Camarón de la Isla

Debe considerarse a Camarón como la figura fundamental del “nuevo flamenco”, denominación que engloba a una serie de intérpretes y compositores surgidos en las últimas décadas del pasado siglo que incorporaron ritmos procedentes de otras músicas a la tradición flamenca, con la intención de enriquecer y hacer evolucionar este estilo musical.


Camarón en concierto (1990)

El genio, el desgarro, lo que vino en llamarse “el duende” del cantaor de San Fernando es algo indiscutible, pero lo que realmente le hizo único frente a otros grandes del flamenco fue, sin duda, su versatilidad, su capacidad para adoptar cualquier palo con tal de que éste sirviera para expresar su arte y, sobre todo, su capacidad de transmisión, su facilidad para llegar al público, para emocionar gracias a su privilegiada voz. La forma con que Camarón sentía el flamenco, desde dentro, poniendo todos sus sentidos al servicio de su voz, era un rasgo que incluso los mejores cantaores del momento, incluido Morente, respetaban y admiraban.

A todo esto debía sumarse una personalidad afable y generosa, aunque también con marcados rasgos de reserva y timidez; de hecho, nunca asimiló su éxito; no quería convertirse en un personaje público, en un líder de masas.

La temática de sus cantes dan una idea de la personalidad de Camarón, donde plasma la identidad de un pueblo y su propia desesperación; en los textos elegidos es habitual la mención de la muerte y la futilidad de la vida, propios de la crisis existencial de sus último años, algo que contrasta con el canto a la vida, al amor y a la mujer de sus primeros tiempos, aunque siempre es recurrente la aceptación de su condición de gitano, la reivindicación de su raza y de sus costumbres, y la protesta por las condiciones, a menudo vejatorias, que padecen sus individuos, girando alrededor de uno de sus temas favoritos, recurrentes en la cultura gitana: la libertad (no es, así, extraño encontrar alusiones a la cárcel en sus temas). El soporte literario que más utilizara Camarón fue la obra de Lorca, del que cantara varias poemas en distintos discos.


Portada del mítico álbum La leyenda del tiempo (1979)

Fundamentalmente los palos que cantaba fueron por alegrías, tarantos, tangos, fandangos y, sobre todo, bulerías, aunque también hizo lo propio con soleares, rumbas, malagueñas, martinetes, villancicos, peteneras, cantiñas y sevillanas, entre otras. Sus detractores le encasillaban en los cantes festeros, y le achacaban cierta mediocridad en otro tipo de palos, como las seguidillas o las granaínas; en cualquier caso, estas críticas responden precisamente a la rigidez del flamenco que había conocido Camarón, y no a la amplitud de miras de un artista que buscaba en todos los rincones posibles de su arte para encontrar la forma de llegar mejor al público.

Aunque Paco de Lucía y Tomatito fueron los guitarristas de los que fundamentalmente se acompañó, también hizo pareja con Antonio Arenas, Paco Cepero, Sabicas, Ramón de Algeciras, Raimundo Amador y Juan Manuel Cañizares. Por otra parte, fruto de su personalidad siempre inquieta, colaboró con varios artistas, e incluso intervino en dos cortos y en un largometraje realizado en Francia, además de una aparición en la peculiar visión del flamenco de Carlos Saura, en su filme Sevillanas.


Una imagen temprana de Paco de Lucía y Camarón

A pesar de que su empresa discográfica no atendió demasiado al mercado internacional en vida del artista, ya que sólo se exportaron sus discos a Francia y Japón, lo cierto es que realizó giras por varios países del mundo. Siendo así, no es de extrañar que grandes figuras de la música contemporánea de todo el mundo hayan reconocido su admiración por la figura de Camarón, como pueda ser el caso de Chick Corea, Miles Davis, Peter Gabriel, Mike Jagger, Quincy Jones, David Byrne, Milton Nascimento, Bono (líder de U2) o Gilberto Gil.

Camarón ha escrito probablemente las mejores páginas de la historia del cante flamenco junto a Antonio Mairena y Manolo Caracol. Aún hoy sigue sin escucharse una nueva voz capaz de medirse con la del Príncipe gaditano, aunque les duela a los mismos que mientras vivió se afanaban en replicar que Camarón no era más que una copia de éste o de aquél.