Georges Duby

(París, 1919 - Aix en Provence, 1996) Historiador francés. Especialista en historia medieval, profundizó en temas de historia agraria y artístico-cultural, siempre enfocados desde un ángulo sociológico. Cursó la enseñanza media en Mâcon, en la región a la que después consagró, durante los primeros años de su carrera académica, una importante investigación sobre la sociedad medieval. Licenciado en Letras, enseñó Historia medieval en la Universidad de Besançon y, desde 1953 hasta 1970, en la de Aix-en-Provence. Desde 1971 fue docente de Historia social de la Edad Media en el Collège de France.


Georges Duby

Destacado exponente de la "nueva historia" nacida de la "revolución" historiográfica realizada por Bloch y Febvre, ha sido considerado uno de los mayores medievalistas de las últimas décadas. Las relaciones entre la ideología y la realidad efectiva de la organización social en el seno de la sociedad feudal y, más aún, las relaciones que se establecieron entre la situación objetiva de los individuos y las colectividades, la representación ilusoria a través de la cual los individuos vivieron su propia condición y, finalmente, el papel a menudo indescifrable desempeñado por el imaginario social, son los ejes temáticos en torno a los cuales se fue desarrollando, a lo largo de decenios, la sobresaliente búsqueda historiográfica de Georges Duby, constantemente dirigida a conjugar la interpretación de las actitudes mentales de una época con la puntual reconstrucción de sus aspectos económicos, demográficos y sociales.

En este segundo ámbito se sitúan los primeros ensayos de ambiciosa amplitud, desde La société aux XIe et XIIe siècles dans la région mâconnaise (1954) hasta La economía rural y la vida en el campo en el Occidente medieval (1962), en los cuales, sobre la base de un rico aparato documental, Duby establece los rasgos peculiares de la sociedad rural europea surgida de la lenta disolución del Imperio Romano, a lo largo de un itinerario que, iniciándose en la evolución del establecimiento de la propiedad, conduce hasta la definición de los niveles alcanzados por las técnicas de producción y de comunicación.

Este panorama se amplía y se enriquece en Guerreros y campesinos: desarrollo inicial de la economía europea (1973), resultado de una investigación de corte bastante moderno, en la que el análisis de las relaciones y de la movilidad de los estratos sociales se desarrolla mediante un sagaz recurso a las nuevas disciplinas que cada vez más se integran en la investigación historiográfica (antropología, demografía social, ecología, psicología de las colectividades, etc.).

Sin embargo, fue en el estudio de las ideologías de la sociedad medieval, consideradas como sistemas de representación dotados de un papel histórico, donde Georges Duby consiguió los resultados más penetrantes, dominando materiales tan amplios y heterogéneos como biografías, cartas, crónicas, anales, epitafios, sermones, objetos figurativos o figuras retóricas recurrentes, con una perspectiva de historia "serial" no indiferente a los "silencios" del pasado.

Así, en El año mil: Una nueva y diferente visión de un momento crucial de la historia (1957), propone, mediante un bien dosificado ensamblaje de documentos literarios pertenecientes al milenio, un característico ensayo de historia de las mentalidades. Otras muchas obras se sitúan a lo largo de esta directriz, como Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978) y El caballero, la mujer y el cura: el matrimonio en la Francia feudal (1981). De entre ellas sobresale El tiempo de las catedrales (1976), en la que considera las modificaciones experimentadas por la función social del artista en relación con las concepciones filosófico-religiosas y con la economía del mundo medieval.

El tiempo de las catedrales lleva por subtítulo "El arte y la sociedad" y consta de tres textos ya publicados y reelaborados para este libro. Duby trata de responder a la interrogación de cuáles eran las condiciones sociales y cuál la naturaleza de la inspiración de los artistas que vivieron entre fines del siglo X y comienzos del XV. La primera etapa o, si se quiere, el prolegómeno de este período lo titula el autor "El monasterio, 980-1130", y en él se desarrolla el arte más grande y acaso el único arte sacro propiamente europeo. El arte no tenía más función que ofrecer a Dios las riquezas del mundo visible para obtener su perdón y su favor. Se trata de un arte monástico, en cuya génesis y elaboración están ausentes los señores laicos. El mundo occidental se ha ruralizado y feudalizado, y en ese ambiente se produce la fundamental reforma de Cluny, que se encarga de difundir los valores religiosos y el arte a través del cual aquéllos se expresan.

