Isabel I de Inglaterra

 
El apoyo del pueblo. Isabel subió al trono en 1558, tras la muerte de María I. Contaba entonces 25 años y tenía la tez muy blanca, los ojos pequeños y vivos y el rostro anguloso, más atractivo que bello. Estaba orgullosa de su cabellera roja y de sus manos largas y finas, pero detestaba el tono masculino de su voz y sus dientes irregulares. Todos sus biógrafos coinciden en señalar que lo más fascinante en ella no eran sus atractivos femeninos, sino su poderosa personalidad. Isabel aborrecía todo cuanto semejase a una influencia o un dominio sobre ella. No tenía el menor deseo de renunciar a su independencia, le repugnaba el matrimonio y sabía que un sucesor no tardaba en convertirse en un enemigo. Por eso, cuando la Cámara de los Comunes le suplicó que se casara "para asegurar el incierto porvenir de la dinastía, falta de herederos ingleses", Isabel respondió sin titubear que ya se había unido a un esposo, el reino de Inglaterra, y que todos y cada uno de sus súbditos eran sus hijos. La expectación inicial que había despertado su coronación se convirtió pronto en una lealtad popular que hizo posible su permanencia en el trono, pese a las dudas que sobre la legitimidad de su nacimiento esgrimían sus enemigos. Isabel sujetó firmemente las riendas del poder, demostrando desde el inicio de su reinado una visión política de objetivos claros y una gran astucia para los asuntos de Estado. En la imagen, Procesión de la reina Isabel a Blackfriars (c. 1600), de Robert Peake.

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