John Gotti

(Nueva York, 1940 - cárcel de Springfield, 2002) Mafioso estadounidense. John Joseph Gotti nació el 27 de octubre de 1940 en el barrio neoyorquino del Bronx. Era el quinto hijo de los once -siete chicos y cuatro chicas- que tuvieron John J. Gotti, un inmigrante napolitano, y Fannie, una abnegada y sencilla mujer capaz de criar a sus hijos en un entorno hostil. Él y sus hermanos crecieron en una zona deprimida del sur del Bronx, hasta que su padre pudo ahorrar algo de dinero y se trasladaron a Brooklyn.

A una edad temprana el bravucón «Johnny Boy» aprendió a usar sus puños, y sus primeros sueños de convertirse en un hombre de negocios o un doctor pronto dejaron paso a los de ser uno de los tunantes que solía ver por las calles de Brooklyn. Junto a sus hermanos Peter y Richard, John entró a formar parte de una banda callejera, con cuyos miembros se juntaba siempre que se escapaba de la escuela, donde era mal visto debido a su molesta actitud.

En 1954, el joven aprendiz de ladrón resultó herido mientras participaba en el robo de una cementera. Ésta le cayó encima de los dedos de un pie y tuvo que permanecer hospitalizado durante todo un verano. Debido a ello, a Gotti siempre le quedó una ligera cojera.


Gotti en una imagen de 1990

A los dieciséis años, dejó de asistir a la escuela y se unió a los Fulton-Rockaway Boys, una popular banda de adolescentes de Brooklyn que solía robar automóviles. Acompañado por sus inseparables hermanos Peter y Richard, John conoció a dos jóvenes tunantes con los que trabaría una larga amistad: Angelo Ruggiero y Wilfred Willie Boy Johnson. Entre 1957 y 1961 fue arrestado cinco veces por hurtos menores, pero los cargos siempre acababan siendo revocados o reducidos.

Integración en la Mafia

En 1960, el italoamericano, de veinte años, conoció a Victoria DiGiorgio, una chica dos años menor con quien se casó el 6 de marzo de 1962, casi un año después del nacimiento de su primera hija, Angela. El matrimonio fue tormentoso, con varios amagos de separación, pero pese a ello la pareja siguió adelante y tuvo dos hijos más: Victoria y John A., también conocido como Junior.

Durante esa época y alentado por su esposa, que era contraria a las actividades deshonestas de su marido, Gotti empezó a trabajar en una fábrica de abrigos, pero al poco tiempo volvió a las andadas. En 1963 fue encarcelado por primera vez y pasó veinte días en la prisión junto a Salvatore Ruggiero tras ser sorprendidos con un coche robado.

En 1966 Gotti entró en la Mafia, encabezada entonces por Carmine y Daniel Fatico. Operaban desde un local, el Bergin Hunt and Fish Club, en el barrio de Queens para uno de los jefes de la familia Gambino, Aniello Dellacroce. La verdadera carrera criminal de Gotti empezó entonces, prosperó y la familia se mudó a un bonito apartamento en Brooklyn, donde tuvieron un cuarto hijo, Frank. Los Gambino lo reclutaron como matón y poco después le confiaron el saqueo sistemático de los materiales utilizados en la construcción del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy, hasta que fue descubierto y condenado a tres años de cárcel en Lewisburg.

Con tan sólo treinta y un años, Gotti se convirtió en el capo de la banda de Bergin y, con Dellacroce en la cárcel, empezó a visitar con frecuencia a Carlo Gambino, Don Carlo, a quien se dirigía con sumo respeto. En 1975, John Joseph fue condenado a cuatro años de prisión por robo, y durante los dos años que pasó en la cárcel de Green Haven asistió a clases de cultura italiana e hizo mucha gimnasia. De nuevo en la calle, tuvo que hacer frente a la muerte de Carlo Gambino y al ascenso de Paul Castellano, quien entonces controlaba la situación.

Capo de los Gambino

El 18 de marzo de 1980, una desgracia conmocionó a la familia Gotti: el pequeño Frank, de doce años, murió atropellado por el coche de un vecino. Victoria nunca se sobrepuso a aquella fatalidad y fue ella misma quien pidió venganza. El vecino desapareció misteriosamente tras ser introducido en un coche por unos matones, pero nadie pudo probar que Gotti estuviera detrás del homicidio. En aquellos tiempos, el capo figuraba oficialmente como empleado de una empresa de fontanería, pero los detectives que lo seguían día y noche nunca lo vieron con mono de faena yendo a poner grifos o reparar cañerías.

