Leucipo

(También llamado Leucipo de Mileto; Mileto o Abdera, siglo V a.C.) Filósofo griego, fundador de la doctrina atomista. De la biografía de Leucipo se conoce verdaderamente muy poco. No se sabe con exactitud el lugar de su nacimiento: pudo ser Mileto o Abdera, y también Elea. Apenas se poseen noticias respecto de su vida, y hubo quien llegó incluso a negar su existencia fundándose en la frase de Epicuro «nunca ha existido un Leucipo filósofo», que en realidad es sólo un juicio desfavorable sobre su valor como tal; sin embargo, bastan los repetidos testimonios de Aristóteles para descartar la duda.


Leucipo de Mileto

Durante su juventud, Leucipo debió de seguir las tendencias de la escuela eleática; se dice que fue discípulo de Zenón de Elea, quien ilustró la doctrina de la inmovilidad del ser de su maestro Parménides con unas célebres paradojas (como la de Aquiles y la tortuga) destinadas a probar la imposibilidad del movimiento. De la lógica de la escuela eleática admitió únicamente lo que podía confirmarse con la experiencia; valiéndose, además, de elementos procedentes de la escuela de Pitágoras, llegó a concepciones contrapuestas a las de Parménides, pues afirmó la existencia del vacío y del movimiento y limitó la inmutabilidad del ser de Parménides a los átomos.

En las fuentes antiguas, las teorías de Leucipo de Mileto no resultan distintas de las de su discípulo Demócrito, lo cual induce a pensar que, por lo menos en parte, debieron ser fruto de una colaboración intelectual entre ambos; ello explicaría también por qué las obras de los dos filósofos circularon, ya desde el principio, en un conjunto único, circunstancia que llevó posteriormente a la atribución a Demócrito de los dos textos de Leucipo, la Gran cosmología y el libro Sobre el intelecto, probablemente acerca de psicología y gnoseología. Ambas obras se han perdido.

El atomismo

Como doctrina, el atomismo se desarrolló ya al final del periodo cosmológico de la filosofía griega, antes de que la figura central de Sócrates (contemporáneo de Demócrito) abordase como centro de reflexión al ser humano, iniciando el periodo antropológico. De hecho, el atomismo representa la última tentativa de dar respuesta al problema del arjé, así como a la antinomia creada por Parménides y Heráclito en sus opuestas concepciones de la realidad (el ser inmutable de Parménides frente al «todo fluye» de Heráclito).

Desde la escuela de Mileto (Tales, Anaximandro, Anaxímenes), es decir, desde sus mismos orígenes, la filosofía griega había supuesto la existencia de un principio constitutivo y originario (el arjé o arché) común a la pluralidad de los seres que forman la naturaleza. Prácticamente todas las escuelas y filósofos de este primer periodo se ocuparon de esta cuestión: la escuela pitagórica, los filósofos de Elea (Jenófanes, Parménides, Zenón), la escuela jónica de Éfeso (Heráclito) y los eclécticos y pluralistas como Empédocles y Anaxágoras.

Los atomistas vieron tal principio en el átomo: el universo está constituido por un inabarcable número de partículas, los átomos, no perceptibles por su exigua magnitud. Los átomos son indestructibles e indivisibles (tal es el significado etimológico de «átomo»), ingenerados y eternos, y cualitativamente idénticos, pero no cuantitativamente; existen átomos de distintas formas y tamaños. La pluralidad de los seres de la naturaleza es el resultado de combinar átomos de distinta forma y tamaño en distinto número y orden.

Según Aristóteles y Diógenes Laercio, Leucipo formuló las primeras doctrinas atomistas, que serían desarrolladas por su discípulo Demócrito, y, posteriormente, reelaboradas por Epicuro y por seguidores del epicureísmo como Lucrecio. De seguir los testimonios de Aristóteles y Diógenes Laercio, la filosofía de Leucipo contendría ya todas las ideas fundamentales que configuran el atomismo: la consideración del ser (es decir, de la totalidad de lo existente) como múltiple, material y compuesto de partículas indivisibles, los átomos; la afirmación, en oposición a Parménides, de la existencia del no-ser o vacío, y del movimiento de los átomos en el vacío; la concepción determinista y mecanicista de la realidad («Ninguna cosa ocurre porque sí, sino que todas suceden según ley y por necesidad»); y la formación de los mundos mediante un movimiento de los átomos en forma de torbellino, por el cual los más pesados se separan de los más ligeros y se reúnen en el centro formando la Tierra.

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