Carlos I de Portugal

(Lisboa, 1863-1908) Rey de Portugal. Hijo del anterior rey, Luis I, y de María Pía de Saboya, casó con la princesa María Amelia de Saboya, hija de los condes de París. Distinguido pintor y gran apasionado a la oceanografía y a la investigación científica, tuvo que abandonar dichas actividades al subir al trono, el 1 de octubre de 1889, lo que, según palabras del propio monarca, significó para él una auténtica condena.


Carlos I de Portugal

Nada más suceder a su padre en el trono portugués, tuvo que enfrentarse con la grave crisis de ultramar. Portugal, que poseía amplios territorios en África, tanto en el oeste (Angola), como en el este (Mozambique), pretendía unir ambos enclaves por medio de un corredor interno; este proyecto chocó frontalmente con los intereses coloniales de la todopoderosa potencia colonial del momento, Inglaterra, a la que pertenecía la actual África del Sur, y cuyas intenciones se encaminaban a la anexión de los territorios del norte (la actual Rhodesia), para unir con otro corredor colonial los enclaves de El Cabo y El Cairo.

El 2 de enero de 1890 el gobierno inglés lanzó un ultimátum a Portugal a causa del contencioso originado entre ambos países (que se conoció como el del Mapa Rosa) en el cual exigía al gobierno portugués la inmediata retirada de las fuerzas de ocupación y la entrega de sus posesiones en la zona en conflicto. Portugal, debido a su manifiesta debilidad ante Inglaterra, no tuvo más remedio que retirarse de la zona y dejar el paso franco a la expansión británica en la zona.

Semejante medida preventiva provocó un tremendo estallido de cólera en el pueblo y la clase política contra el rey Carlos I y contra los británicos. La agitación popular y la crisis política fueron aprovechadas por los republicanos y por un grupo importante de monárquicos contrarios a las medidas del gobierno de Carlos I. Al año siguiente, el 31 de enero de 1891, los republicanos intentaron llevar a cabo un movimiento revolucionario que, si bien pudo ser contenido, instaló el germen del descontento en toda la clase política del país, germen que se agravó con la penosa situación financiera que el país arrastraba desde hacía tiempo.

En el año 1892, el rey Carlos I, al ver que los dos partidos rotativos (alternativos en el poder, al igual que sucedía en España) no lograban resolver satisfactoriamente la crisis gubernamental, encargó al general Crisóstomo de Abreu la organización de un gobierno de coalición que, al no poder solucionar el problema, fue sustituido muy pronto por un nuevo gabinete, a cargo de Días Ferreira.

La crisis política y económica siguió atenazando al país, así que Carlos I decidió transferir el poder al dictador João Franco, quien formó un nuevo gabinete el 17 de mayo de 1906, que emprendió inmediatamente una línea política dura y represiva que no hizo más que caldear los ánimos antimonárquicos, ya de por sí exaltados, no sólo por parte de los propios republicanos, sino también por la amplia mayoría de los monárquicos y de los reformistas.

João Franco suspendió en el año 1907 la constitución lusa y comenzó a gobernar como si se tratase de una auténtica dictadura. Las reacciones contra el gobierno no se hicieron esperar; el 21 de enero de 1908 fracasó una nueva tentativa republicana para derrocar al rey e instaurar una República. Multitud de conspiradores republicanos y opositores de todo el espectro político fueron deportados. Esta nueva represión provocó lo que ya se venía preludiando: el enfrentamiento de todas las fuerzas políticas y sociales del país contra del rey y su gobierno represor. Finalmente, doce días después del fallido intento de golpe de estado, el rey era asesinado por miembros de su propia policía cuando regresaba a la capital en un coche descubierto. En el atentado también murió su hijo y heredero a la corona, el infante don Luis.

En lo que respecta a la política exterior de Carlos I, después del ultimátum británico se normalizaron las relaciones anglo-lusas y se reanudaron los lazos políticos y comerciales con la antigua colonia de Brasil, rotos desde hacía un tiempo por incidentes diplomáticos. Sin embargo, Carlos I tuvo que hacer frente a múltiples revueltas coloniales, desde Guinea hasta Timor, que poco a poco fueron diezmando el antaño poderoso imperio colonial portugués.

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