Roberto Gavaldón

(Jiménez, 1909 - Ciudad de México, 1986) Director de cine mexicano. Pese a mantenerse como uno de los más activos y exitosos cineastas en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Roberto Gavaldón mantuvo un férreo academicismo que, inevitablemente, fue denostado por la crítica especializada de su país, que lo identificó con una arcaica línea defensora de un cine nacional.

Tras un viaje por Estados Unidos, en donde pretendió cursar la carrera de odontólogo, Roberto Gavaldón decidió entrar de lleno en el mundo del cine. En 1933 dio sus primeros pasos como extra en películas como Almas encontradas, de Rafael J. Sevilla, y El prisionero trece, de Fernando de Fuentes. A partir de 1936 desarrolló un intenso aprendizaje como ayudante de dirección al lado de algunos de los realizadores de más renombre en aquellos años.

Demostró su saber hacer con Gabriel Soria, a quien consideró su maestro, en ¡Ora Ponciano! (1936), La bestia negra (1938), Mala yerba (1940) o Casa de mujeres (1942), entre otras. También lo reclamó Chano Urueta para Jalisco nunca pierde (1937) y El conde de Montecristo (1941), y asistió en Su admirable majadero (1938) a Alberto Gout, quien le dio la oportunidad de ser coguionista de Café Concordia (1939).


Fotograma de La diosa arrodillada (1947), de Roberto Gavaldón

A lo largo de toda una década, las más de treinta películas en las que intervino como ayudante de dirección le dieron una experiencia que no tardó en aplicar desde un puesto de mayor relieve. En 1943 ya pudo codirigir algunas películas como Las calaveras del terror, con Fernando Méndez; Tormenta en la cumbre, con Julián Soler, y Naná, con Celestino Gorostiza. Estas películas le animaron a abordar su primera obra como director, para lo cual eligió una novela de Vicente Blasco Ibáñez, La barraca.

Este proyecto, inevitablemente, se convirtió en una de las más relevantes iniciativas del exilio español, pues Gavaldón se rodeó de un elevado número de profesionales que, finalizada la guerra civil española, se habían afincado en México. Los resultados artísticos del filme fueron arropados por la obtención de diez Arieles (los premios al cine mexicano que se instituyeron ese año), entre ellos a la mejor película y al mejor director.

A mediados de los años cuarenta, Roberto Gavaldón formó parte del grupo del Sindicato Técnico de la Industria del Cine (STIC) que promovió la alfabetización audiovisual en las escuelas. También formó parte del Sindicato de Trabajadores de la Producción (STPC). Desde ese momento pasó a desarrollar tareas de director y guionista e inició una trayectoria que no estuvo exenta de polémica, tanto por el estilo que impregnó su trabajo creativo como por algunos controvertidos planteamientos, especialmente por el tono melodramático que infundió a muchas de sus películas.

Desde Corazones de México (1945), historia de trasfondo propagandístico, Gavaldón confirmó su predilección por un estilo solemne y ampuloso en el que primaba el distanciamiento como norma y casi como seña de identidad. De este modo quedaría encasillado como un director formalmente correcto del que difícilmente se podía esperar algún rasgo renovador o alguna propuesta que se saliera de una convención plenamente asumida.


Macario (1960)

Su cine, muy artificial, contó no obstante con la colaboración de algunas de las más prestigiosas estrellas mexicanas. A lo largo de los años, Gavaldón dirigió a María Félix y Arturo de Córdova (La diosa arrodillada, 1947; Miércoles de ceniza, 1958), Dolores del Río y Jorge Mistral (La otra, 1946; La casa chica, 1949; Deseada, 1950), Pedro Armendáriz (La noche avanza, 1950; El rebozo de soledad, 1952), Libertad Lamarque (Acuérdate de vivir, 1952; Historia de un amor, 1955; Los hijos que yo soñé, 1964) o Ignacio López Tarso (Macario, 1960; Rosa Blanca, 1961; Días de otoño, 1962).

Esta amplia filmografía tuvo un trasfondo común: el melodrama social o revolucionario, con ambientes folclóricos sobre cierta mitología artística. Se reprochó a Gavaldón, en muchos casos, el haberse mantenido al margen de las exigencias de las historias que tuvo entre sus manos. En este sentido, sorprendió enormemente en la etapa final de su carrera que una película como El gallo de oro (1964), para la que contaba con un argumento de Juan Rulfo y con la colaboración en el guión de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, no lograra convertirse en todo un éxito. El problema radicó, fundamentalmente, en la frialdad narrativa del director. Tres años antes, su película Rosa Blanca (1961), sobre la expropiación petrolífera mexicana, fue sorprendentemente prohibida y no pudo verse en México hasta 1972; su estreno no descubrió las razones que habían motivado su censura.

A la largo de su carrera, Roberto Gavaldón contó con la especial colaboración del novelista y guionista Javier Revueltas, con quien trabajó, a partir de La otra (1946), en La sombra del puente (1946), Rosauro Castro (1950) o Las tres perfectas casadas (1952), entre otras. También trabajó con Julio Alejandro en De carne somos (1954), Después de la tormenta (1955) y Miércoles de ceniza. Una más estrecha colaboración la encontró en Gabriel Figueroa, el más prestigioso de los directores de fotografía del cine mexicano, responsable de buena parte de sus películas.

Los nombres de Figueroa, María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz y Arturo de Córdova y la firma de Gavaldón despertaron todo tipo de aplausos por fomentar un tipo de cine "nacional" (una muestra fue La escondida, de 1955, el primer melodrama producido en color). Sin embargo, muchos de los más renovadores e inquietos directores y críticos de la época no compartían este entusiasmo, y reclamaron otras señas de identidad que afianzasen un cine propio, diferenciado y universal.

A finales de los años cincuenta, Roberto Gavaldón fue uno de los diputados encargado de elaborar el proyecto de Ley de Cine que reclamaban los diversos sectores profesionales. Con anterioridad firmó una película que la productora estadounidense Eagle Lion rodó en México (Adventures of Casanova, 1947), dirigió en Argentina la historia Mi vida por la tuya (1950), que escribió con Tulio Demicheli, y rodó también en México una producción de Walt Disney, The Little Outlaw (Pablito y yo, 1953).

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