Frank Sherwood Rowland

(Delaware, Ohio, 1927 - Newport Beach, California, 2012) Científico estadounidense que contribuyó al descubrimiento de la relación existente entre las emisiones gaseosas de clorofluorocarbonos (CFC) y la progresiva degradación de la capa de ozono. Sus investigaciones le valieron, junto a su colaborador mexicano Mario Molina y el neerlandés Paul Crutzen, el Premio Nobel de Química de 1995.

Frank Sherwood Rowland realizó sus estudios primarios y secundarios en las escuelas públicas de su ciudad natal, y ya desde entonces fue animado por sus profesores a dedicarse al estudio de las ciencias. Se graduó en su High School en 1943 y, al contrario que sus otros compañeros de promoción, no tomó parte en la guerra, ya que prefirió incorporarse a la Universidad, en la que se graduó en 1945, a la edad de dieciocho años.

Casi al término de la Segunda Guerra Mundial decidió enrolarse en la armada, y allí prestó sus servicios manejando el radar. Tres años más tarde tomó la determinación de terminar sus estudios universitarios, para lo cual escogió la Universidad de Chicago; consiguió una beca de la Comisión de Energía Atómica y se dispuso a conseguir el doctorado en química.

En el Departamento de Química de dicha facultad tuvo como mentor a Willard F. Libby (premio Nobel en 1960 por el desarrollo del procedimiento del carbono-14), quien introdujo a F. Sherwood Rowland en su equipo, dedicado al estudio de la química radiactiva, y le proporcionó estímulos para llegar a ser un competente investigador. Rowland tuvo la oportunidad de estudiar con científicos muy importantes, como Harold Clayton Urey, Maria Goeppert-Mayer y Enrico Fermi, que habían recibido o iban a recibir el Nobel.

Su tesis doctoral versó sobre el estado químico del ciclotrón producido en los átomos de bromino; al terminarla, en 1952, marchó a la Universidad de Princeton con el cargo de instructor del Departamento de Química. Ese mismo año Frank Sherwood Rowland contrajo matrimonio con Joan Lundberg, estudiante en su misma universidad, con la que tuvo dos hijos.

Durante los dos años siguientes estuvo trabajando para el Brookhaven National Laboratory. Experimentó con una mezcla de azúcar y litio carbonado dentro del flujo de neutrones del reactor nuclear de Brookhaven en lo que fue el primer paso para lograr la síntesis de la glucosa de tritio radiactivo, de lo cual se hizo eco un artículo publicado en la revista Science. También experimentó en un nuevo subcampo de la química atómica del tritio. Estos trabajos fueron muy del interés de la Comisión de Energía Atómica (A.E.C), que se interesó por estos derroteros de la química, y decidió subvencionarlos.

Desde 1956 fue profesor de la Universidad de Kansas, lo que le dio especiales facilidades para trabajar en radioquímica. Allí formó su propio grupo de investigación, al que se unieron numerosos estudiantes de todo el mundo, incluyendo Europa y Japón. Durante los siguientes ocho años, las investigaciones de este equipo acerca de las reacciones de los átomos de tritio fueron verdaderamente productivas.

En 1965 se mudó de nuevo, esta vez a California, para hacerse cargo del Departamento de Química de la Universidad, en el que continuó investigando junto a su equipo gracias al apoyo financiero de la A.E.C (que duraría hasta 1994, año en que la NASA pasó a constituir el principal soporte económico). La química atómica continuaba siendo el principal objeto de su atención, aunque el radio de acción se amplió al sector de la fotoquímica, gracias al uso del tritio y del carbono-14 y, más tarde, de la química del clorino y del fluoclorino con isótopos radiactivos.

En 1971 efectuó un viaje a Austria para participar en una conferencia internacional sobre la energía atómica, en la que se trataban de dilucidar los beneficios de dicha energía para el medio ambiente; en febrero de 1972 se convocó otra de estas reuniones en Fort Lauderdale, en Florida. Tales viajes resultaron decisivos para la orientación de sus investigaciones, pues a raíz de ello comenzó a interesarse por el efecto de los clorofluorocarbonos en la atmósfera.

Desde 1973, el trabajo de su grupo de investigación se encaminó cada vez más a la química atmosférica y menos hacia la radioquímica. En 1974 publicó, conjuntamente con el científico mexicano Mario Molina, un estudio que alertaba sobre el peligro que representaban para la capa de ozono los clorofluorocarbonos (CFC) empleados en aerosoles y sistemas de refrigeración; al ascender a la capa de ozono, y por efecto de los rayos ultravioletas, los clorofluorocarbonos liberan átomos clorados.

Según sus cálculos, si la humanidad continuaba utilizando los CFC, la capa de ozono desaparecería en unas décadas, predicción que llevó a ciertas limitaciones del uso de los CFC a finales de los años setenta y a la firma, en 1987, del Protocolo de Montreal para la protección de la capa de ozono. Al otorgarles el Nobel de Química de 1995, la Academia sueca de Ciencias subrayó que gracias a la labor de Rowland, Molina y Crutzen había sido posible tomar decisiones preventivas y prohibir la emisión de gases perniciosos, aunque se estimaba que se necesitaría más de cien años para regenerar los daños causados en la atmósfera.

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