena Sukova, y alcanzó la final, que perdió ante una jovencísima Mónica Seles. Aquel año dio ya la campanada alcanzando las semifinales de Roland Garros, con sólo catorce años y dos meses, y de Wimbledon. Ganó, además, su primer título como profesional: el Torneo de Puerto Rico. Terminó la temporada encaramándose en el top ten mundial, con catorce años y 235 días, nueva plusmarca histórica.

En 1991, tras conseguir un contrato publicitario de cinco millones de dólares, confirmó su trayectoria ascendente con la consecución de tres títulos. En 1992, con apenas dieciséis años, saltó a las portadas de los medios especializados como campeona individual en los Juegos Olímpicos de Barcelona, donde en la final derrotó a la ya encumbrada Steffi Graf. Aquel año marcó un nuevo récord de precocidad al conseguir un millón de dólares en ganancias, con dieciséis años y tres meses.

La caída de la niña prodigio

En 1993 empezaron sus devaneos juveniles con juergas nocturnas al límite, por lo que sólo ganó un torneo, el de Sydney, si bien de gran relevancia en el circuito. Así, con diecisiete años, entre 1993 y 1995, sufrió un auténtico calvario personal: a principios de diciembre de 1993 fue detenida en Tampa, acusada de sustraer de una joyería dos anillos de escaso valor, acto por el que sólo fue multada. La foto policial que acompañó a aquel incidente mostró a una Jenny, como es conocida entre sus íntimos, hinchada y de expresión vacía.

Entonces abandonó por completo el tenis y prosiguió con su desenfrenada vida de niña multimillonaria rebelde, hasta que en enero de 1994 fue internada en una clínica psiquiátrica, donde se intentó en vano que recuperara su equilibrio afectivo. De nuevo en la calle, no se apartó de sus peligrosas amistades, y en mayo de aquel mismo año fue arrestada por tenencia de marihuana y de cocaína en un hotel de Coral Gables, por lo que fue internada durante veintitrés días en el centro de rehabilitación Monte Sinaí, en Miami.

Así pues, Jennifer Capriati dejó de ser la niña prodigio y la «novia de Estados Unidos» (el país veía en ella a la sucesora de la gran Chris Evert) y pasó a desvincularse totalmente del tenis; la joven promesa aseguró que no podía aguantar la presión constante de su progenitor. En el fondo, según los psicólogos, la «pobre niña rica» se rebeló contra el sistema de vida que le habían impuesto e intentó recuperar de forma equivocada la adolescencia que le había robado su absoluta dedicación al tenis, a las órdenes, y nunca mejor dicho, de un ambicioso padre, con quien sin embargo se fue a vivir cuando en 1995 éste se divorció de su madre.

El retorno a las pistas

En 1996 la madre de Jenny se sumó, de forma absoluta y decisiva, al grupo de apoyo, y poco a poco consiguió que la joven, que en su día confesó que a punto estuvo de suicidarse, recuperara la autoestima. En enero de aquel año, los psicólogos y entrenadores consideraron que estaba preparada para regresar a las pistas. Lo hizo de nuevo de la mano de un escarmentado padre, pero con la supervisión del vecino y amigo de éste Harold Solomon, ex tenista que había sido una figura de la tierra batida.

Aquella temporada de 1996 y las dos siguientes sirvieron para que retomara el pulso al circuito y observara la forma de jugar de las figuras emergentes, cuyo estilo de juego poco tenía que ver con el que ella había practicado. Si Seles fue capaz de regresar, también ella podía hacerlo. Aunque en esas dos primeras temporadas no consiguió título alguno -cayó más allá de los 100 primeros puestos del ranking-, poco a poco fue recuperando su forma física y su ritmo de juego, forjándose además en el gimnasio una constitución física de gran musculatura y potencia, copiada sin duda del modelo que empezaban a imponer las hermanas Williams (Venus y Serena Williams), que a la postre se convertirían en sus principales rivales, junto a la suiza Martina Hingis.

En 1999 dio muestras ya de su recuperación adjudicándose los torneos de Estrasburgo y de Québec y alcanzando la segunda ronda del Open de Australia y de Wimbledon y la cuarta de Roland Garros. En el Open de Estados Unidos sorprendió en la rueda de prensa tras ser eliminada en octavos de final por Seles: leyó una carta en la que pidió perdón a todo el mundo, especialmente a los jóvenes, por su turbulento pasado. Estos resultados le permitieron finalizar la temporada entre las primeras 25 del mundo, la vigésima tercera, concretamente. En 2000 marcó un punto de inflexión tras alcanzar la final del Open de Australia.

En 2001 sorprendió a propios y extraños al ganar sus dos primeros torneos del Grand Slam: el Open de Australia, donde eliminó a tenistas renombradas como Mónica Seles, Lindsay Davenport y Martina Hingis, a la sazón número uno, y el Roland Garros, donde se deshizo de la emergente belga Klim Clijsters, por un apretado 1-6, 6-4 y 12-10, en el que fue el set más largo en la historia del torneo parisiense. Fue, además, semifinalista de los otros dos grandes: Wimbledon y Open de Estados Unidos. A estos éxitos, sumó su triunfo absoluto en el Torneo de Charleston.

La recuperación de la estrella

El 15 de octubre de 2001 alcanzó por primera vez, aunque de forma efímera, la posición de número uno del ranking de la WTA, convirtiéndose en la novena mujer en conseguirlo desde que se implantara este sistema en la temporada de 1975. Además, la prestigiosa revista Sports Illustred la eligió mejor deportista mundial del año junto con el ciclista Lance Armstrong, ganador de su tercer Tour consecutivo.

Por su parte, la agencia Efe fue más allá y la nominó mejor deportista absoluta de 2001. «Me siento muy orgullosa de haber sido capaz de regresar después de todo lo que ha sucedido en mi vida, de disfrutar de nuevo con el tenis y de jugar bien. Creo que esto demuestra que cualquier persona puede rectificar y que nunca es tarde para alcanzar tus sueños», manifestó en la entrega del primero de esos premios.

A fines de aquel año, y en otro orden de cosas, recuperó su independencia sentimental tras romper con el tenista belga Xavier Malisse, con el que había mantenido una relación que duró apenas año y medio. El 29 de enero de 2002, después de lograr su segundo título consecutivo en el Open de Australia ante Hingis, recuperó la posición de número uno del mundo, desbancando a su compatriota Davenport y, sobre todo, a su eterna rival, la suiza Martina Hingis, aunque posteriormente se vería superada por Venus Williams, vencedora del Open de Dubai.

Su gran sueño, mientras cultivaba de nuevo su afición por la lectura de literatura anglosajona y por la música, era no colgar definitivamente la raqueta hasta que hubiera conseguido los cuatro títulos del Grand Slam en un mismo año, con lo que inscribiría su nombre en la exclusiva galería de las legendarias Maureen Connolly (1953), Margaret Smith Court (1970) y Steffi Graf (1988).

Hablar de Jennifer Capriati sin mencionar su pasado no tendría sentido. El pasado de Jennifer, tras una adolescencia y primera juventud marcadas por un estilo de vida anárquica, es el triunfo de la fuerza de voluntad, la encarnación del mito con pies de barro que se derrumba incapaz de digerir su estatus pero que resurge de nuevo para recuperar su imagen con fuerza y, al mismo tiempo, con la solidez de quien ha sabido aprender de sus errores.

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