Gabriel García Márquez

 
Vivir para contarla. En 2002 Gabriel García Márquez publicó una primera entrega de sus memorias con el título Vivir para contarla. Se trata de una autobiografía novelada que cubre una parte de la vida del autor (desde su nacimiento hasta la primera mitad de la década de los años cincuenta).

Siguiendo la habitual estructura circular de su otras obras, el libro abre con la visita que su madre le hizo cuando él tenía 23 años, vivía en Barranquilla y pretendía ser escritor. Ella quería llevarlo a Aracataca para vender la casa de los abuelos. Empieza entonces un viaje a la semilla que tiene el tono y el tema de un cuento menor de García Márquez, y que revela la génesis de una de sus más perfectas novelas, La hojarasca (1955). Durante el reencuentro con ese pueblo de fantasmas en que se había convertido Aracataca, él comprendió que ése era el mundo sobre el cual debía escribir.

Cuando se cierra ese círculo familiar, se abren otros: sus tiempos de estudiante en Bogotá, sus prácticas de periodismo en Medellín, su regreso efímero a la casa de sus padres... Pero siempre hay saltos atrás, a la infancia, como para apuntalar el presente. Girando y dando vueltas, la historia avanza: desde que está en Barranquilla colaborando asiduamente pero casi gratis en la prensa local y pergueñando sus primeros cuentos, debidamente kafkianos, hasta que en 1956, después de haber publicado su futuro Relato de un náufrago en El Espectador, por cuestiones de seguridad, sus jefes lo envían a Europa. La biografía queda interrumpida en el momento de su primer viaje a Europa y del inicio, a través de una carta, de su relación de toda la vida con Mercedes Barcha.

El sentido de su título queda claro en su epígrafe: "La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla". La inmensa fama del escritor propició una primera edición en todos los países de habla hispana de un millón de ejemplares. Se estima que se pagaron por sus derechos entre cinco y diez millones de dólares, pero el monto exacto se guarda celosamente en secreto.