Fernando III de Habsburgo

(Graz, 1608 - Viena, 1657) Emperador germánico (1637-1657). Hijo de Fernando II de Habsburgo, persistió en las ideas de su padre de hacer frente a los Borbones y de fomentar la Contrarreforma en sus territorios, pero tras las derrotas que sufrió ante franceses y suecos se vio obligado, a partir de 1641, a aceptar las negociaciones que llevaron a los tratados de Westfalia (1648).


Fernando III de Habsburgo

Fernando III de Habsburgo prosiguió, con más flexibilidad que su antecesor, la política de Contrarreforma y de enfrentamiento con los Borbones de Francia en la alianza dinástica con los Austria españoles. A cambio de aceptar una merma de su preeminencia en el Imperio germánico, consiguió fortalecer su autoridad soberana en los dominios patrimoniales austriacos (Erblande) y en Bohemia, y puso los cimientos del futuro poder absoluto de los Habsburgo sobre Hungría. Ascendió al trono de Hungría en 1625 y al de Bohemia en 1627; desde entonces desempeñó un importante papel en el Consejo Imperial.

En 1629 se casó por poderes con la infanta española María, hermana de Felipe IV, llamada a partir de ese momento “reina de Hungría”. La posibilidad de este matrimonio había sido explorada ya desde 1624, tras fracasar el proyecto de enlace de la princesa con el futuro Carlos I de Inglaterra (1625-1649). Con este vínculo, auspiciado también por el conde-duque de Olivares, Madrid pensaba fortalecer la alianza dinástica y la comunidad de intereses entre los Austria españoles y austriacos; pero la realidad no estuvo a la altura de las expectativas españolas y las relaciones con Viena fueron, a la vez, estrechas y difíciles. La larga demora (más de año y medio) en la llegada de María a Viena ocasionó numerosas recriminaciones por parte de Fernando III.

En la Guerra de los Treinta Años, Fernando III de Habsburgo se mostró inicialmente como un general capacitado. En 1634 fue asesinado el comandante supremo de los ejércitos imperiales Albert von Wallenstein, muerte a la no fue ajeno su padre, Fernando II de Habsburgo. Con el asesoramiento militar del conde Matthias Gallas, Fernando III asumió el mando del ejército y marchó al encuentro de las tropas de su primo y cuñado español, el cardenal-infante Fernando de Austria, y ambos ejércitos obtuvieron en septiembre de 1634 la victoria de Nördlingen (Alemania), derrotando a los suecos y a los protestantes alemanes.

La mayoría de los príncipes alemanes aceptaron el Tratado de Praga (1635), pero Francia pasó a intervenir abiertamente en la contienda. La última fase de la Guerra de los Treinta Años fue más bien un conflicto por la hegemonía en Europa entre los Austria españoles y la Francia borbónica que una guerra interna en el Imperio germánico o un conflicto religioso, aunque las tierras germánicas fueran uno de los más importantes escenarios, y la fuerte presión militar en ellas de los suecos, aliados de Francia, continuara siendo un factor determinante.

Fernando fue elegido rey de Romanos (heredero de la Corona imperial) en 1636, y a la muerte de su padre en 1637 le sucedió como Fernando III, emperador germánico. En el decenio siguiente, pese a la considerable ayuda económica española y a las apelaciones desde la Corte de Felipe IV a la solidaridad dinástica, Fernando III estableció sus propias prioridades y los caminos de Viena y Madrid se fueron separando progresivamente. Abogó por esta actitud, entre otros, el conde Trautmansdorf, el consejero de más confianza del emperador. Por otra parte, la pérdida en 1638 de Breisach, un enclave estratégico en el Rin, hacía más difícil la conexión militar.

Mientras el poder militar hispánico comenzaba a declinar y se le abrían los frentes internos de Cataluña y Portugal (1640), Fernando III de Habsburgo, tras las derrotas de Breitenfeld (Alemania, 1642) y Jankov (Checoslovaquia, 1645), empezaba a aceptar la necesidad de la paz y del compromiso ante los suecos y los franceses, impulsando las negociaciones que se habían entablado en Westfalia. Esa necesidad se hizo apremiante en la primavera de 1648: fracasó en Lens (Francia) la ofensiva conjunta hispano-austriaca desde Flandes (dirigida por el propio hermano del emperador, Leopoldo Guillermo). Los imperiales y los bávaros fueron derrotados en Zusmarhausen (Alemania), y los suecos asediaban ya Praga.

En consecuencia, Fernando III firmó en 1648 el Tratado de Westfalia, negociado en Münster con los franceses y en Osnabrück con los suecos, separando su suerte de la monarquía española, que seguiría su lucha contra Francia hasta 1659. Los tratados de Westfalia implicaban el reconocimiento de una soberanía casi total a los príncipes alemanes (tanto católicos como protestantes) y la quiebra del ideal de Fernando II de Habsburgo de un imperio germánico-católico. En ellos se confirmaba la Paz de Augsburgo (1555), reconociendo el principio de cuius regio, eius religio (de tal príncipe, tal religión) y añadiendo el calvinismo a la lista de confesiones reconocidas. A cambio, los acuerdos consolidaban el poder de Fernando III de Habsburgo en sus dominios hereditarios.

A partir de entonces, más que de imperio alemán habría que hablar de un imperio austriaco-danubiano. En Austria y Bohemia, gracias a la predicación religiosa y la presión administrativa, el catolicismo ganó terreno. También contribuyó ampliamente a ello y al prestigio de la dinastía el activo mecenazgo artístico e intelectual, que alcanzó asimismo a la astronomía y a la alquimia. Uno de los patrocinados por Fernando III en la década de 1650 fue el monje y astrónomo hispano-checo Juan Caramuel, vicario general del arzobispo de Praga. El latín fue la lengua común de cultura en aquel estado multinacional austriaco a cuya cabeza estaba Fernando III, quien llegó a hablar siete lenguas.

Tras enviudar de la infanta española María (1646), Fernando III de Habsburgo se casó en segundas nupcias con María Leopoldina de Tirol (1648) y en terceras con Eleonora Gonzaga de Mantua (1651), la cual le sobrevivió. La sucesión del emperador resultó problemática. Fernando III había logrado en 1654 que se eligiera como rey de Romanos a su hijo Fernando, pero éste murió poco después, sumiendo al emperador en el abatimiento. Cuando Fernando III falleció no se había procedido aún a una nueva elección.

Tras algunas tensiones, incluso dentro de la propia familia, los principales electores optaron finalmente de modo unánime, en 1658, por su segundo hijo, Leopoldo Ignacio, destinado inicialmente a una carrera eclesiástica. El acceso al trono imperial de Leopoldo Ignacio, que reinó como Leopoldo I (1657-1705), inició una nueva etapa en las relaciones entre las dos ramas de la familia de los Austria; en ella el papel principal sería desempeñado por la rama austriaca y no por la española, cuyo último vástago fue Carlos II.