Honoré Riqueti de Mirabeau

(Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau; Bignon, Francia, 1749 - París, 1791) Político y ensayista francés. Hijo del reconocido economista Victor Riqueti, marqués de Mirabeau, cursó estudios en la Abbe Choquard de París. A su término ingresó, por voluntad de su padre, con quien mantuvo una tensa y difícil relación, en un regimiento militar de Saintes. Poco dado a la disciplina militar, fue detenido por conducta impropia y encarcelado. En 1772 contrajo matrimonio con Émile de Marignane, una rica heredera, y poco después su padre ordenó su ingreso en prisión por acumulación de deudas. Tras conocer a María Teresa Richard de Ruffey, que se convirtió en su amante, escapó a Suiza, donde ésta le siguió. En 1777 fue nuevamente detenido y encarcelado y, en prisión, escribió sus célebres Cartas a Sofía, nombre literario de María Teresa. Fue puesto en libertad en 1780 y durante los siguientes años trabajó como agente secreto para varios ministros y hombres de Estado y escribió varias obras de contenido histórico. Tras el estallido de la Revolución Francesa, fue una de las figuras más relevantes de la Asamblea Nacional.


Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau

Hijo de un pensador y economista vinculado a la escuela fisiocrática, el marqués Victor Riqueti de Mirabeau, a los dieciocho años fue enviado a un regimiento de caballería de guarnición en Córcega, donde, apenas llegado, sostuvo un impetuoso altercado con el coronel, y conoció por primera vez la prisión por orden de su padre.

Puesto en libertad, Honoré Gabriel Riqueti vuelve a la casa paterna y comienzan algunos años de estudios desordenados: propone nuevas formas de cultivo en las tierras de su padre, proyecta planes contra las inundaciones y escribe un opúsculo acerca del régimen despótico con que Génova había gobernado Córcega, que su padre no le deja publicar. Son los primeros síntomas de una creciente oposición entre padre e hijo que acabaría separándoles. El padre, partiendo de las doctrinas fisiocráticas, era partidario de los déspotas ilustrados, en tanto que Honoré se declaraba rebelde contra toda autoridad: chocaban dos generaciones, y la segunda anunciaba la Revolución.

En 1772 se casa con la hija del marqués de Marignane; pero poco después es encarcelado por deudas. De nuevo en libertad, se bate en duelo por el honor de su hermana y es encarcelado otra vez en el castillo de If, donde conquista la benevolencia. Trasladado a la fortaleza de Faux, se hace también pronto dueño de la situación: entra, sale, escribe memorias y publica su Ensayo sobre el despotismo (1775), que ha sido considerado como uno de los primeros manifiestos de la Revolución. Esta obra juvenil fue redactada rápidamente, según confiesa el propio autor, "sin plan, sin orden, más como una profesión de fe del ciudadano que como obra literaria".

Siguiendo las huellas de Rousseau, Riqueti expone en el Ensayo sobre el despotismo una concepción de la naturaleza humana que, basándose en el respeto a la primitiva bondad, ve aumentada su sana eficiencia con el progreso de una sociedad de órdenes libres, y señala entre las pasiones más difundidas de la naturaleza humana el ansia de dominio; de ella surge la hidra del despotismo, que toda sociedad iluminada por sanos principios ha de aplastar al nacer, educando a los hombres en el respeto recíproco y el desprecio a la servidumbre.

Con sencilla argumentación, animada por acentos de cálida pasión, Riqueti dibuja el concepto de libertad sobre la base todavía "ilustrada" de los derechos naturales. El contraste ideal entre libertad y despotismo, agudizado por la realidad dolorosa del Estado francés, repite los motivos clásicos del anticesarismo de Tácito y se resuelve en el énfasis oratorio propio de la época, donde se halla ya el nervio del futuro tribuno. Es notable y fecunda la resplandeciente concepción (afín a Montesquieu) de un orden libre y consciente, igualmente libre de la sumisión y de la anarquía, donde la institución monárquica, sin ser instrumento de opresión, sino garantía de justicia, comparte con los representantes de la nación los cuidados del gobierno. El Ensayo sobre el despotismo contiene, en germen, todo el programa político de Honoré Gabriel Riqueti, su gran y desesperada batalla.


