Galileo Galilei

El ensayador

Impresa en Roma en 1623 en edición al cuidado de la Accademia dei Lincei y dedicada por los académicos a Urbano VIII, esta obra del científico italiano Galileo Galilei tiene como título completo El ensayador, en el cual con balanza exquisita y justa se ponderan las cosas contenidas en la "Libra astronómica y filosófica de Lotario Sarsi Sigensano", escrito en forma de carta al ilustrísimo y reverendísimo Monsing. D. Virginio Cesarini. El libro incluye dos composiciones poéticas en alabanza de Galileo, una en latín, por Giovanni Faber, y otra italiana por Francesco Stelluto.

De las cuatro obras principales de Galileo, El ensayador es, por su contenido científico, muy inferior a El mensajero sideral (1610), al Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo (1632) y a los Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias (1638). Sin embargo, ocupa en la literatura italiana un lugar de excepcional importancia, sobre todo por la eficacia de su estilo polémico que, con dialéctica estricta y en una forma mordaz y humorística, se propone demoler las bases en que se funda su adversario.


Galileo en la Universidad de Padua (óleo de Félix Parra)

Las causas de esta polémica, la cual, al decir de Niviani, fue la raíz de todos "los sinsabores que padeció el señor Galileo desde aquella hora hasta sus últimos días, bajo eterna persecución en toda acción y discurso suyos", deben buscarse en la aparición de tres cometas ocurrida en 1618, de los cuales el de noviembre, de excepcional resplandor, pasó sucesivamente por las constelaciones de Bootes, de la Balanza (Libra) y del Escorpión.

Una lectura pública celebrada en Roma por el padre Horacio Grassi, del Colegio Romano de los Jesuitas, e impresa con el nombre de Disputatio Astronomica, suscitó una réplica indirecta de Galileo, el cual, por medio de su discípulo Mario Guiducci expresó sus opiniones en el Discurso de los cometas (1619). En este discurso el autor comienza por desechar las teorías más conocidas y se inclina por la de los pitagóricos, los cuales afirmaban que aquellos fenómenos eran meras apariencias debidas a la acción de los rayos solares sobre la tenue materia evaporada por la tierra. Esta idea, manifiestamente equivocada, estaba mucho más alejada de la verdad que la de Grassi, el cual, basándose en la pequeñez del paralaje, opinaba que el cometa tenía origen celeste y poseía un movimiento propio, hipótesis que ya había sostenido muchos años antes el astrónomo danés Tycho Brahe.

El padre Grassi reaccionó con la Libra astronómica y filosófica, obra firmada con el nombre de Lotario Sarsi Sigensano. Galileo se dispuso a la réplica y apostilló un ejemplar de la Libra que ha llegado hasta nosotros. Pero no expuso hasta mucho después, en El ensayador, sus contrarréplicas, rebatidas luego por Grassi con la Ratio ponderum Librae et Simbellae, obra también apostillada por Galileo, que finalmente abandonó la controversia.

El título de El ensayador (tasador de metales y piedras preciosas) es una contraposición irónica respecto al del tratado de Grassi: la libra es una "balanza romana grosera" cuando se la compara con una balanza de ensayador, "las cuales son tan exactas que yerran menos de una sexagésima de gramo". Después de una alusión a las "animosidades en difamar, defraudar y vilipendiar" todo lo apreciable que él había producido con las obras de su ingenio, esto es, reprobando el plagio de Capra al apropiarse del invento que Galileo había descrito en su obra Operaciones del compás geométrico y militar (1606) y la audacia de Simón Mago al declararse autor del descubrimiento de los satélites de Júpiter, Galileo inicia la parte crítica fundamental de El ensayador. Ésta consiste en tres "Exámenes" de las tesis de Grassi; el segundo examen está subdividido en tres cuestiones, y el tercero en cuatro proposiciones.


Portada de la primera edición de El ensayador (1623)

En el primer examen, Galileo denigra con poco acierto la demostración de Tycho Brahe relativa al paralaje del cometa, sosteniendo que el paralaje no tiene valor para determinar la posición de los cometas porque éstos no son más que apariencias, y discute acerca de su movimiento, afirmando que no se efectúa ni por círculos ni por parábolas. En cambio lleva ventaja cuando combate a Sarsi, el cual creía que el aumento proporcionado por el telescopio dependía de la distancia, y cuando afirma que el catalejo no aumenta el tamaño de las estrellas fijas.

En el segundo examen aporta nuevos argumentos acerca de la naturaleza, el lugar y la forma de los cometas. Al partir Galileo del erróneo principio de que son meras apariencias debidas a los rayos solares, las razones que aporta son inadecuadas para debilitar la tesis de su adversario, aunque seducen por la forma irónica y la destructora dialéctica intercalada de demostraciones geométricas, aptas a lo sumo para descubrir el error en el razonamiento formal del adversario, pero no para determinar el valor de sus premisas.

En el tercer examen, después de refutar la doctrina aristotélica de la multiplicidad de los orbes sólidos de los planetas, pasa a discutir acerca de la relación entre frotamiento y calor, y sobre los experimentos efectuados por Grassi a propósito del arrastre de los fluidos por la rotación de superficies sólidas. Galileo parece inclinado a aceptar la existencia de una sutilísima sustancia etérea entre las esferas terrestres, pero no ve bien clara la adherencia entre cuerpos sólidos y fluidos y por ello niega la producción de calor por ese frotamiento.

Para sostener la tesis de que el frotamiento en los fluidos puede generar calor, Sarsi había recurrido a testimonios históricos, entre ellos el de los huevos cocidos por los honderos babilonios mediante la rápida rotación de la honda. Es justamente célebre el pasaje en que Galileo se burla de tal testimonio, pero, en sustancia, aunque esta parte de la obra es una de las de lectura más agradable, no nos da la medida del valor científico del gran florentino. Aun reconociendo en otros muchos pormenores la elegancia de exposición, debe reconocerse que los méritos indiscutibles de esta obra se hallan lastrados por la inexactitud de su contenido científico, tal vez causado por un abandono excesivo a la polémica agresiva y también por las limitaciones de la física experimental de su tiempo.

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