Bernardo Bertolucci

(Parma, 1941) Director de cine italiano. Su ambiente familiar estuvo marcado por la presencia de su padre, Attilio Bertolucci, uno de los poetas y críticos que pretendió desarrollar una estética desde concepciones marxistas. Ya desde pequeño, Bertolucci gustaba de hacer composiciones literarias y de jugar con una pequeña cámara con la que reflejar "el entorno que la vida le enseñaba".

Hacia los veinte años, un amigo del padre iba a causar una profunda huella en el alma del joven estudiante de cine; se trataba de Pier Paolo Pasolini, más conocido en un primer momento por su capacidad literaria que por la cinematográfica, que había de concederle notoriedad universal. No es de extrañar que el joven Bertolucci se sintiese desde muy pronto influido por el ideario marxista, que iba a reflejarse en buena parte de su obra posterior.

Con el paso del tiempo el propio Bertolucci llegó a considerar sus filmes como desesperados, en cuanto que denunciaban una situación crispada e injusta. Sin embargo, una visión de su filmografía parece indicar que los comentarios del propio director eran fruto de las ansias juveniles de cambiar el mundo a través del cine, corriente muy extendida entre gran parte de la juventud europea occidental de los años sesenta.

El primer y deslumbrante contacto con el cine lo tuvo de la mano de Pasolini, en Accatone (1961), en la que participó como ayudante. Poco después vino su primera película, La commare seca, en la que, con su carga marxista, describía la vida en los suburbios de Roma. No tuvo una buena acogida y, curiosamente, publicado por entonces su primer libro de poemas, Bertolucci iba a ser mejor acogido como escritor que como cineasta.

Dos años después se lanzó al rodaje de Prima de la Revoluzione, película en la que narra la historia de un personaje desengañado de su vida burguesa. El éxito, en esta ocasión, fue fulgurante. La crítica italiana batió palmas y se dijo que había aparecido un director de auténtica categoría. Lanzado a la vorágine de un cine militante, que transformase las estructuras sociales, Bertolucci comenzó a experimentar con las técnicas que en Francia había puesto de moda la "Nueva Ola", con Jean-Luc Godard a la cabeza. Es así como llegó Partner, película basada en una obra de Dostoievsky, un trabajo bastante literario y efectista.

El reconocimiento fue más efectivo con La estrategia de la araña y, sobre todo, con El conformista, de cuya fotografía se encargó el español Néstor Almendros. Inspirada en un cuento de Jorge Luis Borges, la primera de ellas, con su excelente puesta en escena y la inteligente utilización de la música, ya indicaba que el realizador había sobrepasado la fase de aprendizaje y comenzaba a desarrollar su propia personalidad.

Para muchos El conformista es una auténtica obra maestra, apoyada en las excelentes interpretaciones de Jean Louis Trintignant y Stefania Sandrelli. Ambientada en la época del fascismo, y con algún pequeño fallo en el guión en cuanto a las justificaciones del protagonista (recibe la orden de asesinar a un antiguo profesor suyo, izquierdista), la puesta en escena es un auténtico lujo, donde la luz que Almendros refleja en la película es clave para comprender los diferentes estados de ánimo del protagonista y las situaciones por las que atraviesa.

Será en 1972 cuando el director llevará a la pantalla uno de sus trabajos más comprometidos y a la par más populares, El último tango en París. Se trata de un filme desgarrador, triste, donde los seres humanos se encuentran al final de unos itinerarios morales, puesto que no han sabido o no han sido capaces de encontrar la auténtica felicidad, o mejor, el sentido de la vida.

En un París oscuro, apagado y sombrío, un hombre busca el suicidio por su reciente viudedad y sólo encuentra una muchacha que no entiende su situación. Una sodomización de la actriz principal, María Schneider, por parte de Brando, utilizando como lubricante la mantequilla, significó el punto culminante de la popularidad del filme, por encima de sus otros valores. Se hicieron colas para ver aquella secuencia en muchos cines, dejando de lado un argumento que tenía una gran belleza, aunque desoladora. Algunos consideraban que estaban ante la primera película pornográfica artística, aunque Bertolucci consideró que era más una película sobre el erotismo que erótica en sí misma.

No obstante, el prestigio y la popularidad recogidos le permitieron afrontar su siguiente título, Novecento. Un largo filme en dos partes que pretendía trazar un fresco grandioso a la manera de alguna obras rusas de la época de la Revolución. Sin embargo, la desconfianza de los productores americanos al ver el cariz que tomaba el argumento perjudicó su carrera. La distribución fue boicoteada, lo que impidió que el gran público llegase a ella con la facilidad que se había previsto. El espléndido elenco de actores, que iba de Robert de Niro a Dominique Sanda, pasando por un patético Donald Sutherland en el papel del fascista, no permitieron que las dos partes en que se concibió el filme remontasen el vuelo. La fuerza épica y la belleza pictórica del mismo son innegables, pero no se convirtió en el resultado que se esperaba.

Algo escarmentado, el director se enfrentó a un trabajo más intimista, La Luna, sobre los avatares de una diva de ópera, papel que encarnó la norteamericana Jill Clayburgh. Sin embargo, lo intimista fue derivando hacia lo grandioso y espectacular, en un tono operístico muy del gusto del director, donde la relación madre-hijo queda algo subsumida en la peculiar escenografía que rodea el filme. Es cierto que hay brillantez en algunas secuencias, pero hasta el atisbo de incesto queda un poco desvaído, alejado de la dureza que significó ese tipo de escenas en El último tango en París.

Mientras se preveía el inicio de una etapa decadente con La tragedia de un hombre ridículo, llegó la llamada de Hollywood. El marxista que había peleado por un cine de denuncia que sirviese de revulsivo de una sociedad sintió que las posibilidades casi infinitas de los grandes magnates se abrían a sus pies. Los norteamericanos reconocían sus grandes dotes y estaban dispuestos a apoyarle. Acompañado de su fiel compañera Claire People, decidió hacer las Américas.

En 1987 viajó a Pekín para realizar un gran proyecto, El último emperador (The Last Emperor), impresionante fresco que narra la vida del último emperador de China, galardonado con nueve Óscar, entre ellos, el de mejor película y el de mejor director. Sus siguientes trabajos, como El cielo protector (The Sheltering Sky, 1990) o Pequeño Buda (Little Buddha, 1994), distan mucho de la maestría mostrada por Bertolucci con anterioridad.

Con Belleza robada, Bertolucci parece volver a los orígenes, por lo menos a los estéticos; es una película casi intimista de un muchacha que busca a su padre. Rodada en Italia en parajes familiares, se aleja en gran medida del colosalismo del trabajo sobre Buda, para volver a indagar sobre clásicos fantasmas: la familia, el amor, el incesto, el arte. La película supuso el descubrimiento de una joven actriz: Liv Tyler, que sabe mezclar como pocas la inocencia con la malicia, algo muy presente en la obra de este director.

Probablemente Bertolucci sea el realizador italiano más discutido, pero sus deseos de innovación, su ambición y su estética le han hecho querido de minorías y mayorías, que siempre esperarán con interés su próxima película. Brillante, culto, arriesgado, se atreve por igual con la pequeña filigrana que con las imágenes monumentales.