Jacques Rogge

(Gante, 1942) Médico y deportista belga, octavo presidente del Comité Olímpico Internacional (COI). Jacques Rogge nació el 2 de mayo de 1942 en Gante, Bélgica, aunque vive en Deinze, en el seno de una familia pudiente. Los Rogge son católicos practicantes desde hace varias generaciones. El padre de Jacques, Charles Rogge, era un industrial flamenco de Gante, de derechas y francófono, lo que le inducía a hablar en francés con su familia. Era el propietario de Roggelec, una boyante fábrica de material eléctrico.


Jacques Rogge

Los estudios que Jacques Rogge finalizó en 1966 le convirtieron en doctor en medicina, especializado en medicina deportiva y cirugía ortopédica por las Universidades de Bruselas y de Gante. Ejerció también como profesor de medicina deportiva en la Universidad Libre de Bruselas y en la de Gante.

Rogge conserva la prestancia de su pasado atlético. En su juventud practicó varios deportes, sobre todo rugby y vela, disciplina en la que representó a su país en los Juegos Olímpicos de México ’68, Munich ’72 y Montreal ’76. A título individual, fue campeón del mundo de la clase Finn, dos veces subcampeón y 16 veces campeón belga.

Jugó también diez encuentros internacionales con la selección nacional de rugby, un deporte que le sigue apasionando, por encima incluso de la vela. Fue jefe de la delegación belga en los Juegos Olímpicos de invierno de Innsbruck ’76 y Calgary ’88, y de los de verano de Moscú ’80, Los Ángeles ’84 y Seúl ’88.

Una vez retirado del deporte activo, continuó su relación con el deporte en cargos directivos. Conoció a Juan Antonio Samaranch en 1979 en la embajada de España en Moscú, a raíz de la celebración de la Espartaquiada, un año antes de los Juegos Olímpicos moscovitas. Entonces ya empezó a imbuirse del espíritu olímpico, que le transmitió definitivamente el entonces presidente del Comité Olímpico Belga, Raul Mollet, a quien Samaranch impuso la Orden Olímpica: «Todo lo que he aprendido técnicamente del deporte se lo debo a él. Me captó cuando yo competía y jamás me había planteado entrar en ningún comité hasta que él me lo propuso». A raíz de ello fue nombrado presidente de la comisión médica de la Federación Belga de Vela, y, desde 1989, fue presidente del Comité Olímpico Belga y dirigió la Asociación de Comités Olímpicos Europeos antes de ingresar en el COI.

La llegada al COI

Se integró en el COI en 1991, y fue miembro del consejo de la Agencia Mundial Antidopaje. En 1992, un año después de ingresar en el COI, ya era miembro de la comisión médica, de la que sería nombrado vicepresidente en 1994. Llegó al COI en el momento apropiado. Y lo aprovechó. En 1995, dos años después de que Sydney ganase a Pekín en Montecarlo, comenzó el seguimiento de los Juegos Olímpicos que se iban a celebrar en la citada ciudad australiana en 2000. En 1998 entró en la comisión ejecutiva, el «cerebro» del COI, por lo que las posibilidades de suceder a Samaranch, que seguramente lo eligió pensando en él como posible sucesor, se multiplicaron.

En 1999 fue nombrado vicepresidente de la comisión médica y responsable de la coordinación de los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004, como antes lo había sido de los de Sydney, que gracias a él fueron los mejores de juegos de la historia. Allí cimentó su prestigio entre la familia olímpica, que empezó a ver en él al sucesor ideal de Samaranch, en una clara apuesta continuista.

En la votación del 16 de julio de 2001, celebrada en el Salón de las Columnas del palacio Dom Soyuzov, antiguo centro de reunión de la nobleza moscovita, Rogge derrotó a otros cuatro candidatos: la estadounidense Anita L. Defrantz, miembro del COI desde 1986 y vicepresidenta de la Federación Internacional de Remo; el multimillonario surcoreano Un Yong Kim, miembro de la ejecutiva del COI también desde 1986 y quien no encajó demasiado bien la derrota; el canadiense Richard W. Pound, miembro del COI desde 1978, ex nadador olímpico y presidente de la Agencia Mundial Antidopaje, y el húngaro Pál Schmitt, miembro del COI desde 1983 y embajador en España entre 1993 y 1997.

Juan Antonio Samaranch, quien ostentó la presidencia del Comité Olímpico Internacional (COI) más tiempo que nadie, con la excepción del barón Pierre de Coubertin (veintitrés años), se despidió ganando sus últimas batallas: logró que Pekín fuera elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2008, que él fuera nombrado presidente honorario y que su sucesor fuera el que había sido su delfín y mano derecha durante la década en la que el movimiento olímpico se benefició de sus mayores transformaciones. Por si acaso, dijo: «Dejaré trabajar en paz a Rogge, pero si me necesitan, siempre estaré ahí». Su sombra se percibía alargada. Además, la asamblea del COI aprobó la admisión de seis nuevos miembros, entre ellos el hijo del presidente saliente, Juan Antonio Samaranch Salisachs.

