El pabellón de oro

Publicada en 1956, esta novela del escritor japonés Yukio Mishima se basó en un hecho real y tiene como protagonista a Mizoguchi, que es al mismo tiempo el narrador de la historia. Hijo de un monje budista encargado de la custodia de un templo enclavado en lo alto de una colina perdida, Mizoguchi escucha desde niño, de boca de su padre, continuados relatos acerca del Pabellón de Oro, un templo del siglo XIV, rodeado por un hermoso jardín, que forma parte del monasterio Zen de Rokuojuji.

Por no haber ningún colegio apropiado cerca del templo donde habita, Mizoguchi es acogido en casa de uno de sus tíos, desde donde todos los días se traslada a pie hasta el colegio. De complexión débil, y tartamudo por añadidura, a menudo es objeto de las burlas de sus compañeros, a los que un día, sin saber casi por qué, contesta que no deberá someterse a la disciplina de la Escuela de Mecánicos de la Marina para la cual les preparan, donde "tartamudo o lo que sea... se endereza a todo el mundo", porque piensa ser monje como su padre.


Yukio Mishima

Con su padre, que está enfermo, efectúa su primera visita al Rokuojuji. El padre le pide a Tayama Dosen, prior del monasterio y viejo compañero suyo de estudios, que si falta se ocupe de la educación del joven. Enamorado de una hermosa muchacha llamada Uiko, Mizoguchi es despreciado cuando intenta acercarse a ella; indignado, llega a desear la muerte. A partir de ahora, todas las mujeres con las cuales entrará en contacto le recuerdan a Uiko. A ello se suma el adulterio de su madre, del que es testigo sin decir nada a su padre, ya muy enfermo. Cuando el padre descubre el engaño, tapa los ojos a su hijo para que no siga viendo cómo la madre, mientras duermen todos juntos en la misma estera, se entrega al pariente que les visita. Todo ello habrá de pesar para siempre en las futuras relaciones de Mizoguchi con el otro sexo.

Muerto el padre, Mizoguchi entra como novicio en el Rokuojuji, donde es protegido por el prior, que le ordena bonzo y costea sus estudios en la universidad. Cada vez más atraído por el Pabellón de Oro, atribuye esta obsesión a su fealdad, lo que le imposibilita para la acción, y comienza a pensar en la posibilidad de su destrucción durante un bombardeo. "Sí, lo más probable -se decía- era que mañana el Pabellón de Oro ardería; que sus formas que llenaban el espacio se esfumarían... Entonces, el fénix de su techo reviviría y emprendería un nuevo vuelo, como el inmortal y legendario pájaro. Y la maravilla, no ha mucho prisionera de su forma, se convertiría en pura ligereza. Rompería sus amarras y en todas partes manifestaría su presencia, sobre las aguas de los lagos, sobre el oleaje sombrío de los mares, arrojando dulces claridades al azar de sus derivas..."

El Pabellón no será destruido durante un bombardeo, pero sí lo será por obra de Mizoguchi, quien lo incendia al final de la novela, tras verse decepcionado por todos, incluso por el prior, quien lleva una doble vida, visitando todas las noches los burdeles de la ciudad. También Mizoguchi lo intenta, pero fracasa debido al recuerdo de Uiko y a la obsesión por la belleza y también la pureza representadas por el Pabellón. Todo ello le hará chocar con el prior, al que defrauda ex profeso para manifestarle de tal manera su oposición; con ello se esfumarán sus esperanzas de verse nombrado su sucesor en la dirección del templo, nombramiento largamente acariciado por su madre y el mismo Mizoguchi, que sólo conseguirá sentirse liberado tras incendiarlo.

Una vez realizado el acto, se pondrá a fumar "con el espíritu de un hombre que, terminada su labor, echa un pitillo. Quería vivir." Son las palabras con las que termina el libro; un libro que constituye un profundo estudio psicológico de su protagonista, quien, marcado por un sinnúmero de acontecimientos y defraudado en todas sus esperanzas, ha de recurrir a un acto profanatorio para liberarse de todos sus fantasmas, que no le dejan vivir y le impiden acercarse a sus semejantes y realizar sus más insignificantes pero acuciantes deseos.

La novela, ambientada en parte en los últimos años de la segunda guerra mundial, además de ilustrar al lector occidental sobre los usos y costumbres de los monasterios japoneses, también ofrece amplios escorzos de la vida del Japón de aquel momento, tan rica en contrastes; contrastes que también están continuamente representados en el ánimo de su protagonista, uno de los personajes más atormentados de Mishima, del que en cierto modo nos ofrece una imagen espiritual. Por ello no debe extrañar que al rodar el filme biográfico Mishima (1984), Paul Schader se sirviera ampliamente de esta obra.

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