Gina Lollobrigida

(Subiaco, 1927) Actriz de cine italiana. Junto con Sophia Loren, fue una de las actrices italianas de mayor proyección internacional en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. De orígenes muy humildes, sus inclinaciones por el mundo del arte la acompañaron desde muy joven. Su padre, carpintero, consiguió que ingresase en la Academia de Bellas Artes de Roma, donde estudió pintura y escultura. Durante una temporada pensó incluso en la posibilidad de formarse como cantante de ópera, pero la situación económica de su familia la obligó a trabajar en el mundo de las fotonovelas, que causarían un auténtico furor en la Italia de la posguerra.


Gina Lollobrigida

La joven Gina poseía una belleza rotunda y potente, muy del gusto de amplios sectores sociales en una época en la que existía en el país una gran afición a lo que se denominaron las magioratas, mujeres de pecho generoso, amplias caderas y ojos deslumbrantes. Gina estaba dentro de ese grupo, pero no por ello carecía de distinción. Debutó en el cine con Águila negra (1946), de Ricardo Freda. Un año después se presentó al concurso de miss Italia, quedando en tercer lugar (la ganadora fue Lucía Bosé), y poco a poco iría escalando posiciones, de figurante a starlette, y de ahí a papeles de muchacha seductora y coqueta.

Su primer reconocimiento le llegó cuando el eficiente director francés Christian Jacques la invitó a participar en Fanfan, el invencible (1951), una película de aventuras en el más puro sentido de la palabra que obtuvo una excelente acogida. Junto a ella, en el principal papel masculino, se encontraba Gérard Philipe, uno de los galanes por excelencia del cine europeo de aquellos años. Philipe tenía 29 años cuando se estrenó la película, y ella contaba 23; entre ambos compusieron una pareja ideal en la imaginación de un público que deseaba olvidar los desastres de una guerra que aún no había restañado su heridas.

Ese mismo año había sido llamada a Hollywood por el excéntrico pero inteligente Howard Hughes, que le ofreció un contrato por diez años. Sin embargo, tras varios meses de espera, Gina decidió romper el acuerdo y regresar a Europa. Después de la acogida de Fanfan, el invencible, la actriz rodó bajo la batuta de Luigi Comencini el filme que significó su consagración: Pan, amor y fantasía (1952), una comedia que dejaría una secuela. Lollobrigida encarnó en esta cinta a Pizzicarella, la cabeza loca del pueblo, la cual traía de cabeza al jefe de los carabineros de la localidad, papel asumido por un magnífico Vittorio de Sica. Su fortuna de mito erótico se vinculó a esa figura de muchacha campesina, descalza, exuberante, a la que ella aportaba unas dotes de actriz que contribuían a hacer más divertido el personaje, que gozó de gran popularidad.

Los posteriores fueron sus mejores años. Rodó algunos de sus títulos más importantes, entre los que cabe destacar La mujer más guapa del mundo (1955), de Robert Z. Leonard, y Nuestra Señora de París (1956), con Jean Delannoy y Anthony Quinn en el papel de Quasimodo. Cuando el contrato que la ligaba a Howard Hughes venció, la actriz italiana pudo pensar en volver a intentar la aventura americana. Ante ello había que ser realista: era una actriz aceptable, que en cierto tipo de papeles podía ser muy convincente, y disfrutaba de simpatía entre el público, pero su mejor arma estribaba en el físico opulento y la sensualidad de su belleza. Por esa razón los estadounidenses pensaban en ella, pero para papeles muy determinados.

De este modo fue la reina en Salomón y la reina de Saba (1958), de King Vidor, una película que tuvo su particular historia. El papel de Salomón fue en un principio para Tyrone Power, galán de reconocido atractivo; pero Power falleció durante el rodaje, y hubo que volver a comenzar casi todo, esta vez con Yul Brynner como Salomón, en un rodaje que tuvo lugar en España. También en Desnuda frente al mundo (1960), dirigida por Ranald MacDougall, tuvo un papel que se adecuaba bastante bien a sus posibilidades. Tenía ya 32 años y su belleza iba ganando en sabiduría cuanto podía perder en agresividad. Sin embargo, y como también fue el caso de muchos actores europeos (en especial los no británicos), sus posibilidades en el mundo de Hollywood nunca llegaron a cuajar, a pesar de las expectativas. Buona sera, señora Campbell (1968), de Melvin Frank, sería su último éxito internacional.

Los años setenta situaron su carrera en un punto muerto. Trabajaba, pero sus títulos no rebasaban lo trivial. Fue entonces cuando comenzó a dedicarse a una actividad que, en cierto modo, enlazaba con sus tiempos de juventud: había estudiado pintura, y a lo largo de estos años se fue convirtiendo en una fotógrafa de gran talento y sensibilidad. Aunque su nombre y relaciones contribuían a abrirle puertas, no se puede negar, a la vista de sus exposiciones de fotografía, que Gina poseía una finura y una inteligencia que le permitían ser algo más que un recuerdo de los tiempos en que su belleza deslumbraba a americanos y europeos.

En 1992, durante la Expo de Sevilla, Gina Lollobrigida fue una de las artistas escogidas por Italia para mostrar su obra fotográfica en el interior de su pabellón, y la crítica reconoció que, aunque debía su popularidad al cine, aquella mujer que sobrepasaba los sesenta años dominaba a la perfección otra de las artes de la imagen. Gina hizo también apariciones en televisión como invitada especial en series de máxima audiencia, como fue el caso de Falcon Crest. En Broadway tuvo una meritoria actuación en La rosa tatuada, de Tennessee Williams. Su última intervención cinematográfica fue en Las cien y una noches (1995), de la directora francesa Agnès Varda. Lollobrigida, que en sus últimos años ejerció como embajadora cultural de la república italiana, contrajo matrimonio en dos ocasiones: con Milko Skofic (1949-1968), y con George Kaufman en 1969.

Cómo citar este artículo:
Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [fecha de acceso: ].

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