"La catedral, 1130-1280" estudia el período siguiente, en el cual las líneas maestras de la nueva expresión artística se elaboran en un restringido círculo de obispos, próximos al poder regio, los cuales eran dueños de las mejores tierras, y obtenían cuantiosos ingresos de los diezmos y de la explotación de las ferias. Las catedrales fueron símbolos del naciente poder regio, y fruto de la prosperidad de la agricultura. El punto de irradiación del arte gótico fue, como se sabe, la Isla de Francia, y tuvo una evolución que resulta difícil, si no imposible, de acompasar con las transformaciones sociales y económicas; en realidad, progresó paralelamente a la evolución de la teología. En este punto, Georges Duby intenta, dentro de esta etapa, una periodización relativamente fácil de aplicar al ámbito francés, y no tanto si se extiende al conjunto de Europa: la época de la luz (1130-1190), de la razón (1190-1250) y de la felicidad (1250-1280).

El tercer y último gran período corresponde a "El palacio, 1280-1420", y el autor lo tilda de paradójico, puesto que por una parte Europa, castigada por la peste negra, se repliega sobre sí misma, se estanca, pero al mismo tiempo los valores culturales progresan y se revelan fecundos. Más paradojas: durante ese período de estancamiento se exacerba el lujo, y en plena época de desórdenes todo parece renovarse y como rejuvenecer. El arte se transforma por la voluntad de artistas y mecenas, pues el propósito que les anima ya no es ayudar al hombre común a asimilar los misterios de la trascendencia, sino representar una historia y hacerla comprensible. O sea que el arte se torna narración, ilustración, y el artista deja de ser el auxiliar y el intérprete del teólogo para ponerse al servicio del hombre. Son los albores del Renacimiento.

Los logros de la historia de las mentalidades, y también de las ilusiones de ella derivadas, son objeto de una reflexión de Duby sobre la nueva historiografía, elaborada durante una entrevista con el filósofo G. Lardreau, Diálogos sobre la historia (1980), en el transcurso de la cual la historia va delineándose, con deseada ambigüedad, en una hipotética frontera entre la investigación científica y el "sueño" vivido a lo largo de las huellas discontinuas de un pasado del que ya nadie puede proponerse su completa reconstrucción.

Merece destacarse, por último, su obra Europa en la Edad Media, cuya primera edición española data del año 1986. En el prefacio, Georges Duby hace una somera exposición de la génesis de este libro, que se originó en una serie de películas para la televisión basada en su anterior obra El tiempo de las catedrales. La obra recoge los textos que acompañaron a la imagen en la famosa serie, textos adaptados al lenguaje televisivo por Roger Stéphane, Roland Darbois, Michel Albaric y el propio Georges Duby. Al final de cada capítulo Duby incorpora textos originales medievales que ilustran y dan soporte a la temática desarrollada, permitiendo al lector una mayor compresión de la Edad Media y sus contradicciones.

El propósito que anima esta obra es descubrir la relación que el arte europeo medieval mantiene con el conjunto de la sociedad (con las fuerzas productivas) y con la cultura, de la que es expresión legítima. Georges Duby pasa revista a todos los tópicos medievalistas con el rigor a la vez que con la curiosidad del erudito apasionado. Inicia Duby el libro situándonos en el contexto sociopolítico de la época: las relaciones de poder en el año 1000 (el vasallaje, la ruptura entre Bizancio y Occidente, las cruzadas), las hambrunas que propician las migraciones, la penuria y la barbarie entre el campesinado europeo.

