Abel Gance

(París, 1889-1981) Director cinematográfico francés. Atraído por la pintura y la poesía desde niño, Abel Gance tuvo no obstante que satisfacer los deseos de su padre y entró a trabajar con apenas diecisiete años como pasante en la oficina de un procurador. Pero pronto se hartó de esta vida rutinaria y, decidido a cambiar de forma radical, marchó a Bruselas para convertirse en actor lejos de la influencia familiar.

En 1908 retornó a París siendo ya un humilde intérprete teatral y un entusiasta escritor de guiones cinematográficos. Entró rápidamente en contacto con los círculos vanguardistas donde participaban entre otros los pintores Marc Chagall y Fernand Léger o los escritores Guillaume Apollinaire y Blaise Cendrars. El estallido de la Primera Guerra Mundial, de la que Gance se libró por haber padecido tuberculosis, vino a truncar de manera momentánea las actividades de estos artistas como grupo, pero no así la prometedora carrera del joven actor y escritor que estaba pensando dar el salto al cine.

Así, en 1911 creó con otro grupo de amigos una modesta productora para la que dirigió varios cortometrajes, aunque su verdadero lanzamiento profesional le llegó de la mano del prestigioso creador de la empresa Film D'Art Louis Nalpas. Dicha entidad, caracterizada por su deseo de promover filmes dramáticos de prestigio, protagonizados por las más eximias divas de los escenarios teatrales, sirvió de escuela para el joven Abel Gance, quien de hecho se había forjado como actor en compañías donde este tipo de dramaturgia era la habitual.

Para Nalpas dirigió en primer lugar Une drame au château d'acre (1914), que completó en apenas cinco días, a la que siguió La folie du Docteur Tube (1915), un filme muy próximo a los postulados de vanguardia cuyo fracaso económico y de crítica casi supusieron el final de su carrera. La continua utilización de espejos deformantes para mostrar al espectador el mundo de locura en que vive el protagonista dotó a las imágenes de una textura y estética especiales, que influyeron en posteriores tentativas de cine experimental.

Con todo, su posición dentro de la industria no era todavía lo suficientemente estable como para permitirse más tropiezos en la taquilla de estas características, por lo que volvió a realizar melodramas decimonónicos a mayor gloria de actrices como Sarah Bernhardt o Emmy Lynn. Mater Dolorosa (1917) y sobre todo La décima sinfonía (1918) señalaron los puntos culminantes de este periodo creativo de Abel Gance, a la búsqueda de romper con determinados estereotipos que poblaban el Film D'Art y de reducir el teatralismo afectado de las interpretaciones para moldearlas hacia un mayor naturalismo.

Yo acuso (1919), un filme netamente pacifista que partía de la obra literaria de Emile Zola, le dio a conocer de forma definitiva. Este largometraje, cuya producción estuvo sometida a diversos sobresaltos y que tuvo que ser financiada por Charles Pathé, ofrecía espectaculares secuencias de masas a lo Cecil B. De Mille aunque con el añadido de una pantalla dividida hasta en tres partes complementarias creando un efecto similar al que posteriormente introdujeron formatos como el CinemaScope. Como guionista de la película intervino su amigo vanguardista Blaise Cendrars, quien había perdido un brazo en la guerra y conocía sobradamente los horrores de cualquier contienda.

El éxito indiscutible de Yo acuso no pudo sin embargo lograr que se sobrepusiera a la tristeza por el repentino fallecimiento de varios seres queridos en su entorno próximo, lo que le condujo a filmar una amarga historia de amor titulada La rueda (1921). Esta magna obra, próxima a las tres horas de duración y de la que actualmente sólo se conserva una tercera parte, tampoco renunció a coquetear de nuevo con los movimientos de vanguardia y para ello se elaboraron diversas secuencias montadas con un ritmo en sincronía con la partitura atonal compuesta por el músico Arthur Honegger.

Persuadido de que el futuro del cine se encontraba en la continua innovación y en la épica de las superproducciones, Abel Gance se embarcó en su obra definitiva: Napoleón (1926). En ella pretendió volcar hallazgos técnicos sin desarrollo comercial como la pantalla panorámica o el sonido, una partitura orquestal de Honegger que debía interpretarse durante su estreno en las principales capitales europeas del filme, o sobreimpresiones y efectos fotográficos especiales como el de llevar la cámara a lomos de un caballo o hacerla desplazarse como si fuera un péndulo.

El rodaje dio comienzo en 1925, y la intención inicial era nada menos que rodar seis largometrajes consecutivos que glosaran la vida completa del emperador corso. Pero las dificultades financieras hicieron aconsejable reducir la magna epopeya a un único filme de cerca de seis horas de duración que en muchas ciudades fue recortada hasta las tres horas y media. Con todo, el surgimiento del cine sonoro y el auténtico furor que provocó entre los espectadores provocaron que Napoleón no lograra el éxito buscado para una inversión financiera tan fuerte.

Desde entonces, Abel Gance nunca volvió a ser el mismo: su película más exigente, cuidada y exquisita había pasado sin pena ni gloria por el mundo entero. La industria cinematográfica francesa apenas volvería a concederle oportunidades a un director caracterizado por la utilización de presupuestos faraónicos y de dudosa rentabilidad. Por ello, Gance intentó volver a la senda del éxito mediante el rodaje de nuevas versiones de sus clásicos como Mater Dolorosa o Yo acuso, pero tampoco de esta manera logró nada efectivo.

De Alemania a Italia, y de aquí a España, su vida comenzó a ser un peregrinaje en busca de productores dispuestos a darle nuevas oportunidades, aunque la precariedad económica de quienes salieron a su paso únicamente trajo consigo un reguero de proyectos inconclusos como Manolete. Mientras tanto, luchó en vano por seguir manipulando Napoleón, añadiéndole secuencias adicionales o volviendo a rodar el tema en filmes como Austerlitz (1960) o Bonaparte y la revolución (1971) cuando su nombre era ya para los aficionados una simple reliquia venerable del período mudo.

En el mundo del Arte, en pocas ocasiones se ha visto un ejemplo similar al de Abel Gance, un artista atrapado en las redes de su propia creación y obsesionado con mejorarla mediante continuos retoques introducidos a lo largo de las décadas. La figura de Napoleón Bonaparte y su mítica visionaria acabaron trastornando la mirada de un cineasta innovador, próximo a los movimientos de la primera vanguardia y cuya épica narrativa encontró en los avances tecnológicos un campo de experimentación idóneo.