Manuel Fernández Caballero

(Murcia, 1835 - Madrid, 1906) Compositor español. Destacado y prolífico autor de zarzuelas, aportó al género más de doscientas piezas, que incluyen títulos tan celebrados como El dúo de la Africana (1893) y Gigantes y cabezudos (1898).

Fue el menor de dieciocho hermanos; muy niño, perdió a sus padres y fue recogido por su cuñado, el violinista Julián Gil, que fue además su primer maestro. Dotado de excepcionales y precoces facultades, aprendió el violín y el piano, además del flautín, que tocaba ya a los siete años en una banda de su ciudad natal. Cantó como soprano en la capilla de los Padres Agustinos y aprovechó la estancia en Murcia del célebre armonista Indalecio Soriano Fuertes para estudiar composición. Más adelante aprendió el cornetín, el figle y el oboe.


Manuel Fernández Caballero

En 1850, o sea cuando contaba quince años, se trasladó a Madrid, donde siguió recibiendo lecciones de Soriano Fuertes, y también de Hilarión Eslava e Isaac Albéniz. Ingresó en el Conservatorio y obtuvo en 1856 el primer premio de composición. Se costeó sus estudios actuando como primer violín en el Teatro Real, de donde pasó a director de orquesta del Teatro Variedades y posteriormente del Lope de Vega, Circo y Español. En aquella época compuso un oficio de difuntos y otras piezas de música sacra y de danza, y adaptó para banda y orquesta piezas de ópera.

En 1853 ganó unas oposiciones para maestro de la Capilla de Santiago de Cuba; pero no pudo ocupar la plaza por no haber alcanzado la edad que se requería. Llevado de su afición al teatro, consiguió que Luis Eguilaz le diera el libreto de la zarzuela La vergonzosa en palacio para ponerle música. Casi al mismo tiempo estrenó Tres madres para una hija, con libreto de Antonio Alverá, obra que firmó con el seudónimo de Florentino Durillo. Siguieron La jardinera, La reina topacio, Un cocinero y El loco de la guardilla.

En 1864 marchó a Cuba como director de orquesta de una compañía de zarzuela. La estancia en Cuba de nuestro compositor se prolongó por espacio de siete años, dedicados casi por completo a la enseñanza y a organizar conciertos en los que sólo tomaban parte sus discípulos. Vuelto a Madrid en 1871, estrenó El primer día feliz, que renovó los triunfos alcanzados antes de su marcha. En 1884 pasó a Lisboa y de allí a Sudamérica para poner en escena sus zarzuelas, que también en aquellas latitudes alcanzaron los éxitos obtenidos en Madrid.

En 1891 fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid, pero el mucho trabajo que sobre él pesaba fue robándole el tiempo que necesitaba para redactar el reglamentario discurso de entrada. Unas cataratas en los ojos le fueron nublando la vista, hasta el punto de que apenas si pudo escribir de su puño y letra la música de El dúo de la Africana (1893). Ya casi ciego, tuvo que dictar La viejecita, Gigantes y cabezudos y El señor Joaquín a su hijo Mario.

Una feliz intervención del doctor Mansilla le devolvió en gran parte la vista y finalmente pudo escribir primero, y pronunciar después, el discurso de entrada, que versó sobre Los cantos populares españoles considerados como elemento indispensable para la formación de nuestra nacionalidad musical. En 1903 el gobierno le concedió la Gran Cruz de Alfonso XII, cuyas insignias le regaló su ciudad natal por suscripción popular.

En 1904 celebró sus bodas de oro con la música con brillantes actos conmemorativos que tuvieron lugar en el Teatro de la Zarzuela. Los últimos títulos de su abundante producción de zarzuelas fueron María Luisa y La cacharrera. Músico de extraordinarios méritos, que había sabido conquistar la popularidad, al morir fue objeto de grandes honras fúnebres.