La borra del café

Dividida en cuarenta y ocho cortísimos capítulos, esta novela del escritor uruguayo Mario Benedetti, publicada en 1993, teje un relato biográfico, cuajado de innumerables anécdotas, sobre la infancia y la juventud del protagonista, Claudio. Con una prosa sobria, precisa y cargada de cálida ironía, la obra, ordenada cronológicamente, comienza con la descripción de la familia. Los padres, dos personas enamoradas y risueñas, tienen, sin embargo, gustos y opiniones diametralmente opuestos sobre casi todo. Esto les conduce, entre otras muchas cosas, a cambiar constantemente de vivienda y de barrio.


Mario Benedetti

A la vez, las continuas mudanzas comportan que el hijo tenga durante lustros cierta confusión sobre la realidad objetiva de los acontecimientos. Así, a lo largo de su juventud mantiene como hecho verídico una ensoñación acaecida en los tiempos de la mortal enfermedad de su madre. Este sueño, encarnado por una niña llamada Rita, se le reproduce posteriormente en diversas ocasiones y, si bien toma pronto conciencia de que se trata de algo inalcanzable y platónico, su vida no sigue un camino definitivo y voluntariamente real hasta que logra identificarlo con claridad como un fenómeno onírico.

Ello sucede durante un vuelo de trabajo a Quito a bordo de una rocambolesca compañía aérea, la Aleph Airlines, durante el cual cree oír al comandante mencionar que aterrizarán en Mictlán. No es casual que Mario Benedetti escogiera ambos nombres. El primero, el nombre de la compañía aérea, coincide con el título de una obra en la que el escritor argentino Jorge Luis Borges aborda el sentido y significado del tiempo, la presencia y concepto de la muerte, la trascendencia y metamorfosis de la palabra, el enigma del universo y la comprensión de la eternidad. El segundo, Mictlán, era el nombre que otorgaban las culturas precolombinas mexicanas al reino de los muertos.

Desde el fallecimiento de su madre, que le arrancó de cuajo del despreocupado y alegre reino de la infancia, la incomprensión de este fenómeno biológico persigue a Claudio. A ello se asocian una morbosa y enigmática atracción por la huidiza figura de la muchacha que en aquella ocasión entró en su habitación para consolarle trepando por la higuera del jardín vecino, así como por la hora del trágico acontecimiento: las tres y diez.

Esta hora, que repite en obsesivos dibujos de relojes, encierra para él algo mágico, y cualquier anécdota sin importancia que en este tiempo suceda cobra una dimensión desproporcionada. Gracias a otra muchacha, Mariana, de la que se enamora, y con la que congenia y quiere casarse, Claudio toma verdadero contacto con la realidad, pone fin a su juventud y entra en la madurez.

Mientras tanto han ido desfilado, a lo largo de la narración, un sinnúmero de personajes. Algunos le han enseñado que, a pesar de las circunstancias adversas, se puede encontrar la felicidad, como el ciego Mateo, un amigo de los años mozos, y su esposa Luisa. Otros le han ayudado a descubrir los goces del sexo, los múltiples matices del matrimonio y de la amistad, la proximidad de la miseria o el placer por las pequeñas cosas cotidianas y propias que aportan estabilidad al individuo: "Volver a tu casa todas las noches te dará un poco de confianza, no mucha, pero un poco, en medio de este mundo tan poco confiable", le dice su tío Edmundo, un viejo luchador sindicalista, cuando Claudio acude a comunicarle que ha ganado bastante dinero en la ruleta y que esto le permite comprarse un piso y casarse con Mariana, pero que se siente egoísta por ello conociendo las devastadoras secuelas de la guerra.

Esta contienda, la Segunda Guerra Mundial, se encuentra presente a través de las noticias periodísticas, como los lanzamientos de bombas atómicas por los norteamericanos, o por el testimonio de un exiliado judío cuyos padres perecieron en un campo de concentración nazi. Pero se trata sólo de un eco lejano que llega de forma intermitente y sacude levemente el plácido discurrir de la vida en Montevideo.

Esta ciudad y sus diferentes barrios se perfilan con nitidez, así como sus gentes y el pensamiento que las anima. Por estos conciudadanos, sobre todo por los corrientes, "grises" como él dice, el protagonista siente verdadera pasión. Se detiene en una esquina desde donde los observa para aprender detalles y matices de la conducta humana y poder compararlos con los protagonistas literarios de sus febriles lecturas. El resultado es una obra transparente que rezuma amor por la sencilla vida cotidiana. Y ello a pesar de la profundidad de algunos de los temas que trata.