Concluye que el siglo XI es un siglo oscuro: las soberbias obras de arte que se levantan no son más que un hermoso disfraz bajo el que se ocultan la brutalidad, el terror y la miseria de todo un pueblo. El mal lo domina todo y la esperanza del pueblo se deposita tanto en los héroes como en los monjes (castillos y monasterios son el símbolo del alejamiento y de la ascensión a la pureza). Los focos de la innovación artística se encuentran, por tanto, lejos del pueblo, en los grandes monasterios. La obra de arte por excelencia no puede ser otra que la iglesia, cuya orientación (al Este) y estructura (la bóveda de piedra) muestran la homogeneidad, la coherencia de la unidad del género humano reunido por la misma fe.

En el siglo XII se acelera el movimiento de expansión de la población, con las grandes cruzadas y la aparición del comercio. Se crean nuevos pueblos y el poder que se había dispersado con el feudalismo se reagrupa: un exponente claro de ello es la reunión de abadías en congregaciones (Cluny). A las grandes construcciones cluniacenses se opondrá Bernardo de Claraval proponiendo otro estilo de arte monástico, el cisterciense (Citeaux), con una vuelta a la sencillez. Por contra, en esta época la sociedad empieza a enriquecerse y las catedrales se embellecen cada vez más. Se impone la identificación Dios-luz: aparecen las maravillosas vidrieras, perfeccionando la estética cluniacense (son las primeras floraciones del arte gótico). Georges Duby expone que la catedral viene a ser una iglesia urbana, que el arte de las catedrales significa el despertar de las urbes: nace la burguesía, el espacio urbano empieza a prometer tentadoras riquezas. El monasterio subsistía replegado sobre sí mismo, la catedral está abierta a todos y esto hace que aparezca la imaginería pedagógica (Chartres, Reims).

El gótico del siglo XIII ya no va a anunciar cataclismos sino una gozosa liberación. La eclosión de nuevas catedrales en este siglo fue singularmente rápida gracias al desarrollo económico urbano, pero también al desarrollo del conocimiento: proliferan las escuelas catedralicias de las que surge el espíritu que anima la estética y los progresos de la técnica constructiva. En el contexto político, la monarquía ha vuelto a tomar las riendas del poder (lo que incide en la pintura y la escultura). El mundo se agranda con las expediciones a tierras infieles y la intención estética en el gran arte se va liberando progresivamente de la teología; el arte se desplaza de espacios más rurales (Francia) a espacios urbanos y ricos como Italia (la última catedral, afirma Georges Duby, es la Divina Comedia de Dante). En la Italia de 1300 el dinero lo domina todo, la cultura ya no es teológica sino civil y profana; la obra maestra será ahora el palacio comunal. El arte italiano, con Giotto a la cabeza, florece con prodigiosa vitalidad.

Tras la gran mortandad de la epidemia de peste negra de 1348, liberada Europa de sus excedentes de población, la sociedad empieza a recuperarse, y ello provoca una mejora del nivel de vida y a la par una proliferación de la obra de arte, que se convierte en un objeto de consumo corriente (reduce sus dimensiones, se vuelve objeto susceptible de apropiación individual). No obstante, Georges Duby nos descubre que el siglo XIV produce una obra de arte de grandes dimensiones que no es catedral ni palacio: es la tumba, a la que se aplicó lo mejor de la creación artística de la época. La tumba afirmaba el poder de los grandes príncipes y eclesiásticos, convirtiéndose en un monumento de majestad civil. Los pobres de las ciudades del siglo XIV no tuvieron acceso a más que unas migajas de esta alta cultura de su tiempo: imágenes piadosas, libritos historiados y biblias (todo imágenes, nada de texto que pudiese ser libremente interpretado) que les distribuían los predicadores del momento. En cuanto al campesinado, sólo disfrutó de retablos y grabados eclesiásticos.

Sitúa Georges Duby el final del medioevo artístico con Van Eyck y Masaccio, cuyas creaciones tienen en común lo que presagia la inauguración de una nueva era: el sentido del hombre y la reivindicación implícita de que el artista tiene, como Dios, el derecho a crear con absoluta libertad. Esta obra de Duby, de evidente carácter pedagógico, entronca con toda su obra anterior y posterior por el peculiar enfoque historiográfico que el autor adoptó siempre: el de la historia de las mentalidades y de la vida cotidiana.