Adrià Gual

(Barcelona, 1872- id., 1943) Dramaturgo español en lengua catalana, director de escena y pedagogo. De su extensa obra dramática, que oscila entre el modernismo y el naturalismo, cabe mencionar Silencio (1897), Los pobres menestrales (1907), Arlequín vividor (1912), La comedia extraordinaria del hombre que perdió el tiempo (1914) y Fuego de monte (1934). Fue fundamental para la evolución del teatro catalán su labor como director teatral (creó el Teatre Íntim, por medio del cual presentó obras propias y de Goethe, Lesage, Molière, Ibsen y Guimerà, entre otros) y como pedagogo (fundó la Escuela Catalana de Arte Dramático, convertida con posterioridad en el Instituto del Teatro). En 1960 se publicaron sus memorias, tituladas Media vida de teatro.


Adrià Gual

Adrià Gual trabajó en su juventud en el taller de litografía de su padre y se formó como dibujante y pintor en la academia de Pedro Borrell del Caso. En esa época estuvo relacionado con el grupo modernista Colla del Safrà (1893-1896). Bajo la influencia del modernismo participó en la IV Exposición de Bellas Artes celebrada en Barcelona (1898) y realizó algunas de sus obras más conocidas, entre ellas La Rosada (1897) y Figura tocant la lira (1900). Es de gran interés su actividad como cartelista; entre sus carteles más conocidos destacan el que realizó para anunciar su libro Nocturn (1896), de marcado carácter simbolista, y los titulados Cosmópolis Cycles (1898), Llibre d’hores (1899) y Festes de la Mercè (1902). Alternó esta actividad con la de ilustrador, tanto para obras propias (Nocturn) como para obras por encargo (como Las vendimias, de Eduardo Marquina).

También la vocación de hombre de teatro de Adrià Gual fue precoz, y dominó toda su vida; su misma afición al dibujo estuvo siempre al servicio de su pasión por la escena. En 1898 fundó el Teatre Íntim, asociación que aspiraba a dignificar y renovar el teatro en Cataluña. Con una fe y una perseverancia a prueba de fracasos y aun de crueles mofas, Gual fue dando a conocer algunos de sus dramas, como Silenci, Hores d'amor i de tristesa, Donzell qui cerca muller y Arlequí vividor.

Alternando con estas obras originales, que obedecen a una estética simbolista de signo maeterlinckiano, el dramaturgo catalán presentó tragedias griegas, obras de Shakespeare, comedias de Molière, Goldoni y Beaumarchais y dramas de Ibsen y Maeterlinck, muchos de ellos por primera vez en la Península. En Misteri de dolor (1899), drama rural en el que algunos críticos han querido ver el antecedente inmediato de La malquerida de Benavente, el autor no pudo eludir un tono más realista, apoyado en el ejemplo presente del teatro de Guimerà.

El teatro de Adrià Gual

Quizá la aportación más importante de Adrià Gual no fue su teatro, hoy relativamente olvidado, sino la intención y aun los resultados de sus esforzadas actividades de promotor que quebrantó la tradición estancada del teatro catalán de la Renaixença y abrió una ventana a los aires europeos y universales del arte escénico. Su producción se inició con el estreno de Silenci (Silencio) el año 1898; fue en la primera sesión del famoso Teatre Íntim que fundó y dirigió el propio autor. Sucesivamente estrenó La culpable en el año 1900, L'emigrant (El emigrante) el mismo año, y Els pobres menestrals (Los pobres menestrales) en 1908. Esta última obra es la historia de una familia barcelonesa cuyo patrimonio se ve menguado por los infortunios; el dramaturgo estudió en ella las raíces psicológicas de la nueva situación en cada personaje.

La pobra Berta (La pobre Berta), estrenada en 1916, desarrolla la vida de la muchacha de este nombre, que arrastra, como una ignominia ante la sociedad, una caída pasional, de la que tiene un hijo al que ha de soportar como una carga. Misteri de dolor (Misterio de dolor), estrenada en 1899, es una de sus mejores obras y quizás la que marca con más claridad la ruta que se propuso Gual. Centra el drama el problema del destino como una realidad ineludible; aunque, en algunos momentos, el sentido de la fatalidad a la manera del "fatum" griego se cierne sobre los personajes, nunca pierden éstos su honda vibración ni su calidad humana.

Donzell qui cerca muller (Doncel que busca esposa), que se estrenó en 1910, es en realidad un poema escenificado. El clima nebuloso de sueños y sorpresas casi mágicas responde a la estética de Maeterlinck, en la que tan profundamente se inspiró Adrià Gual. También, entre otras, escribió La comèdia extraordinària de l'home que va perdre el temps (La comedia extraordinaria del hombre que perdió el tiempo), estrenada en 1918, y Arlequí vividor (Arlequín vividor), que vio la luz en 1919. La primera cuenta la historia de un indiano riquísimo que vuelve a su aldea natal con la intención de transformarla y de construir en ella un gran palacio. Pero pronto se da cuenta de que, si bien por su dinero se le respeta, en el fondo le desprecian; además, nadie le conoce, porque ha pasado más de un cuarto de siglo. El indiano se refugia en su antigua casa, y allí es despojado de sus riquezas por unos bandoleros.

La obra de Adrià Gual como propagador del teatro extranjero de la época es tan importante como su obra original, que responde a las directrices del modernismo catalán, heredero a su modo del idealismo germánico (Haupmann), del prerrafaelismo inglés (Wilde) y del simbolismo francés (Maeterlinck). "Su postulado consistía en que todas las artes interviniesen y se fundiesen en el arte dramático", escribe Francesc Curet refiriéndose a la estética y a los principios de su arte.

Adrià Gual buscó ante todo la armonía, la calidad poética y el valor del "misterio", bajo el signo, por ejemplo, de los Espectros de Ibsen. Gustaba de hacer intervenir en sus dramas personajes puramente simbólicos o abstractos, para realzar así el clima de novedad (novedad frente al teatro más "realístico" que le precedió) o de "misterio" y de "fábula", siguiendo así las directrices que entonces prevalecían en el teatro europeo. Por esta razón su obra se resiente de un cierto hermetismo, más patente para el público de su época y más atenuado ahora, después de los descubrimientos pirandelianos. Los argumentos de sus piezas exploran los problemas más íntimos, aquellos que quedan en los arcanos del alma y no se traslucen en actitudes dramáticas externas o en gesticulaciones extemporáneas. Su teatro es por ello un poco irreal y, a veces, paradójico.