El triunfo de Rogge significaba también la victoria de Europa, que sólo cedió una vez la presidencia en los 107 años de historia del COI, durante el mandato del estadounidense Avery Brundage, entre 1952 y 1972, a pesar de que Estados Unidos ha luchado denodadamente por colocar a uno de sus representantes al frente del máximo organismo deportivo.

Rogge ganó la votación en la segunda ronda: 59 papeletas a favor por 23 de Kim, 22 de Pound y 6 de Schmitt, mientras que la estadounidense Defrantz fue eliminada en la primera ronda, en un hecho que los movimientos feministas interpretaron como clara muestra del machismo imperante en el COI, cuya estructura, se afirma, está copiada fielmente de la Iglesia católica: COI = Vaticano; comités nacionales = conferencias episcopales nacionales, y federaciones internacionales de diversos deportes = órdenes religiosas con cierta autonomía, pero sujetas al dictamen de Roma).

Rogge se convertía así en el segundo belga que presidía el COI, después de que Henri de Baillet-Latour, fundador del comité olímpico de su país, ejerciera el cargo de 1925 a 1942, año de su fallecimiento. Rogge fue elegido para un mandato de ocho años, al cabo de los cuales podrá presentarse a la reelección por otros cuatro.

La elección de Rogge llevó la alegría también a Cadaqués, localidad gerundense que hizo famosa Salvador Dalí y en la que el nuevo mandatario del COI acostumbra a pasar sus vacaciones desde que era un niño en la casa que ha heredado de su padre. Es entendido y coleccionista de arte moderno. Su conocimiento de España le convierte, además, en un buen aliado para las candidaturas de Sevilla y de Madrid para ser sedes de los Juegos Olímpicos de 2012. Podría decirse que ha ganado el «más español» de los candidatos.

Habla holandés, flamenco (como su gran amigo el campeón ciclista Eddy Merckx), francés, inglés, alemán y español, y hasta chapurrea el catalán de la Costa Brava. Charles Rogge se hizo construir una casa cerca del hotel Retamar, casa que ha heredado su hijo mayor. Philip, el hermano de este último, le ha imitado y tiene también vivienda en propiedad en la localidad ampurdanesa, donde practica también la vela como su ya famoso hermano.

Su esposa, Anne Bovijn, a la que conoció a los diecinueve años, es médica anestesista, y comparte las inquietudes de su marido, aunque se dedica mayormente a la educación de sus dos hijos. El Caballero, distinción que le otorgó el rey Balduino, es consciente de que su vida va a cambiar. Diez días antes de la votación, realizó su última intervención quirúrgica, pero abandonará definitivamente el quirófano para irse a vivir en Lausana, como lo hizo su admirado Samaranch, de cuyo consejo desea gozar aún muchos años.

Los desafíos del olimpismo

Los retos inmediatos de Rogge son seguir luchando contra el dopaje en el deporte, controlar el gigantismo de los Juegos Olímpicos, luchar contra la posible corrupción y preservar el movimiento olímpico de la influencia de los gobiernos. Y si hay que cortar por lo sano, lo hará como buen cirujano que es. Rogge ha afirmado: «Lo mejor es prevenir los problemas, no curarlos, como hizo Samaranch. Éste ha sido su secreto. Pero, si se necesita cortar, yo puedo cortar sin problemas».

En los últimos años del siglo XX, los Juegos Olímpicos se convirtieron en un gran negocio televisivo, y con ello el COI ganó en independencia, pues se tornó autosuficiente, hasta el punto de poder costear la participación olímpica de los países pobres. La labor de Rogge en Sydney y Atenas le permitió entrar en contacto con todos los sectores implicados en el montaje de los Juegos, que aprecian sus buenas maneras, su sentido práctico y su rectitud. Hasta la Comisión Europea se felicitó por su triunfo, porque «su elección simboliza el éxito de los valores primordiales de la Comisión Europea, como el juego justo, la apertura y la solidaridad», que Rogge ha hechos patentes como presidente de los Comités Olímpicos Europeos y como miembro fundador de la Agencia Mundial Antidopaje.

En 1980 no llegaban a 40 los países con medalla, cuando en Sydney fueron 80. Sin embargo, ello ha generado un gigantismo excesivo y la hiperprofesionalización de los Juegos, algo contra lo que Rogge deberá adoptar medidas. Para ello, dijo que esperaba contar con la colaboración de los candidatos derrotados, porque «en esta competición hay un ganador, pero no perdedores».

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