Fred Zinnemann

(Viena, 1907 - Londres, 1997) Director de cine estadounidense de origen austriaco. Hombre de vasto bagaje cultural, en parte logrado durante su etapa de formación como estudiante en Viena, se interesó por la música, la escritura, la abogacía y el cine. En el primero de estos ámbitos estudió violín con el objetivo de convertirse en profesional, y más tarde derecho, hasta que su contacto con el celuloide le hizo dedicarse por completo a este arte.


Fred Zinnemann

Sus contactos iniciales con la industria cinematográfica se produjeron en el terreno del documental mudo, lo que marcaría su posterior trayectoria con el gusto por el detalle y la perfección de las imágenes. En 1927 se trasladaría a París, donde estudió un año en la Escuela Técnica de Fotografía y Cinematografía, y de regreso a Berlín entraría a trabajar como ayudante de operador a las órdenes de realizadores como Robert Siodmak, Eugene Deslaw, Kurt Land o Berthold Viertel.

El ascenso al poder del nazismo y la aparición incontestable de cine sonoro le persuadieron rápidamente de la necesidad de emigrar a los Estados Unidos. Tras la travesía se instaló en Hollywood, donde trabajó como extra para lograr después el ascenso profesional hasta convertirse en ayudante de dirección. Su debut como director se produjo al fin en 1935 con el documental Redes, aunque el verdadero éxito le llegó con el cortometraje médico That Mother Might Live (1938), galardonado con el Oscar de Hollywood, premio que repetirá en esta categoría años después con Benjy (1951).

Su primer film de ficción sería Ojos en la noche (1942), producida por la Metro Goldwyn Mayer, estudio para el que trabajó hasta 1951 como director y para el que realizó ocho largometrajes. Entre los más destacados figuraron el drama bélico protagonizado por Spencer Tracy La séptima cruz (1944), y Hombres (1950), con el entonces joven Marlon Brando en un papel estelar. Sin embargo, hasta Sólo ante el peligro (1952) su nombre no acabaría de figurar entre los más premiados del firmamento cinematográfico. Este western psicológico sobre un hombre que debe hacer frente en solitario el día de su boda a unos peligrosos bandidos, descubriendo a la vez la manifiesta insolidaridad y miedo de sus convecinos, obtuvo cuatro Oscar e inauguró un tipo de cine reflexivo y de profundización psicológica que tuvo en Zinnemann a uno de sus mejores exponentes.


Sólo ante el peligro (1952)

Tras dirigir un pequeño trabajo, abordó otra obra maestra, De aquí a la eternindad (1953). Su fuerte carga erótica y su sensualidad a flor de piel, así como su trama sentimental ambientada en los momentos previos al ataque japonés a Pearl Harbour durante la Segunda Guerra Mundial, levantaron ampollas en determinados sectores ultraconservadores, polémica que en todo caso sirvió para lanzar comercialmente un film magnífico que ganaría ocho Oscars, entre ellos los de Mejor Película y Dirección.

Oklahoma (1955), un curioso musical que tuvo el honor de ser el primero en realizarse con el sistema Todd-Ao, sirvió aún más para labrar el prestigio de Zinnemann como director de actores y acaparador de premios, entre ellos otros dos Oscars. No obstante, dando muestras de un carácter insobornable y de un afán por no acomodarse a las fórmulas de éxito, realizó a continuación Un sombrero lleno de lluvia (1957), amargo retrato sobre la vida de un toxicómano, e Historia de una monja (1959), sobre la crisis de conciencia de una encantadora muchacha sometida a las rigideces de su orden religiosa, que impiden darle el trato adecuado a los pobres de África.

Tres vidas errantes (1960) supuso un gozoso reencuentro con la actriz Deborah Kerr, a la que había dirigido en De aquí a la eternidad. Sin embargo, su éxito más incontestable en esta década de los sesenta y su cuarta obra maestra indiscutible fue Un hombre para la eternidad (1966), que narraba el conflicto religioso entre Tomás Moro y el rey Enrique VIII. Los seis Oscars cosechados por este largometraje no permitieron sin embargo darle continuidad a su carrera, que permaneció incomprensiblemente estancada durante varios años.

En 1973 retornaría a su labor detrás de las cámaras con la muy comercial Chacal (1973), sobre una novela de Frederick Forsyth, y cuatro después realizaría la intimista Julia (1977), basada en la obra literaria de Lillian Hellman, película que acabó redondeando su habitual flirteo con los Oscars obteniendo ocho nominaciones. Dicho título vino a señalar no obstante su definitivo canto de cisne: nadie parecía dispuesto a seguir financiando un tipo de películas en cierto modo desfasado desde la perspectiva de la juventud, a pesar de encontrarse sobradas de eficacia narrativa y muestras de talento. En 1982, cuando ya estaba casi retirado de la dirección, pudo todavía poner en marcha un proyecto de escasa repercusión cuyo relato transcurría en las nevadas montañas de los Alpes: Cinco días, un verano.

Fred Zinnemann representa el atípico caso de un verdadero cineasta al que cabe atribuirle al menos cuatro obras maestras incontestables (Solo ante el peligro, De aquí a la eternidad, Historia de una monja y Un hombre para la eternidad), así como un puñado más de creaciones dignas de consideración, pero que nunca ha gozado de la estima popular ni de la crítica como consecuencia de su falta de divismo, la sencillez de que hizo gala y el reparto de méritos que siempre puso por delante ante cualquiera que viniese a considerarle como autor indiscutible de los filmes que dirigió a lo largo de su carrera. A ello cabe añadir un factor no demasiado tenido en cuenta pero que durante un tiempo jugó en su contra: el deseo de realizar un cine a caballo entre la narrativa al uso en los Estados Unidos y la interiorización psicológica de determinadas propuestas europeas.

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