Honoré Gabriel Riqueti (detalle de
un retrato de Francois Louis Lonsing)

Durante su reclusión conoció a María Teresa Richard de Ruffey (a quien había de inmortalizar con el nombre de Sophie), la cual a los dieciocho años habla sido dada por esposa a un setentón, el marqués de Monnier. Enamorados locamente uno de otro, huyeron a Holanda. En Ámsterdam vivió de traducciones, trabajando desde el amanecer hasta la noche (había aprendido por sí solo el inglés y otras lenguas), y encontró tiempo, sin embargo, para escribir un ensayo sobre la música.

Pero después de nueve meses de vida feliz, fueron detenidos por doble orden del padre y del marido. Sophie fue internada en un correccional y más tarde en el convento de Sainte-Clare en Gien; durante los primeros meses de reclusión dio a luz una niñita, Sophie-Gabriel. Honoré Gabriel Riqueti fue encarcelado en el torreón del castillo de Vincennes, donde permaneció en una estrecha celda desde 1777 a 1780, escribiendo, además de las famosas Cartas a Sofía y de las Cartas políticas, una serie memoriales en defensa propia, relatos pornográficos, gramáticas, diálogos, tragedias, traducciones de Tácito, Tibulo y Boccaccio, y un estudio: Des lettres de cachet et des prisons d'Etat, en el que propone la reforma de las instituciones.

La correspondencia activa y apasionada que se cruza entre el convento y el torreón durante esos años (1777-1780) es el núcleo de las célebres Cartas a Sofía. Publicado en 1792, este epistolario amoroso, filosófico y político nos da a conocer al conde de Mirabeau de cuerpo entero, con la grandeza y las bajezas de su naturaleza, con la violencia y la inmoralidad congénita de su temperamento, pero también con sus generosas aspiraciones, con su cultura enciclopédica y la magnificencia de su forma oratoria. Hay en ellas la viril melancolía de las almas fuertes, para las cuales la desventura no es más que un acicate que las impele más poderosamente al torbellino de la lucha. Son cartas de un padre que idolatra a su hija, la pequeña Sophie-Gabriel, objeto de sus ansias, de sus deseos, de sus sueños: "Je vis dans cette enfant", escribe una porción de veces. Inmensamente dulces y tristes son las cartas que nos hablan de la niña muerta.

Calmado con el tiempo el tumulto de los sentidos, las cartas se tornan charlas interminables de viejos amigos puestos a prueba y unidos uno a otro por la desventura. Mirabeau es ateo, y las Cartas a Sofía son un manual de ateísmo formal e indiscutible. Incrédulo por naturaleza, considera todos los cultos como invención humana. Los grandes problemas metafísicos no dicen, por lo tanto, nada a su espíritu, y si se ve obligado a hablar de ellos, lo hace tímidamente para decir que los ignora y para demostrar que es incapaz de comprender su importancia. Ya hablen del dolor, de las esperanzas, de la desesperación del ilustre encarcelado, ya traten de las más altas cuestiones políticas, las Cartas a Sofía son una larga improvisación escrita en la que resplandece con todo su brío el genio del conde de Mirabeau.

Puesto en libertad en 1780, Honoré Gabriel Riqueti sufrió dos procesos, uno promovido por el marido de Sophie y otro por su propio suegro. Estos procesos, que revelaron su notable temple de orador y de abogado y su audacia revolucionaria, le valieron, en Provenza, una gran popularidad, que le fue muy útil en el momento de las elecciones a los Estados Generales. Salió triunfante de estos procesos escandalosos, pero más pobre que antes, y se vio obligado a empeñar sus vestidos para vivir. Pero poco después, un préstamo de su madre (30.000 libras) le permite llevar una vida adecuada a su fama: tiene carroza y amantes, y viaja.

En 1784 pasa una breve temporada en Inglaterra, donde prepara el material para las Considérations sur l'ordre de Cincinnatus, en las que denuncia el germen de una aristocracia nobiliaria en América, recientemente libertada. Las instituciones inglesas le dejaron indiferente: era natural, si se tiene en cuenta que era hijo de la tradición política francesa, tan distinta de la insular. En París publica, poco después, la Dénonciation de l'agiotage au roi, en donde denuncia las maniobras que llevan a los Estados a la bancarrota y ataca monopolios y privilegios.

