William Dieterle

(Ludwigshafen, 1893 - Taufkirchen, 1972) Director de cine alemán. Políticamente comprometido con los delicados momentos sociales que le tocó vivir, William Dieterle supo no obstante mezclar la agitación propagandística con el éxito comercial que demandaba la industria de Hollywood, hasta el extremo de erigirse gracias a sus películas en el cronista por excelencia de alguno de los principales acontecimientos de la historia mundial, en un "moderno Plutarco" (como se le llamó en la época) capaz de relatar en imágenes los momentos más significativos de la biografía de seres tan distantes en el tiempo y el espacio como Louis Pasteur, Emile Zola, Benito Juárez o Richard Wagner.


William Dieterle

Séptimo hijo de una modesta familia obrera, Wilhelm Dieterle (su verdadero nombre, antes de que se lo cambiara durante su paso por los Estados Unidos) mostró desde pequeño un gran interés por el estudio de la historia y por el arte dramático. Con objeto de poder costearse sus estudios en ambas materias, trabajó durante un tiempo vendiendo estiércol y haciendo recados para una pequeña mercería local. Sin embargo, su familia le convenció para que aprendiese el oficio de carpintero, en el que siempre podría refugiarse si su carrera de actor resultara un fracaso.

Pero ya en 1920 fue descubierto en los escenarios teatrales aficionados por el mítico Max Reinhardt, toda una institución de la escena alemana que primó al actor por encima del texto y cuyos montajes se caracterizaron por un extremado barroquismo. Dieterle permaneció a las órdenes de Reinhardt durante más de cuatro años, lo cual le abriría de paso las puertas del cine.

Después de varias películas como protagonista, tuvo ocasión de debutar tras las cámaras en 1923 con Der mensch an wege, primer paso de su carrera en Alemania, donde alternó largometrajes de ambientación histórica (Ludwig der zweite, könig von Bayern, 1929) con comedias musicales (Eine stunde glück, 1930). Pero agobiado por las crecientes deudas económicas provocadas por varios de estos films, cuyo elevado coste hacía complicada su rápida amortización en las taquillas, en julio de 1930 decidió dar el paso definitivo: partir a Estados Unidos, contratado por la Warner con un sueldo notable para la época. Esta empresa productora buscaba talentos europeos con experiencia en el teatro para acometer films sonoros, una novedad tecnológica que ellos mismos se habían encargado de lanzar al mercado de forma estruendosa.

Su irrupción en Hollywood no pudo ser más afortunada: El último vuelo (1930), según la novela autobiográfica de John Monk Saunders, fue un exitoso drama de aviación capaz de adelantarse a su tiempo y cuya notoria excentricidad para los cánones de la época se percibió como el intento de captar la atención de un público algo más elitista del convencional.

Aupado a ese pedestal de cineasta para intelectuales que sin embargo podía llegar a ser bien aceptado por los espectadores populares, Dieterle encadenó una batería de producciones de serie B, como el melodrama futurista Seis horas de vida (1932), el cosmopolita drama histórico Amanecer escarlata (1932), la exótica opereta Adorable (1933) o el policiaco Fog over Frisco (1934). Este último film, protagonizado por Bette Davis y que todavía merece los honores de ser la película más inquieta de la historia del cine, enlaza a velocidad de vértigo panorámicas en cascada, cambios de angulación, sucesivos fundidos encadenados o trepidantes travellings, con el añadido de una imagen rodada a 22 fotogramas por segundo para acentuar la sensación de rapidez en las proyecciones.

Madame Du Barry (1934), una magna superproducción de época, señaló su ascenso a la categoría de director estrella de la Warner. Esa circunstancia, unida a la antigua relación de amistad, le hizo convertirse en el supervisor de El sueño de una noche de verano (1935), adaptación del clásico escrito por William Shakespeare a cargo del mentor teatral de William Dieterle, Max Reinhardt.

Tras esta experiencia, no del todo bien recibida por los espectadores, iniciaría su prolongada serie de adaptaciones biográficas con La tragedia de Louis Pasteur (1936), a la que siguieron casi de inmediato La vida de Emilio Zola (1937) o Juárez (1939). A dispatch from Reuter's (1940), donde se glosaba la figura de Paul Julius Reuter, creador de una de las mayores agencias mundiales de información periodística, evidenció que ese filón de las biografías épicas de personajes históricos estaba tocando a su fin, por lo que Dieterle decidió reorientar su carrera hacia la propaganda antibelicista.

Nada más abandonar la Warner, y tras haber realizado una fugaz incursión en United Artists con Blockade (1938) -un film ambientado en la Guerra Civil española que tomaba claro partido por el bando republicano-, los servicios de propaganda nazi filtraron falsos rumores acerca de las presuntas intenciones que tenía Dieterle de ofrecer sus servicios a Adolf Hitler, mentira que motivó una estrecha vigilancia hacia el director por parte del FBI.


El hombre que vendió su alma (1941)

Ese momento de dificultad personal lo remontaría poniendo en marcha su propia productora para rodar El hombre que vendió su alma (1941), la fantástica historia de un diablo que ofrece el ascenso social a cambio del alma de su víctima. Este relato mágico similar al de muchas leyendas y cuentos, que en cierto modo es una variación sobre el "Fausto" de Goethe y donde se mezclan misterios medievales con reflexiones sobre la moralidad, aspiraba a mezclar realismo con aspectos sobrenaturales, al tiempo que criticaba los efectos del capitalismo sobre las personas humildes y la corrupción política.

Película de culto alabada por la crítica cinematográfica mundial, El hombre que vendió su alma tuvo sin embargo un escaso éxito en su estreno, que pese a todo no arredró a Dieterle. Tampoco lo haría poco después la pesadilla que para toda la industria de Hollywood supuso Tennessee Johnson (1942), en cuyo proceso de elaboración se vivió desde el trágico fallecimiento del productor hasta la amenaza de destruir el negativo original por miedo a tumultos racistas.


Jennie (1948)

La remontada definitiva se produjo con Jennie (1948), cuyo complejo rodaje a causa de las exigencias del productor David O. Selznick pasó no obstante a la mítica de Hollywood: nueve meses de filmación donde todo fue reescrito o retocado una media de cuatro veces para una película cuyo disparatado coste resultó imposible de amortizar en las taquillas. Con todo, esta obra admirada por los intelectuales europeos y muy especialmente por los surrealistas (Luis Buñuel no titubearía en catalogarla como una de las diez películas más bellas del mundo) supo mezclar de forma poética sueño y realidad, otorgándole a sus imágenes un hermoso carácter de cuento mágico donde la muerte es vencida por el auténtico amor.

Este monumento a la pasión amorosa cerró el ciclo triunfal de Dieterle en la Meca del Cine. A partir de ese momento alternó proyectos rutinarios (Ciudad en sombras, 1950, o Sólo una bandera, 1951) con films comerciales de aventuras llenos de tópicos (La senda de los elefantes, 1954). Su retorno a una Europa devastada tras la Segunda Guerra Mundial y fatigosas rememoraciones del añejo esplendor en el tratamiento de biografías célebres (Fuego mágico: la historia de Richard Wagner, 1956) tampoco contribuyeron a mejorar el panorama. Desde comienzos de la década de los sesenta, William Dieterle decidió centrarse en el mundo del teatro y de la televisión.