John Gotti asumió de un modo definitivo la jefatura del clan de los Gambino en 1985, sin ninguna oposición tras asesinar a quemarropa a Castellano. Se convirtió en una figura asidua de los medios de comunicación a principios de 1986 y, lejos del ojo público, movió sus piezas con rapidez. Premiaba a los leales, apartaba a los neutrales y ordenaba castigos para quienes le habían combatido o puesto alguna traba durante los últimos años.

A pesar de su carácter expansivo, la regla del secreto era una de las pocas que Gotti no rompió jamás a lo largo de su vida. Acostumbrado a guardar secretos ante la policía, los jueces y los abogados, frente a Castellano, Dellacroce o sus propios lugartenientes, e incluso ante su esposa Vicky o su hijo mayor, construía coartadas con facilidad e inventaba argumentos que siempre encajaban.

Prisión y muerte del último padrino

Los detectives que seguían los pasos de la familia Gambino no tardaron en conocer las frecuentes subidas a un apartamento. Su jefe, George Gabriel, decidió que ese apartamento era el lugar ideal para poner un micrófono oculto y poco después lograron grabar algunas conversaciones que delataron a Gotti. El 11 de diciembre de 1990, una patrulla del FBI formada por diez agentes y tres detectives se apostó a la entrada del edificio para detener a los principales capos de la familia. Durante la instrucción, el fiel lugarteniente Salvatore Gravano, alias Sammy el Toro, fue relatando uno a uno todos los crímenes en los que había participado a las órdenes de su jefe.

Condenado a cadena perpetua en el penal de Springfield a los cincuenta y un años de edad, Gotti estuvo durante casi diez años aislado 23 horas al día, fumando, leyendo periódicos, y convencido de que algún día volvería a la carga. Nombró una comisión para que dirigiera la familia en su ausencia, al cargo de la cual quedó su hijo mayor, John Junior, pero con el paso del tiempo éste se declaró culpable de cargos federales por crimen organizado, quedando los Gambino a cargo del hermano mayor de John, Peter Gotti.

El cáncer acabó con cualquier expectativa de ver algún día libre al jefe del clan. La ostentación, su eterna compañera, estuvo también presente en el último adiós al hombre que quiso ser el más temible de los padrinos, pero también el más elegante. Al ataúd de bronce macizo le siguió una caravana de más de cien coches y limusinas que se desplazó desde su casa de Queens hasta el cementerio. La comitiva hizo un alto en el lugar donde fueron grabadas sus conversaciones, y los asistentes salieron en silencio a la calle mientras se santiguaban. Sin duda, fue una despedida que estuvo a la altura del último gran padrino.

Gotti fue el último gran padrino en el más puro sentido cinematográfico de la expresión. Su elegancia le granjeó el apelativo de «el apuesto Don». Sus trajes oscuros de rayas y pecho cruzado, y sus cabellos canos cortados con meticulosidad hacían de él la viva estampa del mafioso de la gran pantalla. Como los villanos de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Mario Puzo, su habilidad para esquivar a la justicia también era proverbial. Consiguió escapar tres veces del banquillo de los acusados durante su reinado de extorsión, asesinato y narcotráfico en la década de los ochenta, cuando la Pequeña Italia y Manhattan aún eran el lugar donde operaban los herederos de la Mafia siciliana y la Camorra napolitana.

Con él desaparecía un mundo y acababa una época. Mientras las familias de origen siciliano languidecen entre la decadencia, las luchas fratricidas y los jefes mediocres, la mafia rusa, más violenta, mejor organizada y con un arsenal mucho mayor de armas, drogas y mercenarios, se ha adueñado de las calles de Brooklyn, el mismo escenario de donde partió Al Capone a la conquista de Chicago y en el que floreció años después John Gotti, su más insigne y rendido admirador. Su leyenda de capo seductor lo convirtió en padrino de la familia Gambino y en uno de los hombres más temidos de la ciudad de Nueva York.