Por este trabajo fue expedido contra él un mandamiento de prisión; pero pudo salvarse refugiándose en Berlín, donde esperaba encontrar, en aquellos momentos en que estaba a punto de morir el gran Federico (1786), abundante material para sus observaciones políticas. En efecto, cuando subió al trono Guillermo II, le dirigió una carta en la que le aconsejaba conceder a su pueblo toda una serie de libertades, incluso la de imprenta, y en la que le decía al final que seria digno de él "ne pas trop gouverner". Durante esta estancia suya en Berlín mantuvo con Charles Maurice de Talleyrand una correspondencia cifrada que sería publicada con el título de Histoire secrète de la Cour de Berlin.

En 1788 apareció La Monarquía prusiana bajo Federico el Grande, obra que estaba dirigida, como él mismo dijo, a sus conciudadanos sobre todo, ya que es evidente que son las costumbres y la vida de Francia y no las de Prusia las que pretende describir en su tratado. La Revolución ya no se haría esperar y muchos síntomas la anunciaban; en este breve período escribe Riqueti otras obras que revelan cómo iba preparándose para los nuevos acontecimientos. Reanuda el problema del agio (Dénonciation de l'agiotage, Suite de la dénonciation de l'agiotage); dirige una Adresse aux Bataves que constituye una vigorosa reivindicación de la soberanía del pueblo; y publica la Histoire secrète de la Cour de Berlin, que ofendió vivamente a todos los soberanos y que Luis XVI mandó quemar.

En las elecciones para los Estados Generales fue rechazado por la nobleza provenzal, y se hizo elegir entonces por el Tercer Estado de Aix y de Marsella. Escogió la representación de la primera de estas ciudades; y fundó en París el Journal des États Généraux, que fue suprimido muy pronto por Jacques Necker, pero que reapareció inmediatamente con el título de Courrier de Provence.

El 23 de junio de 1789, ante la orden del rey de disolverse, fue el portavoz del vacilante y confuso deseo del Tercer Estado de resistir; pero, al mismo tiempo, trató de evitar que la Revolución chocara contra el poder real como contra un enemigo irreductible; y esto quizá no tanto porque era "profundamente monárquico" como porque quería privar a las clases privilegiadas de la ayuda del monarca. Se mostró partidario de una monarquía templada, constitucional, en la que veía la derrota de la nobleza y del clero y la posibilidad de que el Tercer Estado asumiera el papel de nueva clase dirigente. Pero no comprendía que la monarquía nunca podría transformarse en monarquía burguesa, ni veía que la causa monárquica estaba estrechamente ligada a la de las clases feudales.

Por ello, la difícil y oscura maniobra que trató de llevar a cabo para acercar el soberano a las ideas de la Revolución estaba condenada al fracaso; su tentativa de fundir la monarquía con la democracia era inviable y la Revolución seguiría caminos distintos de los que él hubiera deseado. Tras el asalto en octubre de 1789 al palacio de Versalles, el rey había quedado prácticamente en cautiverio; la reina se entrevistó en secreto con Riqueti para pedirle que fuese su consejero. Riqueti aceptó, y pronto circuló la especie de que había traicionado la causa revolucionaria.

Un año después se evidenciaba que, pese las recomendaciones de Riqueti, la monarquía aspiraba a aplastar la Revolución. Cuando el conde de Mirabeau fue elegido presidente de la Asamblea Nacional en marzo de 1791, las acusaciones de la izquierda arreciaron. Sin duda no hubiera podido mantenerse mucho tiempo en tal situación, y de hecho un año después de su fallecimiento salieron a la luz documentos que demostraban su relación con los monarcas. Su muerte, ocurrida a consecuencia de una inflamación del diafragma, consternó y conmovió sin embargo a todos los franceses, que habían visto en su vehemente elocuencia una de las más sólidas defensas del espíritu revolucionario.

Sus Discursos (pronunciados en los Estados de Provenza y en los Estados Generales) fueron publicados en cinco volúmenes en la colección de sus trabajos en el seno de la Asamblea Nacional Francesa (1791). De entre ellos merece citarse el manifiesto A la nación francesa del 11 febrero de 1789, en el que el conde de Mirabeau establecía los principios fundamentales en los que se inspiraba su lucha política, empeñada en conciliar las fuerzas vivas de la Revolución con las conservadoras. El secreto del éxito de su oratoria está en colocarse por encima de las polémicas, afinadas y exasperadas por el rigor lógico, y en devolver todas las cuestiones desde su árida abstracción a una más inmediata y humana relatividad, "pues no es siempre oportuno consultar solamente el derecho sin conceder nada a las circunstancias".