Adrien Brody

(Nueva York, 1973) Actor estadounidense. Adrien Brody nació en la ciudad de Nueva York, en el barrio de Queens, el 14 de abril de 1973. Muchacho rebelde, se educó en un colegio de su barrio, denominado Woodhaven, y completó sus estudios clásicos en la Fiorello LaGuardia High School.

Su madre, la fotógrafa húngara Sylvia Plachy, afamada reportera de The Village Voice, declaraba en un artículo reciente en el popular periódico neoyorquino que Adrien manifestó desde muy pequeño una soltura increíble delante de la cámara, ya que solía acompañarla en sus reportajes y siempre se las arreglaba para aparecer en las fotografías; por otra parte, era muy observador, y una vez en su casa imitaba a las personas que había visto en la calle o en el metro, y también solía ofrecer espectáculos de magia a sus amigos en las fiestas de cumpleaños.


Adrien Brody

Estas aptitudes la convencieron de que debía orientarlo hacia la actuación, y a los once años lo envió a estudiar a la Academia de Arte Dramático de Nueva York; más tarde, ya por propia decisión, continuó en la High School for the Performing Arts. Tampoco el profesor de historia Elliot Brody fue ajeno a este compromiso adquirido con la futura profesión de su hijo, y llegó a tomarse un año sabático para acompañarlo durante su primera estancia en Los Ángeles.

Primeros trabajos

Comenzó a actuar a los doce años. Su primer trabajo fue interpretar a uno de los siete enanitos de Blancanieves en un centro social de Queens, pero pronto debutó en el Off Broadway con la obra Family Pride in the fifties, y no tardó en aparecer en televisión, primero en el telefilme Home at last, de la cadena PBS, luego en la serie Annie McGuire, de la CBS, y posteriormente, en la misma cadena, con un papel más destacado en el programa de Mary Tyler Moore.

A fines de 1988 resultó elegido en un casting y al cabo de unas semanas inició el rodaje de La vida sin Zoe, el episodio que rodó Coppola para Historias de Nueva York (1989). Tan extraordinario debut, sin embargo, no surtió los efectos inmediatos que cabía esperar, y pasaron tres años antes de que sus peculiares rasgos llamaran la atención de otro director.

Fue el realizador argentino Juan José Campanella, por entonces residente en Nueva York, donde inició su carrera, quien buscaba adolescentes muy especiales para su primer largometraje, El niño que gritó puta (1992), una pequeña joya del cine indie que tuvo una apreciable distribución internacional. Pero ni éste, ni su siguiente trabajo, El rey de la colina (1993), que disfrutó en las taquillas del recién adquirido prestigio de su director, Steven Soderbergh, lo catapultaron a la fama.

Tuvo que trabajar mucho y escoger bien. Rechazó, por ejemplo -y se felicita por ello-, una oferta para intervenir en Pearl Harbour (2000), en favor de una larga preparación en mítines, reuniones sindicales y foros hispanos para ser uno de los protagonistas de Pan y rosas (2000), una nueva manifestación reivindicativa del británico Ken Loach, en este caso la de un grupo de limpiadores mexicanos sin papeles en Los Ángeles, que estuvo lejos de los magníficos resultados de otros títulos suyos.

Artista camaleónico

El gran revés de su carrera, no obstante, ya lo había sufrido con La delgada línea roja (1998), inteligente alegato pacifista del singular Terrence Malick. Brody fue contratado para uno de los roles principales, y como tal pasó más de seis meses de arduo rodaje en Australia. Antes del estreno del filme, la revista Vanity Fair lo presentaba bajo el título «Pronto estará compitiendo en la liga de los grandes», y equiparaba su nombre al de sus compañeros de reparto, Sean Penn y George Clooney.

Pero, al parecer, su papel protagonista fue recortado en la mesa de montaje y se quedó tan sólo en una frase. El único saldo positivo de esta triste experiencia es que el imprevisible Malick lo recomendó a Spike Lee como el gran actor que es, y le mostró las escenas cortadas de su película.

El inquieto realizador neoyorquino supo que tenía ante sí al actor idóneo para encarnar al punky sospechoso de asesinato en Nadie está a salvo de Sam (1999) y Brody pudo mostrar una vez más sus dotes de transformer con una cresta multicolor por fuera y una mirada profunda por la que asomaba su negrura interior. Dicen que fue en ese joven con estética punk víctima de la intolerancia donde Polanski vio a su Szpilman. Lo que debió de ver, en realidad, fue la capacidad de transfiguración de su futuro protagonista.


Su papel en El pianista le valió un Oscar

Brody cuenta que la película que le hizo ver por primera vez la metamorfosis del actor fue El cazador (Michael Cimino, 1978). A partir de esa visión entendió que cada personaje exigía una personificación especial, y desde entonces todos los que encarna lo suelen acompañar durante los preparativos, el rodaje y hasta unas semanas después de terminada la filmación: «Algo así como el sobrepeso de Robert de Niro en Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980), que llegó a cambiarle hasta el carácter...». Aquella fue sin duda una implicación equiparable a la que él mismo llevó a cabo en El pianista.

La cima: el Oscar

Brody se hizo con el papel de Wladislaw Szpilman, un pianista polaco que consiguió sobrevivir a la ocupación nazi en Varsovia, después de que otros 1.400 aspirantes que respondieron al anuncio de un periódico británico se vieran rechazados.

Si fueron su vulnerabilidad, las raíces judeopolacas y húngaras que tal vez trasluzca su aspecto o sus nociones musicales (toca el sintetizador y compone hip hop; desde luego nada que ver con Chopin, pero dicen que fue capaz de interpretar él mismo al piano el Nocturno con que arranca la película) las que convencieron al realizador, o bien fue la mirada, como prefiere pensar el propio actor («Miré a la cámara sin decir nada durante muchos minutos: la mitad final del filme es muda porque el personaje vive aislado y en silencio. Quizá fue eso.»), poco importa ya, vistos los soberbios resultados y el reconocimiento obtenido en todo el mundo.

Parte de la leyenda de Brody será contar que para empaparse del personaje abandonó su piso de Manhattan, vendió su coche y, muy corto de divisas, se fue a vivir a Europa, donde se sometió a una dieta estricta, durante los seis meses previos al rodaje. Estuvo en Varsovia y la ex Alemania Oriental, visitó el campo de concentración de Auschwitz y los barracones militares de Jüteborg, y a Andrzej Szpilman, hijo del músico. Al término de tan dura experiencia había perdido 15 kilos y dicen que a su novia, pero su mente y su cuerpo estaban preparados para ganar la celebridad.

Y lo consiguió, primero en Europa, donde ganó el César por su papel, y luego en la meca del cine, Estados Unidos, donde, contra todo pronóstico (era su primera nominación y competía con actores consolidados como Michael Caine o Jack Nicholson), la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood lo llevó a la cima al concederle el Oscar al mejor actor.

Quince años de trabajo y más de una veintena de títulos en su haber no hicieron de Adrien Brody un actor conocido por el gran público, y esto a pese a que en su currículo figuran directores del prestigio de Francis Ford Coppola, Spike Lee o Ken Loach. El Oscar resarció ese injusto anonimato, y además lo convirtió en el ganador más joven de la historia del premio.

Y todo gracias a un realizador vetado en Estados Unidos, cuyo historial hace de él uno de los personajes más «socorridos» de la crónica negra de Hollywood. Pero Roman Polanski es para todo el mundo -y para Hollywood en particular- el autor de tres o cuatro obras maestras del cine, y se le respeta como tal. También es sabida su fama de director exigente con los actores.